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martes, abril 23, 2024

«Convertíos y creed en el Evangelio» 

1ª lectura: Génesis 9, 8-15. Salmo: 24 Tus sendas, Señor, son misericordia y lealtad para los que guardan tu alianza.     

2ª lectura: 1ª San Pedro 3,18-22. Evangelio: Marcos 1,12-15.

Desde siempre el ser humano ha andado queriéndose desligar de la fuente y el origen de quien ha recibido todo lo que es. También desde el principio de la  humanidad, el enfrentamiento del mal contra el bien, motivado por el egoísmo, ha puesto en riesgo el proyecto de un Dios misericordioso y bondadoso dador de sabiduría y de vida. Rota esa alianza se desequilibran peligrosa y gravemente las relaciones de nosotros con la naturaleza y las relaciones de los seres humanos entre sí y con el Creador. La situación llega a ser intolerable y peligrosa para nuestra propia existencia; solo hay que pensar en lo que supone la amenaza de una guerra nuclear a la cual estamos sometidos; por ello es necesario, volviendo a los orígenes, comenzar una humanidad nueva desde la fe y la esperanza en el Dios de la vida, fiel a nuestra humanidad a pesar de todo, como en el diluvio universal; dispuesto a reparar y renovar su alianza con nosotros; al que le interesa toda la naturaleza, toda la vida y todo el mundo; porque todo es obra de su amor. Un Dios que tiene a bien hacer residir en Jesucristo toda su plenitud y reconciliar por él y para él todas las cosas.

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Jesucristo es el reparador de la situación de la humanidad destruida por el mal y el pecado del egoísmo que rebajan la dignidad humana. Únicamente la inocencia, la humildad y el amor de quien, sin cometer pecado ni mal alguno, se entrega para el bien de todos, puede restablecer la bondad y las relaciones de los hombres entre sí y con el Dios de la vida.

El cristiano se convierte por el Espíritu recibido en el sacramento del bautismo y los demás sacramentos, en testigo visible y fiable de la acción salvadora de Dios a través del acontecimiento de la Pascua; el paso de Jesucristo por nuestras vidas; haciéndonos criaturas nuevas; con una manera distinta de amar la vida y de contemplar al mundo creado y al ser humano en toda su dignidad y dimensión.

A pesar de las tentaciones sufridas, no sólo por el diablo en el desierto, sino por todas las gentes que le ponían a prueba para inducirlo a rechazar la misión que se le encomienda por el bautismo en el Jordán; se realiza en Jesús Nazareno la tarea mesiánica del Siervo de Dios, profetizada y aceptada voluntariamente.

Nuestra tarea es también asumir esa responsabilidad humana como siervos de Dios, a pesar de todas las tentaciones que nos rodean, actuando; no por los bienes materiales ni el alimento perecedero, sino por el bien que proviene de la palabra de Dios; no por la ostentación, desde una acción social liberadora realizada desde la confrontación, de forma diferente a la de Jesús, sino por esa eficacia que se ilumina en la cruz y en el sacrificio, mediante la escandalosa victoria del amor incondicional a todos que se da por encima del mal y de la muerte; no desde el liderazgo temporal y parcial de liberación y salvación de los «míos», sino desde la liberación y salvación total, universal y eterna para todos.                   

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