1ª lectura: Josué 5,9a.10-12.
Salmo: 33 Gustad y ved qué bueno es el Señor.
2ª lectura: 2ª Corintios 5,17-21.
Evangelio: Lucas 15,1-3.11-32.
Gran parte de la sociedad actual estamos experimentando cómo nos enfrentamos por políticas partidistas, egoístas e insolidarias; por religiones de corazón duro; por terrorismos e intereses que provocan guerras injustas y destructivas que hunden a los pueblos y a sus gentes en la miseria, el hambre, la opresión… Desde nuestros egoísmos, cada vez vivimos más alejados de ese Dios de la vida padre de todos, negando su existencia, desperdiciando, desde el poder y el oprobio, todos esos bienes y dones que Dios ha creado y nos ha dado para que podamos vivir todos de forma más digna y dichosa; sin atender a los consejos y palabras de ese Dios Padre de todos. Desde este desorden vital, moral y ético, nuestra existencia es cada vez más caótica, desquiciada, insana y contraria a la vida; lo cual nos provoca un gran vacío, desesperación y hambre de felicidad y de verdadero amor.
El evangelio de Jesucristo, Dios encarnado en nuestra humanidad, se centra en la reconciliación de todos los hombres con nosotros mismos y con ese Dios Padre Misericordioso; pero para ello hemos de interiorizar sus hechos y sus palabras; entrar, como el hijo pródigo, dentro de nosotros mismos para recordar y reconocer esos momentos nuestros asociados al bien, a la bondad de Dios, a la abundancia de dones derramados sobre nosotros por él, a la concesión de nuestra libertad… Y reconocer nuestros errores y nuestra responsabilidad personal en nuestro actuar, para descubrir que estamos muy distanciados unos de otros y del Padre Dios, por no cumplir las normas de la vida por él establecidas. Tampoco seremos capaces de compartir de manera digna y dichosa nuestra vida y el paso por este planeta nuestro si, como el hijo mayor, no miramos a los demás desde los mismos derechos y deberes, desde la justicia, la paz, la acogida, la misericordia, el perdón… Todo ello fruto del amor mutuo de unos a los otros. No nos puede pasar como a él que, aunque seamos fieles cumplidores de las normas establecidas por el padre y así lo hagamos, seamos incapaces de acoger, de amar al hermano y de perdonar sus errores, a causa de nuestro corazón duro y resentido. Dios nos sigue esperando a todos para que nos reconciliemos como una gran familia en la gran fiesta de la vida, desde su amor a él hemos de saber restaurarnos y actuar como hermanos.



























































