Vivir desde la luz de la Palabra de Dios.
1ª lectura: Génesis 15,5-12.17-18.
Salmo: 26 El Señor es mi luz y mi salvación.
2ª lectura: Filipenses 3,17-4,1.
Evangelio: Lucas 9,28b-36.
Los seres humanos hemos ido aprendiendo a usar con gran eficacia las nuevas tecnologías y las redes de comunicación; hemos sistematizado nuestros conocimientos en ciencias cada vez más complejas; lo que conlleva el riesgo de creer que todo ello nos llevará a la liberación total y al bien supremo, despreciando el misterio profundo de nuestra existencia y de nuestras relaciones. Sin embargo, por nuestras propias fuerzas, ni podemos darnos la vida a sí mismos, ni el futuro deseado, y aún menos eterno. No nos queda otra cosa que, como Abrahán, contemplar las estrellas, la inmensidad y casi eternidad del Universo y desde la fe creer en el futuro que Dios nos tenga reservado.
Nuestra realidad ha de pasar también, como la de Abrahán por esa confianza en el Dios Creador de la vida, Padre de todos, para consolidar con Él una alianza, un compromiso, para realizar el bien y disfrutar de nuestra existencia. Nuestra siembra del bien ahora, será lo bueno que cosecharán los demás luego.
A pesar de que podamos considerar los sacrificios y la muerte como un aparente fracaso; al final no nos queda nada más que reconocer; desde Dios y desde nuestra historia, que el sacrificio personal por el bien a los demás y la Cruz de Jesucristo, es lo que nos garantiza una vida verdadera y más allá de la propia muerte. Es el Dios Crucificado el que puede dar sentido y grandeza a nuestra vida, a pesar de nuestra fragilidad y debilidad; desde nuestra libertad de acción y nuestro sentido de solidaridad, de amor, de unidad desde la diversidad; desde los dones y virtudes que el Espíritu Santo ha puesto en cada uno de nosotros.
Sólo desde nuestra transformación personal podemos cambiar nuestro caminar por esta existencia nuestra, nuestro éxodo de pasión y muerte, en una meta final de vida eterna en Dios. Pero para ello es necesario saber escuchar la Palabra de Dios, atender a sus llamadas desde la meditación de la misma, desde la fe y confianza en Jesucristo; Palabra de Dios hecha hombre; desde la esperanza y el amor a su Espíritu del bien y a la vida.
Como discípulos de Jesús Nazareno hemos de saber trascender y subir hasta el monte acompañándolo, abriendo nuestro corazón a sus palabras y obras y a las palabras y obras proféticas del Antiguo Testamento, para entender lo que será su pasión, para vislumbrar algo de la luz y la grandeza de Dios; y bajando de nuevo a la realidad nuestra, luchar y trabajar en esta vida por alcanzar aquí su reino para todos.



























































