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sábado, octubre 24, 2020

Defensa de nuestra genuinidad …por Ernesto Cáceres

DEFENSA DE NUESTRA GENUINIDAD

No le quepa a usted la menor duda: la Mananta es única. Y es ontológica y poéticamente acertado que se denomine así, con su nombre propio y específico, porque supone un fenómeno singular e inimitable: la Mananta. Porque no existe lo que no se nombra, de eso saben mucho los poetas, que exploran a través del lenguaje la esencia de las cosas, y una forma tan genuina y peculiar de expresión y vivencia de la religiosidad cristiana merecía un término exclusivo: Mananta.

Hay quien comete el indudable error de medirnos con el rasero de otras semanas santas, y eso no es otra cosa que empujarnos poco a poco a la aniquilación de nuestra genuinidad. Una especialidad, una rareza, que debemos cuidar como el diamante más puro del mundo legado por nuestros antepasados, y por la que muchos de esos con quien se nos compara pagarían en realidad todos sus caudales. Porque es lo diferente lo que nos hace especiales. Porque se diría que se quieren implantar desde hace escasos decenios una suerte de estándares de ritos y formas en el culto que vienen de fuera, exportados por grandes capitales, que aunque respetemos por legítimos no tienen que agotar ni asfixiar lo nuestro. Porque la Mananta era muy grande en su sencillez mucho antes de que aterrizaran aquí moldes foráneos. Sí, por supuesto que estoy hablando de lo que usted está pensando: que no necesitamos sevillanizarnos ni amalagueñarnos tanto. Ya lo he dicho alguna vez desde un atril: la Mananta es “Gloria al Muerto”, es “Recuerdo”, es campanita, es Cuartel, es cuartelera, es Noche de Estaciones para visitar al Santísimo, es Imperio Romano, es miserere, es pasodoble marcial, es Diana, es rostrillo, es figura bíblica, es Demonio y es Muerte, es ronco tambor del Apostolao, es túnica de rebate, es arcoíris de capillos, es cántico de la Schola dentro y fuera de los templos, y es, también, Alpatana.

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Que eso es lo que nos hace únicos, oigan. Que Sagradas Imágenes, siendo las nuestras bellísimas, hay en todas partes.

Es inevitable y hasta saludable que, siendo nuestra tierra manantial inagotable de artistas de fértil creatividad, estos, en su búsqueda de formas de expresión, en su urgente necesidad de cauces por los que conducir la pasión que les nace del pecho, experimenten con ritmos ajenos, pinten para otros, tallen intentando aprehender con la gubia en el leño la sensibilidad y la emoción de otros hermanos cristianos, pero a nosotros lo que nos hace grandes es lo nuestro. Lo auténtico. Lo genuinamente pontano. Es un suicidio volcarnos en moldes ajenos. Es ignorancia creer que es mejor lo de otros.

Permítanme que lo diga con los debidos respetos, pero la cosa llega a tan absurdo mimetismo con lo extraño en algunos, que he visto debates en que se ha puesto en duda hasta la fe de quien no imita formas importadas y se sigue desenvolviendo en la liturgia que aprendió de sus padres. ¿Pero cómo nos atrevemos a juzgar los sentimientos del prójimo? Ese llegar a despreciar lo propio y ancestral por baremos de terceros no es sino la triste claudicación ante una colonización. Y nosotros lo que debemos hacer es defender con el corazón lo nuestro, lo de antaño, lo de siempre, lo que nos hace diferentes. Y por supuesto que esta defensa incluye la de los cuarteles y sus rituales. De forma expresa. Y la de sus brindis, y sus abrazos, y sus saetas coreadas, y sus lágrimas compartidas, y sus rezos en común, y sus palabras de aliento al hermano que sufre, y sus ratos de chascarrillos en la sobremesa sentados juntos en el patio, reconciliados todos con el mundo y con la vida tras un almuerzo intenso en que se desataron las emociones y el apesadumbrado soltó algo del lastre de dolor que a todos, en algún momento, nos pone el tiempo sobre las espaldas. Quien desprecia lo que acontece en un cuartel no ha visitado nunca uno de veras. Tan cristiano puede ser quien participa en un acto público de consagración y culto, como quien vive su religiosidad en privado, delante solo de su círculo más cercano, cuando ambas cosas se hacen con sinceridad. Aún más, en la Mananta a menudo es la misma persona callada que va bajo un capillo la que luego interviene ante sus hermanos en una mesa de cuartel. Y otros critican que si se come, que si se bebe, que si tanta efusividad cuando es el Tiempo de Cristo… Son varios los pasajes de las Sagradas Escrituras en que Cristo defiende a sus discípulos del reproche fariseo por no ayunar, fragmentos donde Él hermosamente pide que les dejen disfrutar porque están con el esposo (Marcos 2, 18 – 22), y ya llegará un día en que este les sea arrebatado, o nos recuerda que donde hay dos o tres reunidos en su nombre, allí está Él en medio de ellos (Mateo 18, 20). Dejemos al pueblo vivir su religiosidad a su manera. Sobre todo de puertas para adentro. El que conozca la vida de un cuartel de Semana Santa sabe a la perfección que de aquel sacrosanto recinto se sale queriendo ser mejor persona. Cómo menospreciar tan maravillosa escuela de democracia, esa suerte de Cenáculo y Capilla que sobrevive a los siglos abrigando en su regazo, generación tras generación, a hermanos de edades diferentes, de diferentes cunas, de ideas en ocasiones opuestas, pero que trenzan entre sí una poderosísima red de afectos que hace la vida más llevadera y mejora el mundo. Sí, porque todo lo que sea mejorar la vida de una sola persona, ayudarle a drenar el lodo de su pequeño humedal, restituir a alguien a su lucha contra las asperezas cotidianas con ganas de devolver al prójimo la bondad que ha recibido, es mejorar el mundo.

