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martes, mayo 21, 2024

Día de la Acción católica y del apostolado seglar

Pascua de Pentecostés.

Día de la Acción católica y del apostolado seglar.

Jesucristo exhala su aliento de vida sobre nosotros dándonos su Espíritu.          

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1ª lectura: Hechos de los apóstoles 2,1-11.  

Salmo: 103 Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.    

2ª lectura: 1ª Corintios 12,3b-7.12-13.

Evangelio: Juan 20,19-23.

El problema principal de todo ser humano es el de ver en los demás, no a seres semejantes, sino a simples competidores a los que hay que engañar, manipular, esclavizar, vencer, aniquilar… para obtener beneficios y poder vivir mejor que ellos, sin entender que todas las personas hemos sido creadas por Dios como seres sociables que necesitamos de la ayuda, el trabajo, el amor, la entrega… de los demás para poder subsistir mejor. No es bueno que estemos solos.

No podemos permanecer en la faceta del episodio de la torre de Babel sin entendernos y yendo cada cual por su lado. Primeramente, para ir comprendiéndonos, es necesario acoger, no las leyes imperfectas de los hombres, sino la ley del Dios amor que se nos revela a través de Moisés en el Sinaí. No podemos vivir sin tener claro el verdadero significado que tiene ese decálogo; no podemos andar por la vida cometiendo y justificando: la falta de respeto, el libertinaje, la mentira, la codicia, el robo, el asesinato…

La experiencia del Espíritu del bien y la búsqueda del bien común no es algo de ahora, viene ya de la época de los profetas. Y sabemos, dicho por el propio Jesucristo, que tanto lo malo como lo bueno vienen del interior de cada uno de nosotros. La transformación gratuita que Dios realiza en nuestro interior con su Espíritu es lo que nos hace capaces de entablar unas relaciones nuevas con los demás desde la verdadera ayuda, la entrega, la confianza, el perdón, la misericordia, la fraternidad, el amor.

Todo esto nos lo da a conocer Jesús Nazareno, y es en la oración; la reflexión de la Palabra de Dios, de la vida y de las obras de Jesús; donde se da el clima apropiado para recibir ese don del Espíritu Santo y renovarlo cada vez que lo hagamos en comunidad y con Jesús Resucitado en medio de nosotros. Nadie puede decir «Jesús es Señor» si no es bajo la acción del Espíritu Santo, nos dice San Pablo. Un único Espíritu que diversifica sus dones para las distintas misiones, pero todas con un mismo fin: el bien de todos; la verdadera comunidad; la unidad desde la diversidad; todos para la vida de todos  construyendo la justicia, la paz, la felicidad… Una diversidad de dones y carismas que no deben romper esa unidad de las comunidades y pueblos; todos necesitamos unos de los otros y no vamos a prosperar desde la confrontación, la guerra y la destrucción mutua, sino desde la cooperación, la entrega mutua, el amor… Un Espíritu que rompe las separaciones, los egoísmos, los litigios y nos une fraternalmente a todos. Hemos de entender desde el misterio de la Trinidad, que Dios, como Padre, envía al mundo a su hijo; Jesucristo, para salvarnos y ambos envían al Espíritu Santo para que nosotros podamos realizar esos cambios necesarios hacia una renovación de la creación humana. Un Espíritu que se manifiesta en nuestra capacidad de reconocer nuestros errores personales, de saber pedir perdón y de perdonar.                      

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