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El adiós a toda una vida entre dulces en Puente Genil: hablamos con Fernando y M. Carmen ante el cierre de la confitería

En Puente Genil se apaga el horno de una historia familiar que ha endulzado generaciones. Tras más de 80 años de trayectoria —y 40 al frente del negocio actual—, Luis Fernando Gama y María del Carmen García han decidido bajar definitivamente la persiana de su confitería, poniendo fin a una saga que comenzó mucho antes de ellos.

El origen del negocio se remonta aproximadamente a hace ocho décadas. Antes incluso de pertenecer a la familia, el local ya funcionaba bajo la gestión de Fernando López y Carmen. Sin embargo, la verdadera raíz familiar llega con Rafael García, abuelo materno de María del Carmen, natural de Puente Genil, quien tomó las riendas del establecimiento.

A partir de ahí, el relevo generacional fue natural: del abuelo pasó a los padres de María del Carmen, y posteriormente a ella misma junto a su marido, Luis Fernando Gama. “Nosotros somos la tercera generación, pero si contamos desde el inicio del local, podríamos decir que es la cuarta”, explican.

María del Carmen prácticamente nació en el negocio. “Yo me he criado entre dulces, he hecho aquí los dientes”, recuerda. Comenzó a trabajar con tan solo 17 años, y hoy, a sus 57, cierra una etapa de 40 años ininterrumpidos en el mismo lugar.

El matrimonio tomó las riendas en 1992, consolidando una forma de trabajar muy personal, cercana al cliente y basada en la tradición.

A pesar de la evolución del sector, hay productos que nunca han dejado de venderse. Entre los dulces más emblemáticos destacan como la merenga, el rosco de gachas, las garrapiñadas, las yemas, el pionono y la milhoja

Estos dulces siguen siendo los más demandados, incluso por clientes de fuera que llegan o encargan productos desde otras ciudades. “Hay quien dice: sé que no me va a llegar perfecto, pero quiero ese sabor”, nos cuenta Gama.

Otros productos tradicionales, como el cortadillo de cabello de ángel, han ido perdiendo protagonismo, quedando más ligados a un público de mayor edad.

El sector ha cambiado notablemente- recuerda Fernando- “antes, la variedad era limitada; hoy, la oferta es amplia y en constante renovación, entre las nuevas tendencias destacan las tartas modernas o los cookies, uno de los productos más recientes en incorporarse

Además, el negocio llegó a adaptarse parcialmente a los nuevos tiempos mediante envíos a distintos puntos de España, ofreciendo incluso lotes variados con productos como magdalenas o aceite.

Detrás del mostrador, sin embargo, hay una realidad menos visible, el sacrificio personal, nos dice M. Carmen. «Lo hemos perdido todo en cuanto a tiempo”, reconocen el matrimonio y nos cuenta que “las vacaciones limitadas a unos días en verano, imposibilidad de disfrutar de fines de semana, fiestas o incluso momentos familiares importantes o situaciones extremas, como volver prácticamente del hospital tras dar a luz para atender el negocio. María del Carmen incide “no hemos tenido ni Semana Santa, ni Navidad, ni eventos familiares, la tienda siempre estaba primero.

La decisión no ha sido improvisada, “ llevabamos aproximadamente un año valorándola, porque teníamos razones claras, la primera ha sido nuestro nieto”- responden al unísono. A lo que se suma “el desgaste acumulado tras décadas de trabajo ,problemas físicos, especialmente el cansancio”. Y a la vuelta de los años- en definitva-

“no hemos podido disfrutar de nuestros hijos como hubiéramos querido, ahora no queremos que pase lo mismo con nuestro nieto”, explican.

Sus hijos, aunque crecieron en el negocio, han seguido caminos distintos: su hija es maestra y su hijo estudió Traducción y actualmente oposita a bombero, “ninguno continuará con la confitería.

Un negocio está muy ligado a su presencia”, la gente viene buscándonos a nosotros, no es lo mismo sin los dueños con un carácter adecuado no están a frente”.

Con la persiana que cerrarán el próximo 31 de mayo, no solo se cierra un negocio, sino una parte de la memoria colectiva de Puente Genil.

Queda el legado del sabor, el recuerdo de generaciones de clientes y la historia de una familia que dedicó su vida a endulzar la de los demás.

Ahora, por fin, les toca a ellos disfrutar del tiempo.

 


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