Aunque, ojo, quizás no todo lo estemos haciendo bien. Sí, aquí llega el tirón de orejas, ustedes me disculpan, va en el pack. Quizás si el manantero se descuida, va a acabarse diluyendo el origen y el sentido de todo esto. Porque también es un riesgo real el de morir de éxito. Una de las primeras medidas que ha adoptado la nueva Directiva de nuestra Agrupación de Cofradías me parece adecuada y muy necesaria: la de suprimir el almuerzo de inicio del ejercicio manantero. Menos mal. Parecía que nadie veía cómo nos estamos excediendo, esta manera de estirar artificialmente el chicle para que las cuestiones mananteras se extiendan a lo largo de todo el año. Hombre, que cada cosa tiene su tiempo; que hay Jueves Larderos que ya no parecían el pistoletazo de salida que todos agarrábamos con tanto ímpetu en aquellos benditos años 80 y años 90. Los que idealizáis esto ahora tendríais que habernos visto veintitantos años antes. Porque teníamos la ración de cada cosa en su justa medida y en su justo momento. Es imposible no traer a la memoria en este punto aquel maravilloso poema del profesor D. Juan Ortega Chacón en su tan recordado Pregón de Semana Santa de 1994: “Cuartel antiguo: viejas paredes de cal, una tabla y dos banquillos…” Esa era la auténtica Mananta, damas y caballeros, nos están distrayendo las comodidades y la abundancia. Un cuartel de Semana Santa no es un restaurante de cinco tenedores. Sin perjuicio de que el avituallamiento sea necesario a lo largo de la jornada, a un cuartel de Semana Santa se va a sentir, todo lo demás es secundario. Todos podemos ver en grabaciones en blanco y negro que circulan por Internet de una belleza y un interés extraordinarios a hombres de cuartel con escaso alimento en el plato que no dan tregua a la ceremonia, deshaciéndose sin descanso en cantos conmovedores a Cristo y a María y en poemas de desnuda emoción que pellizcan el alma. Adornan con ello de una manera sublime la mesa cristiana, con la sencillez con que los pescadores colocan humildes guirnaldas en sus barcas maltrechas el día de la Virgen del Carmen para recibirla. Esa es la auténtica Mananta. Conozco de buen grado una Corporación Bíblica muy señera que tiene por costumbre fijar su cuota anual en el importe al que pueda alcanzar el hermano que menos pueda. Y todos a una. Ojú, qué arte más grande. ¡Mananta es eso! Volvamos las cosas a su centro. Que va a haber que ponerle a la Vieja Cuaresmera treinta patas y vamos a acabar perdiendo la curiosidad por verle la pantorrilla mal calcetinada.

Y déjenme decir algo más: algo que amenaza seriamente las noches de Romanos de nuestra excelsa y bendita Cuaresma sinigual son las juntas y rejuntas que al mediodía se están multiplicando con las más variopintas excusas, que ya hay quien falla al momento del tapeo perdiéndose lo mejor, porque ese y no otro es el umbral al sendero mágico que recorremos de la mano de nuestros hermanos de cuartel cada gélida noche sabatina, mientras buscamos un instante de paz, la oración adecuada que nos abra un hilo directo con Dios al menos durante un fugaz sueño, la restauradora belleza del arte.

Hagamos volver las cosas a su centro, cantemos con más o menos afinación pero con toda la pasión del mundo las coplas de nuestra Schola, ay, bendita Schola Cantorum, qué enorme tesoro, sigamos caminando por la vida acompasando nuestros pasos sobre las baldosas a los pasodobles de nuestro eterno Imperio Romano, esas piezas de tan alegre marcialidad que son pura reverencia al Terrible y no paran de resonar en nuestra cabeza, perpetuemos esta maravillosa tradición que es la Mananta Santa Pontana y defendamos su genuinidad.

Y a tanto joven que queda prendado de esta forma de sentir y celebrar las cosas y dice igualmente amar profundamente nuestra Mananta, si de verdad queréis honrarla y que esto perdure, una petición: más cuartel, siempre más cuartel, y menos calle.

ERNESTO CÁCERES MOLINA

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