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lunes, julio 15, 2024

Sólo Jesucristo puede predicar la Palabra de Dios con autoridad 

Citas: 1ª lectura: Deuteronomio 18,15-20.  

Salmo: 94 Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón»      2ª lectura: 1ª Corintios 7,32-35.

Marcos 1,21-28.

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Observamos que en muchas naciones existen graves crisis de autoridad, y la confianza en la palabra institucional está bajo mínimos, las nuevas generaciones no saben ya, con tantas mentiras y soflamas institucionales que nos cuentan los que se erigen así mismo en profetas, a quién escuchar ni en quién creer. Necesitamos personas que nos enseñen a vivir adecuadamente; dando verdadero testimonio y respuesta a los interrogantes más profundos y a las necesidades más importantes de los seres humanos.

Ser profeta implica estar en sintonía con el Dios de la vida; saber escuchar sus palabras en lo más profundo de nuestro ser rastreando su impronta en la historia humana. Esa palabra de Dios ha de encarnarse en lo humano para que las personas puedan tener acceso a ella y esa es realmente la misión profética. Para esa misión vino Jesús Nazareno al mundo, para ser la Palabra de Dios hecha carne. Para hacerse la voz de Dios, escuchándola desde su interior y su conciencia humanas y proclamándola a los demás de manera coherente con su propia existencia.

Únicamente Jesucristo puede enseñarnos con su ejemplo de vida entregada la Palabra de Dios de una manera plena, singular y sorprendente, capaz de alcanzar el corazón humano; ya que transmite unas enseñanzas que hacen resurgir la vida allí donde esa palabra es acogida, aceptada y puesta en práctica.

Él es también la fuerza liberadora y salvadora de esa palabra; quien provoca al endemoniado la pregunta al sentirse confundido y engañado por los adoctrinamientos y tradiciones a los que había sido sometido por los mandatarios. Jesús, rompiendo barreras, pone de manifiesto las falsedades de cosas que, como el endemoniado, muchos seres humanos atribuyen a un Dios poderoso pero sin corazón. La revelación de que Jesús Nazareno es «El Santo de Dios» pone de manifiesto la capacidad del espíritu inmundo para reconocer la mano liberadora de Dios donde otros se ocupan en condenar a las personas privándolas de su libertad de pensar, de creer y de su dignidad humana.

Esa fuerza liberadora de Jesucristo alcanza a la humanidad entera siendo más fuerte que el mismo poder del mal como expresión de nuestras esclavitudes y egoísmos. Pues no sólo tiene autoridad la palabra de Jesús sino, y sobre todo, sus obras en total coherencia de vida con esa Palabra de Dios. Es esa comprobación lo que suscita admiración, autoridad y asombro a los que le siguen.

Hoy también se nos invita a los cristianos a ser testigos creíbles en el mundo de la obra redentora de Jesucristo, no sólo con palabras sino sobre todo con acciones y gestos; desde esa confianza en la acción transformadora de Dios en los que nos observan, y siempre para el servicio, la entrega y el bien de las personas que nos rodean.        

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