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Puente Genil
lunes, junio 24, 2024

“Este es mi hijo amado, escuchadle”

1ª lectura: Daniel 7,9-10.13-14.  Salmo: 96 El Señor reina, Altísimo sobre la tierra.    

2ª lectura: 2ª carta de San Pedro 1,16-19. Evangelio: Mateo 17,1-9.

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¿Quién no ha gozado alguna vez contemplando el horizonte desde una playa o desde lo alto de una montaña? Son instantes privilegiados en los que la visión de una pequeña parte de la creación impregna de vitalidad nuestro cuerpo y nuestro espíritu. Nos sentimos estar como en la gloria; como si convergiera lo humano con lo divino, y pensamos como San Pedro ¡Qué bien es que estemos aquí! Pero sabemos que luego hay que descender a nuestro valle para encontrarnos con nosotros mismos, nuestros problemas existenciales de luchas y de briegas, nuestros miedos, nuestros egoísmos e  insatisfacciones… Es entonces cuando aflora el desánimo, la melancolía y la tristeza. Es en este estado de bajón cuando debemos reflexionar en toda su profundidad sobre la existencia real del Dios de la vida, sobre su misterio en esa Trinidad que no entendemos, sobre sus palabras y el Evangelio de Jesucristo, sobre la glorificación de Jesucristo revelada en todo ello.

El destino de muerte de Jesús Nazareno desde su entrega por amor a la humanidad, no es nada más que el camino hacia la gloria verdadera que fue manifestada anticipadamente a los suyos. Esta es la sabiduría y la luz que debe iluminar el horizonte del cristiano, nutriendo así nuestra auténtica esperanza en toda la humanidad y en su futuro.

Como personas cristianas nuestra misión en esta vida no es servirnos de los demás para prosperar, como hacen los que se consideran poderosos y organizadores de los pueblos y las sociedades, sino, como hizo Jesucristo, hacer que los demás prosperen realmente, vivan lo mejor posible y sean felices, aún a costa de nuestros esfuerzos y sacrificios personales.

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