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Puente Genil
martes, junio 18, 2024

Apuntes históricos sobre «la custodia» pontana por Jesús Rivas

Puente Genil, el antiguo Pontón de Don Gonzalo, en el siglo XVI debe considerarse la realización de su custodia   la cual viene a sumarse a las ya citadas en esta centuria, corroborando la importancia de ésta como una de las etapas principales para las custodias cordobesas, aunque en sí esta obra pontanense no ha sido realmente valorada hasta fechas.

La parroquia de Nuestra Señora de la Purificación de Puente Genil, pese a la actual remodelación de la segunda mitad del siglo XIX, fue un edificio gótico-mudéjar, como otros tantos construidos en los pueblos de Córdoba en los finales de la Edad Media y la pri- mera parte del siglo XVI. Sus obras debieron realizarse en ese tiempo, posiblemente a principios de esta última centuria.

También por  esas  décadas  centrales  del  siglo XVI, una vez rematado el templo, comienzan a llegar importantes piezas  de  plata,  de  las que quedan algunos vestigios, como la preciosa crismera que ostenta la marca del platero cordobés Diego         Pero la obra cumbre de esa platería del Quinientos es, preci- samente,  la custodia del  Corpus,  fechada  en    la cual se debe a la magnificencia del marqués de Priego, que como patrono de la parroquia estaba obligado  a  dotarla  con esta clase de alhajas (lám. 1).

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La custodia en cuestión se trata de una interesante creación renacentista, siendo de asiento con una típica estructura turriforme. Se compone de cuatro cuerpos decrecientes de traza rectangular, partiendo de un gran cuerpo concebido a manera de templete con limpias columnas toscanas, sólo con un anillo para marcar su tercio inferior, dispuestas en  las esquinas y sobre las que monta la cubierta, de la que emerge en el centro una especie de cupulilla decorada con motivos repujados. El remate de dicho cuerpo se completa con una crestería, que según los modelos platerescos se forma con medallones de bustos y las características  envolutadas en sus extremos, más cuatro ángeles en las esquinas, que se  ele- van en pedestales cilíndricos directamente sobre las columnas. Este primer cuerpo hace de basamento del viril, que se levanta tras un abultado nudo con gruesa  moldura, erigido encima de la cúpula de aquél y como ella adornado con repujados. El cuerpo  propiamente del  viril se dispone como una caja de cristal con ángulos de chapa de plata en chaflán, ante- poniéndose a  ellos  estilizados balaustres sin  decorar,  colocados en  diagonal  para  ajustarse a la estructura de las esquinas. Este segundo cuerpo, lo mismo que el primero, tiene una especie de cupulilla de superficies repujadas. La encuadran cuatro balaustres, de diseño distinto de los del viril, que  siguiendo  el  esquema  de  éste  forman  un  tercer  cuerpo, por las pequeñas esculturas de los Evangelistas, suavizándose así la diferencia de tamaño de uno y otro cuerpo. Como en los anteriores, su cubierta destaca con otra , pero en este caso  más  rebajada  y con decoración de  gallones, que  centra  una  perinola, a juego con la cual se colocan otras en las esquinas. El cuarto cuerpo, de semejante estructura, está compuesto por hermes, sobre los que se levantan otras perinolas.

Tal estructura arquitectónica, como es lo  usual en  las custodias  renacentistas, acoge  un programa iconográfico en  escultura,  además de  lo  ya  mencionado como  complemento de las esquinas. El primer cuerpo sirve de habitáculo a una preciosa imagen de Cristo a la columna, ajustada a la típica imagen del Quinientos,  o sea  abrazado a  una  alta  columna,  que se distingue por su capitel corintio Bellísimo es el Cristo, muy italianizante, ofreciendo un estilizado canon y elegante pose  en «contrapposto» con  hermoso  torso gira- do, que sigue los esquemas de Siloe, aunque con más acusado manierismo.

Ciertamente, se trata de una escultura de especial finura e interés artístico, que contrasta con el resto, mucho más basto. El tercer cuerpo acoge al Crucificado y, por último, la custodia se remata con la imagen triunfante del Resucitado. De esta manera, en tan escueto programa iconográfico se pone de manifiesto el significado de la Eucaristía, como memorial de la Pasión, Muerte y Resurrección del Salvador.

