
Santa Teresa Jornet y Puente-Genil: una historia de caridad, presencia y compromiso con los ancianos

Hoy, 26 de agosto, la Iglesia celebra la fiesta de santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars y en la de Nuestra Señora de los Desamparados de nuestra ciudad tendrá lugar, a las 9:30 h, una función religiosa en su honor. Hablamos deuna mujer cuya vida quedó estrechamente vinculada a la atención de los ancianos más necesitados y cuyo recuerdo mantiene en Puente-Genil una especial fuerza. Murió tal día como hoy de 1897, en Liria (Valencia), a los 54 años, dejando fundadas 203 casas para acogida y atención de ancianos. Habían transcurrido apenas unos años desde que su propia vida se cruzara con la de nuestro pueblo y dejara aquí una de las obras que con mayor perseverancia han servido a varias generaciones de pontanenses.
Teresa Jornet fue, junto al venerable sacerdote Saturnino López Novoa, fundadora de la Congregación de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. En 1889, cuando apenas habían pasado unos años desde el nacimiento del instituto religioso, Teresa era ya su Superiora General. Fue precisamente en el ejercicio de esa responsabilidad cuando llegó a Puente-Genil para poner en marcha el Hogar-Asilo «Santa Susana», destinado a acoger a ancianos enfermos y necesitados.
Era un tiempo muy distinto del nuestro. No existía la Seguridad Social y la protección pública de las personas mayores era prácticamente inexistente. Para muchos ancianos pobres, enfermos o sin familia, la vejez podía convertirse en una condena a la soledad, al abandono y, en los casos más extremos, a morir en la calle. Frente a aquella realidad, la Congregación de las Hermanitas desarrolló una obra que no sólo se limitaba a proporcionar techo sino que se distinguió por ofrecer cuidados, compañía y dignidad a quienes, después de toda una vida, se encontraban en la situación más vulnerable.
El 5 de mayo de 1889, Teresa Jornet llegó a Puente-Genil para inaugurar, junto al obispo de Córdoba, Sebastián Herrero y Espinosa de los Monteros, el nuevo Hogar-Asilo. La institución pudo hacerse realidad gracias a la caridad testamentaria de doña Susana Benítez de Lugo, cuyo nombre permanece hoy unido para siempre a esta obra y a la calle que lleva su nombre. La actual calle Susana Benítez constituye hoy una de las principales arterias de la ciudad, pero aquel paisaje era muy diferente cuando llegaron las Hermanitas. El lugar se encontraba prácticamente en las afueras del casco urbano, en los llamados Llanos del Calvario, dentro de un extrarradio donde apenas comenzaban a aparecer algunas edificaciones del que con el tiempo sería el barrio de La Matallana. Allí, en aquel descampado situado entonces en los límites de la población, comenzó una historia que se lleva escribiendo desde hace 137 años.
Resulta difícil imaginar que aquella Superiora General que en 1889 ponía en marcha una casa para ancianos necesitados llegaría a ser, décadas después, una de las figuras religiosas más queridas y reconocidas de la Iglesia española y universal. Teresa Jornet murió en 1897, pero su obra continuó creciendo. Sesenta años después de su muerte, en 1958, fue beatificada por el papa Pío XII y en 1974, Pablo VI la canonizó en Roma.
Y Puente-Genil tuvo un papel extraordinario en ese camino hacia los altares. No solamente porque aquí se encontraba una de las casas fundadas durante su vida, sino porque dos curaciones consideradas milagrosas y atribuidas a su intercesión tuvieron lugar en nuestra localidad. Aquellos hechos, ocurridos en dos mujeres afectadas por largas enfermedades, una en el barrio de Miragenil y otra en el cortijo de La Lágrima, quedarían incorporados al proceso de beatificación y canonización de la religiosa. De esta manera, la historia de Teresa Jornet y la de Puente-Genil terminaron entrelazándose de una forma verdaderamente singular. En las ceremonias celebradas en la Ciudad del Vaticano con motivo de su beatificación y canonización estuvieron presentes varios pontanenses relacionados con aquellos acontecimientos, convertidos así en testigos de excepción de un capítulo de la historia religiosa de nuestro pueblo.
El Hogar-Asilo «Santa Susana» ha conocido a lo largo de estos 137 años dos edificios levantados sobre el mismo solar de la calle Susana Benítez. El primero fue construido en 1889, cuando aquel punto se encontraba en las afueras de la población. En sus comienzos dispuso de una iglesia provisional integrada en las propias dependencias del establecimiento. Hubo que esperar hasta 1926 para que se construyera una capilla propiamente dicha, dedicada a Nuestra Señora de los Desamparados. Aquel templo se convirtió en uno de los espacios religiosos vinculados a la institución y acogió durante años diversas imágenes y un importante patrimonio artístico y funcionó durante unos años como parroquia hasta que se construyó la de San José.
La tragedia llegó en julio de 1936. La capilla fue incendiada y con ella desaparecieron el retablo mayor y varias de las imágenes que albergaba. Entre ellas se encontraba la primera imagen de Nuestra Señora de los Desamparados que tuvo la casa y una valiosa escultura de madera del siglo XVII de Jesús Amarrado a la Columna, antiguo titular de la cofradía de este nombre de Puente-Genil, realizado por el escultor Pedro Freila de Guevara en 1635 y que había pasado a venerarse en aquella iglesia.
