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viernes, febrero 3, 2023

«Convertíos, el Reino de Dios se acerca, y dad el fruto que pide tal conversión»

Segundo Domingo de Adviento.

Convertíos, el Reino de Dios se acerca, y dad el fruto que pide tal conversión.

1ª lectura: Isaías 11,1-10.  Salmo: 71 Que en sus días florezca la justicia, y la paz abunde eternamente.    2ª lectura: Romanos 15,4-9.Evangelio: Mateo 3,1-12.  

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Muchas personas, aunque admiran la creación entera, carecen del tiempo necesario para penetrar en su propio ser y escuchar las preguntas que surgen desde su espíritu. El estilo de vida impuesto por la sociedad las induce a vivir desde la ostentación, las apariencias, la búsqueda de la satisfacción inmediata, del placer a cualquier precio… todo ello, junto al ajetreo de la propia vida, les impide interiorizar para trascender y abrirse honestamente al misterio último de su existencia.

Es importante comprender que nuestro origen como toda nuestra historia es un proyecto que Dios lleva adelante, desde el pasado hasta hoy, por lo tanto, también en nuestro momento histórico. Desde la fe y la esperanza hemos de entender que Dios está actuando desde el principio en favor de la vida y de la humanidad. Es la acción del espíritu del bien lo que ha hecho y hace actuar a los verdaderos salvadores de los pueblos en nombre del Dios de la vida; así, los profetas han sido preparados para recibir la revelación de Dios y han sido acompañados en la realización de su misión interpretando la voluntad de Dios en los distintos momentos históricos, dotados con abundancia de dones: sabiduría, inteligencia para discernir, capacidad de aconsejar, fortaleza ante la adversidad… El temor de Dios los inspira para el amor a los demás y sobre todo a los más débiles, para no juzgar por apariencias ni de oídas, sino con rectitud, desde la justicia universal, sin favoritismos partidistas y arbitrarios. Es necesario vivir desde la seguridad de que cuando Dios llama a alguien para esta tarea ya ha previsto cómo capacitarle para que la pueda realizar. Vivimos en un mundo  complicado y complejo pero Dios nos ofrece muchas posibilidades y nos acompaña en las dificultades que nos ocasiona la lucha contra el mal y la realización del bien.

Jesucristo; Dios encarnado en nuestra humanidad, es esa esperanza en el futuro desde la fe y el amor, en un mundo nuevo de paz, justicia, misericordia y felicidad para todos, donde el bien común por el que tantos trabajan sea una realidad. Tanto Isaías como Juan Bautista, cada uno en diferentes contextos históricos, nos ofrecen, desde el don de la profecía; una llamada a la esperanza y a la conversión personal, en un mundo roto por el egoísmo, el odio, las guerras… Dios proyectó, y sigue su proyecto a través de Jesucristo, un mundo de paz y justicia universal; nuestra misión es reconstruirlo con su ayuda desde todos los estamentos y en todos los niveles de la vida: familiar, ciudadana, nacional, internacional… no desde el poder humano, sino desde el amor, la entrega y la misericordia de Dios en Jesucristo. Hemos de aprender a acogernos y ayudarnos mutuamente, superando las diferencias, fomentando aquello en lo que es importante coincidir, asumiendo todas las realidades individuales y las responsabilidades personales. La persona y la obra de Jesucristo nos garantizan esa posibilidad de ser hombres nuevos para un mundo nuevo. En este tiempo de Adviento acojamos su espíritu, el Espíritu de Dios, sus palabras y hechos, dejando que la salvación que trae entre en nuestras vidas y en nuestra historia.                     

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