A pesar de que en estructura y en iconografia ofrece todos los rasgos característicos de la custodia procesional de asiento renacentista, se distancia al mismo tiempo de los prototipos más usuales. No acusa ni la complejidad ni la mayor robustez arquitectónica de otras custodias del siglo XVI. En verdad, se trata de una versión simplificada de los gran- des ejemplos con una composición reducida al mínimo de elementos arquitectónicos y des- provista de floridos despliegues ornamentales, pues la decoración existente realmente resulta discreta, no logrando perturbar la imagen de simplicidad y sencillez dominante. A ello se une la levedad arquitectónica, de suerte que el vacío se impone sobre las masas, ya que las columnas, los balaustres y los hermes no pasan de ser en su ligereza más que sim- ples líneas, más o menos gruesas, que parecen dibujar en plata una calada arquitectura, como si fuera de aire, mas próxima a una jaula que a una consistente estructura de tipo turriforme. Ello, obviamente, alude a unos condicionamientos económicos, pues cierta- mente no es una obra del alto costo de las grandes custodias sino una pieza discreta dentro del género, tal como correspondía a la categoría del viejo Pontón de Don Gonzalo en esa época, que no pasaba de ser una pequeña población, muy distinta del actual Puente Genil. Pese a todo, manifiesta gran dignidad, empezando por la propia nobleza de su arquitectura renacentista, acentuada ésta con excelentes proporciones, que en última instancia le con- fieren gran categoría estética y perfección armónica, revelando cómo aún en creaciones menores, de no gran tamaño, casi de custodia portátil, se puso gran empeño e interés en su concepción y hechura. Esa excelencia armónica se manifiesta tanto en los números como en la geometría. Así, se juega con una relación  dominante    que determina que el alto total de la custodia sea tres veces su ancho máximo, tomado en la base. El primer cuerpo, sujeto a esa anchura, equivale a su vez a un tercio del conjunto. Y éste se ajusta también a dos mitades exactas, correspondiendo la inferior hasta el pedestal del viril y la superior desde aquí hasta el remate. De otro lado, se observa el predominio geométrico del cuadra- do en los alzados de los frentes principales.

Pero la custodia de Puente Genil, además de esos méritos, tiene otros relativos a su originalidad tipológica. Ya se ha dicho que es una típica custodia turriforme de asiento, aunque a ese esquema se le sobrepone el de la custodia portátil de templete o farol, como bien han reconocido Nieto Cumplido y Moreno.

En efecto, el viril es eso precisamente, lo que se hace bien patente cuando se compara con custodias de esa clase, como la que existe en la parroquia de Nuestra Señora de Soterraño de Aguilar de la Frontera.

Incluso el grueso nudo que le sirve de sustento y apoyo evoca su vinculación  a esas piezas de astil. Por tanto, se trata de un original híbrido, en el que el basamento y el astil se han reemplazado por el cuerpo de una custodia procesional, al  que se  superpone esa  custodia de farol, rematada a su vez en dos cuerpos más decrecientes, que en este caso sirven para reforzar su relación con la tipologia turriforme y de asiento.

Esta combinación es propia de una solución intermedia, para la que resultaba insuficiente la simple custodia de templete, pues se pretendía algo de más aparato para conformar una custodia destinada a la procesión del Corpus, pero sin llegar a las más complejas estructuras que este tipo de pieza solía mostrar en sus versiones más ricas y monumentales. Es, en suma, una solución discreta, muy apropiada para la simple  parroquia  de pueblo. Y su éxito en este medio queda confirmado en el hecho de que se conserva una custodia parecida en la parroquia de la Asunción de Palma del Río, aunque en este caso la vieja estructura sólo subsiste en parte, pues su primer cuerpo fue reemplazado  por  otro grandioso a finales del siglo XVII. Pero por lo demás es idéntica a la de Puente Genil.

Al margen de esas cuestiones tipológicas, la custodia es un típico producto de su época, de un Renacimiento avanzado, tal como corresponde a su data en 1563.

El primer  cuerpo  con  sus   líneas arquitectónicas  y  su  propio  orden avanzan hacia un clasicismo, que en Córdoba estaba bien  abonado  gracias a  la  actuación de Hernán Ruiz De otro lado, la decoración repujada de ese cuerpo y del nudo superior se  atípicos repertorios con mascarones, ensartos frutales y motivos de apariencia  abstracta y geométrica, que conforman marcos y con los característicos envolutados de los cueros retorcidos. Dentro del repertorio manierista también hay que incluir los hermes utilizados como soportes en el último cuerpo. Pero no hay que  se, pues por encima de todo la custodia ofrece una concepción plateresca, manifestada principalinente en su  liviana  estructura  y en la  ligereza  y esbeltez de sus     arquitectónicos,  entre  los  que  hay que contar soportes  tan peculiarmente  platerescos      los balaustres del viril y su cuerpo superior, al tiempo que subsisten ornatos platerescos, especialmente en la crestería                   medallones del cuerpo bajo. Este carácter plateresco permite enlazar la custodia con otras de años atrás, con creaciones tan genuinamente platerescas como la custodia de Fuente Obejuna, que viene atri-buyéndose a Juan Ruiz el Vandalino. Ciertamente, en algunos aspectos puede establecerse una relación con esa famosa obra, incluso en los balaustres, de                                                                   parecida  su estilización y formas torneadas. Ello no tiene nada de particular dada la repercusión que   esa   obra   de   Fuente   una   de   las mejores  custodias  del Renacimiento andaluz, debió dejar en la platería  cordobesa, aunque sea a ciencia cierta la  huella  del Vandalirio puede afirmarse que la custodia de Puente entronca en ese ambiente, que deriva del maestro,

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