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sábado, marzo 2, 2024

La oferta de agua viva que necesitamos

Citas: 1ª lectura: Éxodo 17,3-7.  Salmo: 94 Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».    

2ª lectura: Romanos 5,1-2.5-8. Evangelio: Juan 4,5-15.19b-26a.40-42.  

Ante nuestras necesidades básicas y nuestros anhelos existenciales; ante los acontecimientos de la historia y de la vida humana, nos asaltan las mismas dudas y preguntas que a aquellos judíos que caminaban por el desierto una vez liberados de la opresión y esclavitud de Egipto ¿Está o no el Señor Dios en medio de nosotros? ¿Cuál es el precio a pagar por esa libertad nuestra deseada por Dios y conquistada frente a los poderosos faraones mundanos?

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Son esas adversidades y dificultades de la vida las que hacen que, a pesar de lo que pase, pongamos de manifiesto nuestra fe, o no, en el Dios de la vida que evidentemente está en medio de nosotros sustentándonos y cuidándonos, no sólo con el alimento que nos da la propia naturaleza y con el agua natural que mana de la roca, sino con esa otra agua viva que mana del Espíritu de Jesucristo; «nuestra roca y salvación».

Para encontrar esa verdadera fuente de vida es necesario saber buscar, tener confianza y fortaleza de ánimo sin perder la esperanza, perseverar trabajando por el bien de todos convencidos de que Dios sí está en medio de nosotros, en Jesucristo; sacrificado y resucitado, que viene a nuestro encuentro como regalo, con sus palabras y obras, desde la entrega de su vida por amor al ser humano y que se nos hace presente en cada celebración eucarística. Es esta presencia de Jesús Nazareno en nuestra historia humana, la prueba irrefutable del amor de Dios a la humanidad y la garantía para la esperanza en un mundo futuro mejor para todos y de vida feliz y eterna; todo ello desde la madurez y la conversión de los seres humanos que debemos de dar una respuesta firme y afirmativa a su proyecto de salvación, como ocurre con la Samaritana.

Jesús mismo es la fuente de agua viva que nos transmite el don del Espíritu Santo para darnos sabiduría, fortaleza y plena satisfacción en nuestra flaca existencia mundana sedienta e insatisfecha. Hemos de saber, no sólo ir al encuentro de él según el testimonio de la samaritana, sino también escuchar personalmente sus palabras que nos impulsan a ayudarnos unos a otros, a abrirnos las puertas, a derribar fronteras de división, a amarnos como hermanos… porque el Dios de la vida, que nos lo ha enviado como hijo suyo y salvador nuestro, también es un Padre para todos nosotros.                 

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