El edificio que había servido durante más de un siglo a la comunidad terminó también acusando el paso del tiempo. Durante los años 2000 y 2001 fueron demolidos tanto las antiguas dependencias de la residencia como la iglesia, debido a su deficiente estado de conservación. En su lugar se levantaron unas nuevas instalaciones, que fueron bendecidas por el obispo de Córdoba, Francisco Javier Martínez Fernández, cumpliéndose este año 2026 el veinticinco aniversario de aquella bendición.
Cambió el edificio, pero no cambió la razón de ser de la casa. Generaciones de Hermanitas han pasado por ella y han dedicado buena parte de su vida a cuidar a centenares de ancianos pontanenses y foráneos. Es una continuidad que merece ser valorada porque, detrás de los muros de la residencia, existe una historia humana formada por nombres, rostros y vidas que difícilmente pueden recogerse en una relación estadística.
La vinculación entre santa Teresa Jornet y Puente-Genil no se limita, por tanto, a la existencia de una residencia fundada durante su vida. Su memoria se encuentra presente en diferentes lugares de la ciudad y forma parte del patrimonio religioso y sentimental de varias generaciones. En la iglesia de Nuestra Señora de los Desamparados se conserva una interesante escultura de madera policromada y estofada, de tamaño académico, que representa a la santa sobre una nube de ángeles, donde se nos presenta sosteniendo en una de sus manos la llama de la caridad y en la otra las Constituciones de la Congregación. La imagen ocupa un lugar especialmente significativo, situada entre dos grandes pinturas que representan los dos milagros atribuidos a su intercesión y acontecidos en Puente-Genil, obras del pintor de Villanueva del Arzobispo Felipe Herreros Rodero. En el interior de la residencia existe también un gran óleo dedicado a la santa del mismo artista. La composición la presenta coronada de flores por la Santísima Trinidad, mientras a sus pies aparecen los ancianos y los dos pontífices que contribuyeron a elevarla a los altares. A la entrada del edificio, en el pequeño jardín, otra escultura, esta vez en piedra, obra del escultor montillano Francisco Julián Márquez López, muestra a Teresa Jornet sentada y leyendo un libro. Y una cuarta representación, de menor tamaño y realizada igualmente en madera, se encuentra entronizada en la iglesia de Santiago el Mayor de Miragenil, donada por la cofradía de Nuestra Señora de los Desamparados de Puente-Genil.
A este patrimonio escultórico y pictórico hay que añadir las reliquias de la santa conservadas en distintos lugares de la localidad. La primera que llegó a la ciudad se encuentra en poder de las propias Hermanitas, otra pertenece a la Hermandad y Cofradía de Nuestra Señora de los Desamparados, que tiene a santa Teresa Jornet como cotitular, una tercera está vinculada a la Cofradía de la Santa Cena, otra más es venerada por la Cofradía de la Santa Cruz y la última reliquia concedida por la Congregación se conserva en la iglesia de Santiago el Mayor, a petición de su párroco, don Antonio BudiaSabán.
Todo ello demuestra hasta qué punto la memoria de Teresa Jornet se ha integrado en la vida religiosa de Puente-Genil. No se trata únicamente de recordar a una santa del siglo XIX, sino de conservar las huellas materiales de una mujer cuya obra continúa teniendo una presencia cotidiana entre nosotros.
También las cofradías pontanenses han mantenido una relación estrecha con las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. La Hermandad y Cofradía de Nuestra Señora de los Desamparados nació en 1949 por iniciativa de la superiora y del capellán de la Casa de aquel momento. Desde entonces, sus hermanos han acompañado a las Hermanitas, especialmente en las etapas más difíciles, y organizan cada año las fiestas y cultos dedicados a la Virgen de los Desamparados durante la segunda semana de mayo. Son jornadas en las que la residencia se transforma especialmente. Los cultos, la música, los obsequios y la presencia de los hermanos de la cofradía llevan a los residentes algo que, más allá de su dimensión religiosa, tiene un enorme valor humano y es la sensación de formar parte de una comunidad que los recuerda, los visita y comparte con ellos momentos de alegría. Las propias Hermanitas fueron nombradas Hermanas Mayores Honorarias de la cofradía, una distinción que expresa la profundidad de esta relación.
También la Cofradía de la Santa Cruz mantiene una vinculación particular con la Congregación. Las Hermanitas fueron Madrinas Honorarias de la bendición de sus imágenes titulares, Nuestro Padre Jesús de los Afligidos y Nuestra Señora del Rosario. A ello se suma la costumbre de que la Agrupación Musical de la cofradía ofrezca cada año un concierto en honor de los residentes de la Casa. Son pequeños gestos que, acumulados durante décadas, terminan construyendo una memoria colectiva.
