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viernes, julio 19, 2024

Restaurar nuestra vida desde Dios

1ª lectura: Ezequiel 17, 22-24. Salmo: 91 Es bueno dar gracias al Señor.   

2ª lectura: 2ª Corintios 5,6-10. Evangelio: Marcos 4,26-34.

Es curioso observar el carácter individualista, egoísta e insolidario del ser humano de nuestro tiempo. A pesar de que vivimos rodeados de acontecimientos, negativos y malas noticias: odios, hambrunas, injusticias, escándalos, terrorismo, invasiones, guerras devastadoras, amenazas nucleares… estamos más pendientes de nuestros pequeños intereses y de nuestro frágil bienestar que de los verdaderos problemas que realmente afectan a la humanidad entera, olvidando, casi por completo, esos vínculos que verdaderamente nos unen, como seres vivos que somos, a todos los demás y nos hacen depender totalmente de ellos y de la naturaleza que nos rodea, sin entender bien esa interdependencia nuestra con todo lo que existe en nuestro planeta.

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Desde la competencia valoramos: la productividad, la eficacia, el rendimiento, la riqueza, el progreso, el poder… sin comprender toda la fecundidad que genera el saber cuidar y acoger a los demás y apreciar toda esa vida que recibimos gratuitamente desde la creación y desde el Dios de la vida.

Necesitamos aprender a vivir más atentos a todo lo que hay de regalo en nuestra existencia, valorando de donde nos viene todo lo que nos rodea, diferenciando entre lo positivo y bueno de lo negativo y malo. Hemos de aprender a pasar de una sociedad de opiniones diversas, interesadas, enfrentadas, erróneas, falsas… en la que desde las libertades mal entendidas, desde la competencia, desde el egoísmo y el hedonismo individualista, todo vale; a esa otra sociedad nueva donde las personas, actuando movidas por valores éticos, desde la plena conciencia de lo que todos somos, y desde la fe, la esperanza y la caridad, orientemos realmente nuestros comportamientos en pro de la convivencia, de los derechos humanos y del bien común para todos.

La gran pasión de Jesús Nazareno; la causa de toda su vida, de su sacrificio en la cruz, y de su resurrección es instaurar ya, desde aquí, desde este mundo nuestro tan dividido y amenazado, lo que él llama «Reino de Dios»; un mundo de justicia, paz y misericordia, desde la misma dignidad humana de todos y desde la misma fragilidad. Para dárnoslo a conocer lo explica con relatos y parábolas que conectan con la vida de la gente pobre, sencilla, humilde, apartada y marginada por las estructuras del poder y de la riqueza de aquel tiempo y de todos los tiempos. Palabras que también hoy deben de atraernos y hacernos reflexionar para cuestionarnos nuestras vidas y unirnos frente a ese mismo poder opresor del egoísmo humano y del mal.

Nuestra misión aquí es sembrar, en nuestra tierra de la que todos estamos hechos, y en nuestras conciencias, esas semillas de acogida, de bondad, de amor… desde el esfuerzo y sacrificio que esto supone y desde la humildad y la fragilidad de lo que realmente somos, en favor de los derechos y de la vida de todos y desde la esperanza y la fe en un Dios Padre, creador y redentor nuestro, para continuar creciendo en humanidad.                           

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