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sábado, abril 20, 2024

Cumplir la voluntad de Dios de quitar el pecado del mundo…

 

Cumplir la voluntad de Dios de quitar el pecado del mundo.

Citas: 1ª lectura: Isaías 49,3.5-6.  Salmo: 39 Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.    

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2ª lectura: 1ª Corintios 1,1-3. Evangelio: Juan 1,29-34.  

La humanidad, como fuimos creados como seres sociables, desde siempre ha tenido la necesidad de reunirse, entenderse, pacificarse, consolarse, ayudarse… Necesitamos por tanto estos valores que, hoy más que nunca, parecen que son muy necesarios en este mundo dividido, en guerra, desorientado… Es importante descubrir nuestra misión en esta vida, no sólo como humanos, sino también como siervos del Dios de la vida para ser luz para todos los pueblos. Una misión que, como cristianos, hemos descubierto en Jesús Nazareno por sus palabras, obras, y la entrega de su vida en favor de estos valores frente a los poderes del mundo: vida frente a muerte, amor y entrega frente a egoísmo y odio, sabiduría y luz frente a necedad y oscuridad…

Como dice San Juan, el Bautista, Jesús trae un bautismo nuevo, radical, de cambio en nuestro espíritu para nuestra conversión y para la vida. No es algo sólo ritual y externo, es algo que debe de venir desde el interior y la conciencia. Sin el espíritu de cambio para el bien de todos, todo puede seguir igual. Pero la fuerza de Jesús no radica en el poder del mundo, sino en su debilidad humana, en su mansedumbre como la del cordero y en su entrega en sacrificio por todos. Todo su poder radica en el Espíritu del bien supremo que trae; el Espíritu de un Dios Padre. Sólo ese Espíritu es capaz de lograr ese cambio de lo más íntimo de nuestro ser y nuestra voluntad para actuar como él, desde la consideración de hijos de Dios. Hoy, la verdadera comunión de los creyentes en Jesucristo, sigue siendo también una urgencia necesaria para que hagamos creíble ante el mundo el plan de Dios anunciado; por los profetas, el Evangelio y la misión que trajo Jesucristo en favor de toda la humanidad. Nuestra vocación no proviene de parte de nosotros mismos, es un don de Dios desde su Espíritu, que nos fue transmitido al inicio de nuestra existencia y que continúa actuando en nosotros desde el bautismo cristiano, la palabra de Dios y la comunión eclesial. El proyecto de Dios que trae Jesús desborda nuestras previsiones, limitaciones y resistencias, pues Dios es más fuerte que nuestras debilidades humanas; por eso aunque la misión nos parezca inalcanzable y compleja; su palabra, el Evangelio y su Espíritu, siguen siendo la luz que ilumina y reconforta a la humanidad. Jesucristo sigue siendo el camino, la verdad y la vida; en él encuentran todos los valores humanos y religiosos su verdadero sentido.                            

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