Quizá una de las mejores maneras de comprender la grandeza de la obra iniciada por Teresa Jornet sea contemplar el mundo que tenemos delante. Las circunstancias han cambiado radicalmente desde 1889, pero la necesidad de cuidar a las personas mayores no ha desaparecido. Al contrario, el progresivo envejecimiento de la población convierte esta cuestión en uno de los grandes desafíos sociales de nuestro tiempo.
Hoy vivimos más años que hace medio siglo. La medicina y las condiciones de vida han permitido alcanzar edades que en otras épocas eran excepcionales. Al mismo tiempo, el descenso de la natalidad está modificando profundamente la estructura de la sociedad. Cada vez son más numerosas las personas mayores y proporcionalmente son menos quienes pueden sostener, mediante su trabajo y sus cotizaciones, los sistemas públicos destinados a garantizar las pensiones y los servicios sociales. Este escenario obliga a mirar con especial atención a instituciones como las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Su labor no pertenece únicamente al pasado, al contrario, puede resultar todavía más necesaria en los próximos años.
Además, las dificultades que afrontan son múltiples. La disminución de las vocaciones religiosas ha obligado a la Congregación a replantear y, en algunos lugares, incluso cerrar determinadas casas. Y las dificultades económicas son igualmente importantes. Una residencia de estas características necesita personal, alimentación, limpieza, mantenimiento, asistencia sanitaria y numerosos servicios para atender a sus residentes con la dignidad que merecen. Muchas de las personas acogidas cuentan, sin embargo, con pensiones modestas que difícilmente les permitirían afrontar los costes de otros modelos residenciales.
Las Hermanitas han tenido que convertirse muchas veces en verdaderas especialistas en el difícil arte de hacer posible lo necesario con recursos limitados. Por eso su labor no puede medirse exclusivamente en términos económicos. Hay una riqueza que no aparece en ninguna contabilidad, esa es el tiempo dedicado a escuchar, la mano que acompaña, la visita que rompe una tarde de soledad, el cuidado de una persona enferma o la sonrisa ofrecida a quien quizá ya no está en condiciones de devolverla. Ahí se encuentra, en esencia, el legado de Teresa Jornet.
Santa Teresa Jornet fue una mujer valerosa. Vivió en un tiempo en el que las dificultades materiales y sociales eran enormes y decidió dedicar su vida a quienes menos podían defenderse. No esperó a que existieran estructuras públicas capaces de resolver el problema de la vejez abandonada. Comenzó a construir una respuesta desde la caridad cristiana, la organización y el trabajo cotidiano.
En Puente-Genil aquella respuesta comenzó el 5 de mayo de 1889, en un descampado de los Llanos del Calvario. Allí, junto al obispo de Córdoba, la Superiora General de las Hermanitas puso en marcha una casa que acabaría formando parte de la historia de la ciudad. Han pasado 137 años. El descampado de entonces es hoy una de las zonas plenamente integradas en el tejido urbano; la calle Susana Benítez es una arteria principal de Puente-Genil; el viejo Hogar-Asilo dio paso a una residencia moderna y numerosas generaciones de Hermanitas han cuidado a nuestros mayores.
Pero hay algo que permanece intacto: la idea de que ninguna persona debería afrontar sola la última etapa de su vida.
Por eso Puente-Genil tiene una deuda de gratitud con santa Teresa Jornet y con las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Una deuda que no debería limitarse a las palabras ni a la celebración de una fiesta anual. También puede expresarse mediante la colaboración económica, el voluntariado, la aportación de alimentos o productos necesarios para el funcionamiento de la residencia, las visitas y, sencillamente, mediante el tiempo dedicado a acompañar a quienes viven allí, que siempre agradecerán una visita, un rato de charla, de risas y compañía, de calor humano, porque cuidar de los ancianos es, en definitiva, cuidar de nuestra propia memoria. Ellos son quienes conservan buena parte de la historia vivida de una comunidad y quienes, después de haber entregado sus años al trabajo, a sus familias y a su pueblo, merecen recibir a cambio algo tan sencillo y tan importante como compañía, respeto, ternura y dignidad.
Sería también justo que el Ayuntamiento reconociera públicamente la trayectoria de las Hermanitas y su contribución a la vida de Puente-Genil mediante una de las máximas distinciones municipales, como la Medalla de Oro de la Villa. No se trataría solamente de premiar a una institución religiosa, sino de reconocer 137 años de servicio a los pontanenses más vulnerables y de poner en valor una parte esencial de nuestra historia social.
Santa Teresa Jornet murió en Liria en 1897, pero su obra no murió con ella. En Puente-Genil permanece viva en una residencia, en una iglesia, en unas imágenes, en unas reliquias, en unas cofradías y, sobre todo, en las manos de las Hermanitas que continúan cuidando de nuestros mayores, por eso el mejor homenaje que pueda hacerse a aquella mujer que llegó en 1889 a los Llanos del Calvariosea conseguir que su obra siga teniendo sentido más de un siglo después. Que su memoria y ejemplo siga inspirando a este pueblo para no olvidar nunca a quienes más necesitan de nosotros.
Francisco Javier Reina Jiménez

































































