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viernes, julio 19, 2024

Desterrar nuestra soberbia acogiéndonos a la misericordia de Dios

XXX Domingo del Tiempo Ordinario. JORNADA MUNDIAL Y COLECTA POR LA EVANGELIZACIÓN DE LOS PUEBLOS; DOMUND.          

Desterrar nuestra soberbia acogiéndonos a la misericordia de Dios.

Citas:1ª lectura: Eclesiástico 35,12-14.16-18.  Salmo: 33 El afligido invocó al Señor, y él lo escuchó.    2ª lectura: 2ª Timoteo 4,6-8.16-18.Evangelio: Lucas 18,9-14.  

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La sociedad, a través de los que se sienten poderosos dirigiendo: las instituciones, los medios de comunicación, los pueblos, las naciones… termina por absorber y destruir a las personas impidiéndoles alcanzar lo más noble de su libertad y dignidad y las aparta de lo que es lo esencial; ser ellas mismas con un corazón humano, las hace indiferentes a lo más importante; la vida en sí misma. Nos preocupamos de muchas cosas pero no sabemos cuidar: la justicia, la paz de nuestra conciencia y la alegría interior, la convivencia, la esperanza, el bien común, el amor… ¿Nos podemos sentir seguros en un mundo donde dependemos unos de los otros y donde nuestra naturaleza frágil se ve sometida por acontecimientos dictados, muchas veces desde egoístas intereses por supuestos poderosos eventuales y donde acontecimientos naturales que no somos capaces de dominar ni entender bien nos zarandean? Es conveniente comprender que, como criaturas, nuestro valor es parecido al de los demás y radica en que somos portadores de vida y que es el Espíritu del Dios de la vida quien nos sostiene y guía. Es importante considerar que sólo desde la humildad, el servicio a los demás y el reencuentro con ese Señor de la vida, es cómo podemos redimirnos y cambiar nuestra manera de ser y actuar para que seamos útiles a la creación, respetando la vida sin autodestruirnos mediante confrontaciones, violencia, guerras…

Jesucristo nos avisa de aquellos que, igual que el fariseo, se creen justos considerando lo malo que hacen los otros, porque lo bueno es lo que ellos piensan y ejecutan. Es la patología subjetiva de quienes sólo se ven a sí mismo. Es desde el verdadero diálogo personal con Dios desde donde descubrimos, como el publicano, la perentoria necesidad del bien ante el mal que nos rodea y de todo lo bueno que Dios ofrece al ser humano. El fariseo creyéndose mejor se confronta con los pecadores pensando que su factura contra el mal está ya pagada con el cumplimiento de sus leyes. El publicano entra en un verdadero diálogo con Dios donde descubre su necesidad personal de misericordia y perdón confrontándose consigo mismo desde la bondad de ese Dios y su amor a la humanidad. El fariseo no sabe encontrar a su prójimo porque nunca cambiará en sus juicios negativos contra los demás. El publicano ha encontrado en Dios muchas razones para pensar en el bien de todos y comprobar también sus necesidades como ser humano, sólo tiene una oración: «ten piedad de mi porque soy un pecador»

Dios otorga con imparcialidad sus dones; sólo desde el humilde reconocimiento de nuestros errores podemos ser sus testigos convincentes en un mundo que necesita del amor y del perdón de Jesucristo con urgencia. Andar en la humildad y en el arrepentimiento es estar en la sabiduría y en la verdad de ese Dios Misericordioso.            

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