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domingo, febrero 25, 2024

Llamados por Dios para hacer su voluntad

Llamados por Dios para hacer su voluntad.

1ª lectura: Samuel 3,3b-10.19.   Salmo: 39 Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.     

2ª lectura: 1ª Corintios 6,13c-15a.17-20. Evangelio: Juan 1,35-42.

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Para los seres humanos sería importante reflexionar y plantearnos: ¿Qué somos? ¿Quiénes y cómo serlo? ¿Cómo vivir nuestra existencia?.

Al menos tres palabras son las que resumen las escrituras de este domingo y yo diría también que la existencia de cada persona: Cuerpo, llamada, encuentro. El cuerpo es lo que nos da la presencia física y material de lo que somos, algo que no tendría sentido sin la existencia anterior de nuestros ancestros y nuestros padres; ni tendría importancia si no fuera reconocido por los otros como algo distinto. Cada ser humano necesitamos de la existencia de los demás de su presencia de su reconocimiento y también de su llamada; hemos de saber reconocer al otro desde la familia, desde la comunidad, desde la fraternidad; desde la idéntica humanidad que nos une y por tanto desde el encuentro y no desde la confrontación y la violencia.

Somos un cuerpo vivo y lo espiritual sucede en nosotros gracias a ese cuerpo y sus reacciones fisicoquímicas y se manifiesta a través del mismo mediante sentimientos, palabras, acciones… Un cuerpo que no admite andar con dicotomías ni separaciones; ahora soy cuerpo, ahora soy espíritu; únicamente para justificar nuestras incoherencias. Un cuerpo creado por Dios para glorificar al creador; que alberga al espíritu del bien supremo que es la propia existencia. San Pablo nos dice ¿Acaso no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros y habéis recibido de Dios?

Para tomar conciencia de nuestra propia realidad se precisa tener en cuenta al otro, sus necesidades, sus miserias, su debilidad; también su generosidad, su entrega, su amor. Es la escucha de la llamada del otro lo que afirma y confirma quien soy. Una llamada a la vocación y a la misión como deber de todos para hacer el bien, que viene de Dios a través de Jesucristo y llega a sus discípulos que ven en él al Hijo de Dios, al Mesías, al Salvador.

Aceptar a Jesús Nazareno, su vida, sus ideas, su Espíritu y su experiencia de Dios, no puede dejarnos donde estábamos, todo ha de cambiar; hemos de seguirle a él y a su Evangelio sintiéndonos unidos a Dios (Padre, Hijo y Espíritu Santo) viviendo en armonía nuestras diferencias personales, con un horizonte existencial distinto, entendiendo que Jesús es el que trae la luz y la verdadera vida a la humanidad desde su entrega total por amor.                   

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