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miércoles, abril 24, 2024

La respuesta al proyecto de Dios; que no sea decir sí sin hacer luego lo correcto

01/10/2023: XXVI Domingo del Tiempo Ordinario.

La respuesta al proyecto de Dios; que no sea decir sí sin hacer luego lo correcto.

1ª lectura: Ezequiel 18,25-28.  Salmo: 24 Recuerda, Señor, tu ternura.    

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2ª lectura: Filipenses 2,1-11.Evangelio: Mateo 21,28-32.

Cada persona es la única responsable de sus actos, aunque también existe una responsabilidad solidaria y colectiva ante todas aquellas situaciones de injusticias sociales y de maldades que siempre afectan negativamente a los más débiles. Esa responsabilidad personal es reflejo de nuestra libertad para decidir moralmente entre el bien y el mal; entre el bien común de todos o el beneficio personal y egoísta a costa de los demás. Hemos de saber interpretar siempre nuestra postura ante la historia y asumirla, con todas sus consecuencias, pero aprendiendo del pasado para actuar en el presente con vistas a un futuro nuevo que se construye desde esa opción personal de cada cual,  abriéndonos al proyecto de una nueva vida desde Dios.

La fe siempre ha sido y será un don del Dios de la vida que se descubre desde la comunidad; una llamada a hacer el bien que cada persona recibe según su apertura y escucha a esa palabra de Dios: del Antiguo Testamento y del Evangelio de Jesucristo, que se nos proclama. Cada uno de nosotros, como miembros de esa comunidad y discípulos de Jesús Nazareno, también estamos llamados a proclamarla ante los demás; con nuestro ejemplo de vida y con nuestras obras, siempre en armonía con ese proyecto. Nuestro principal escollo para no hacerlo así es el egoísmo, nuestra rivalidad y competencia, nuestros intereses desleales, el andar medrando y mintiendo a los demás y a nosotros mismos.

La referencia para esa nueva manera de vivir, en armonía con el proyecto de Dios, nos la transmite, de manera comprensiblemente humana, Jesucristo; desde su entrega por amor a los demás, perdonando, y asumiendo la humillación de la cruz. San Pablo nos invita  como creyentes, a realizar también nosotros ese mismo itinerario del Hijo de Dios para, como él, ser proyectados por Dios hacia la gloria de la eternidad.  

El gran pecado del ser humano es el afán de tener, de poder, de querer ser más que los demás, en un endiosamiento absurdo. Es necesario que los cristianos, con humildad y coherencia de vida, seamos testigos convincentes del Dios manifestado por Jesucristo: un Padre misericordioso, amoroso, entregado y humanizador; que siente el extravío de los hombres a los que quiere como a hijos; que desea atraerlos a esa labor que transforma la vida desde el perdón, el amor y la libertad de elección. Sólo desde la  verdadera entrega y ayuda, viviendo para los demás, realizaremos esa voluntad Divina y alcanzaremos nuestra dignidad como personas. Lo importante de nuestra respuesta al Dios de la vida no son las intenciones, ni las palabras, son sólo y exclusivamente nuestras buenas obras para y por los demás.                

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