Opinión

UN ROLLO MUY SERIO… Francisco Javier Reina Jiménez (Cronista Oficial de la Villa de Puente-Genil )

UN ROLLO MUY SERIO

Francisco Javier Reina Jiménez

Cronista Oficial de la Villa de Puente-Genil

Aunque el día invite a ello, no me estoy refiriendo con este título a las elecciones andaluzas ni a los hartibles dimes y diretes de la política en general. Tampoco a lo que algún sufrido lector pueda pensar al enfrentarse a estas crónicas históricas que, de vez en cuando, uno se empeña en compartir con la sana intención de divulgar episodios de nuestro pasado, curiosidades patrimoniales o pequeñas historias locales que rara vez encuentran hueco entre titulares y tertulias.

Habrá quien, al terminar de leer estas líneas, exclame resignado, como si hubiera aguantado el mayor de los suplicios: ¡Vaya rollo! Y seguramente no le falte razón, porque eso del rollo —conviene aclararlo— es asunto bastante más serio de lo que hoy entendemos por una conversación interminable, un discurso insufrible o un texto capaz de aburrir al santo Job.

Mucho antes de convertirse en sinónimo de tostón, el «rollo» era una auténtica institución. Se trataba de una columna de piedra levantada habitualmente en plazas o accesos principales de las villas para simbolizar la jurisdicción propia de la localidad, por lo que cualquier forastero podía saber al verlo que la villa tenía capacidad legal para impartir justicia. Y no era un simple adorno urbano para embellecer la plaza mientras los vecinos tomaban el fresco. En torno al rollo se escenificaba el poder. Allí se publicaban castigos, se exponía a los condenados y, en no pocas ocasiones, se aplicaban penas ejemplarizantes que terminaban con la muerte del reo. De modo que cuando alguien era «condenado al rollo», la expresión no tenía precisamente el tono humorístico con que hoy despachamos una pesada reunión o una película demasiado lenta.

Rollo de Bolaños de Campos

La propia Real Academia Española conserva todavía memoria de aquel significado. En una de sus acepciones define el rollo como una «columna de piedra, ordinariamente rematada por una cruz, que antiguamente era insignia de jurisdicción y que en muchos casos servía de picota». Y aquí aparece otro término que también ha sobrevivido con excelente salud en el lenguaje popular, porque poner a alguien «en la picota» sigue significando exponer públicamente sus defectos o desacreditarlo delante de todos. Lo que ya casi nadie recuerda es que la picota existió de verdad y que no tenía nada de metáfora amable ni que ver con la variedad de cerezas del extremeño valle del Jerte. La picota era, de hecho, el lugar donde se exhibía públicamente a los reos y, en ocasiones, las cabezas de los ajusticiados. Un sistema de pedagogía judicial bastante más contundente que cualquier campaña institucional contemporánea. Llegados a este punto, quizá el lector se pregunte a qué viene ahora todo este rollo —nunca mejor dicho— y la respuesta es sencilla, no para poner a nadie en la picota, sino para rescatar del olvido la existencia de un auténtico rollo jurisdiccional en la antigua Puente Don Gonzalo, porque sí, nuestra villa contó con uno, del que no hay descripción alguna, testimonio gráfico o restos. Y todo apunta a que no fue únicamente un símbolo decorativo del poder concejil, sino también un lugar donde se ejerció esa justicia severa y ejemplarizante tan propia del Antiguo Régimen, que servía para la exposición y vergüenza pública de los reos, para azotarlos, mutilarlos o ejecutar a los sentenciados y exhibir los miembros amputados o sus cadáveres, así parecen indicarlo las numerosas referencias en las actas del Concejo —lo que actualmente conocemos por Ayuntamiento— sobre la contratación de verdugos.

Rollo-picota de Almorox (Toledo)

Los rollos de piedra solían levantarse tras la fundación de un núcleo urbano mediante «carta puebla» o «carta de villazgo», otorgada por el rey o por el señor del lugar. Entre los privilegios concedidos figuraba, nada menos, que la potestad de administrar justicia, una competencia que en aquellos siglos no era precisamente simbólica. Cabe pensar que algo parecido ocurrió tras la fundación de Puente Don Gonzalo a finales del siglo XV o comienzos del XVI, cuando la villa pertenecía a la Casa de Aguilar. Ese privilegio pudo haber sido concedido por Alonso de Aguilar «El Grande», hermano mayor del Gran Capitán y VI señor de Aguilar, o quizá por su hijo, Pedro Fernández de Córdoba, primer marqués de Priego desde 1501. El primero impulsó la repoblación de estas tierras; el segundo, en dicho año, salvó la vida en Sierra Bermeja gracias a la intervención de sus vasallos de la Puente Don Gonzalo adonde había acudido junto a su padre —que en ella murió—a sofocar la rebelión morisca de las Alpujarras, circunstancia que bien pudo inclinarle a recompensar a la villa con el derecho de administrar justicia y levantar un rollo jurisdiccional. No ha aparecido todavía documentación que confirme expresamente la concesión de este privilegio, aunque sí contamos con referencias claras de la existencia de ese símbolo pétreo, situado en la plaza mayor de la villa por aquel entonces —la actual plaza de Emilio Reina— pues los rollos solían colocarse en lugares visibles, a la entrada de las poblaciones o en espacios principales del casco urbano, como recordatorio de autoridad para propios y extraños.

Rollo- picota de Jaramillo

Desde los primeros pleitos mantenidos por Puente Don Gonzalo con las villas vecinas ya aparece recogido ese privilegio jurisdiccional. Pérez de Siles y Aguilar y Cano señalan en su histórico libro que, en el largo litigio iniciado contra Aguilar de la Frontera en 1525 por la posesión de ciertas tierras, la Puente afirmaba ser «villa por sí, con jurisdicción civil y criminal, con mero y mixto imperio…». También numerosos acuerdos públicos comienzan con la fórmula: «El concejo, justicia y regimiento de la villa de Puente Don Gonzalo…», prueba de una autonomía jurídica —al menos en primera instancia— plenamente asumida. En sus “Efemérides”, Agustín Aguilar y Cano recoge que el 13 de julio de 1530 el Concejo ordenó «que en el plazo de seis días se haga una argolla de hierro para el Royo tal como las de Aguilar y Montilla». La medida no tardó en encontrar aplicación práctica. Apenas un día después se recordaban las penas previstas para quienes dañaran las huertas o robaran fruta, estableciendo que quien fuese sorprendido en tales hechos debía permanecer «en la argolla en el rollo de la plaza pública, por el pescuezo, un día». La justicia de la época tenía una evidente dimensión ejemplarizante y pública.

No existen estudios que determinen cuántas personas fueron castigadas en el rollo de Puente Don Gonzalo ni el alcance real de aquellas penas. Lo cierto es que estos símbolos jurisdiccionales fueron abolidos con la Constitución de 1812, que consagró la separación de poderes y atribuyó exclusivamente a los tribunales la potestad de juzgar, ordenando se destruyesen. Sin embargo, muchos municipios conservaron sus rollos o los transformaron en cruceros para salvarlos, y gracias a ello todavía sobreviven cerca de 150 en toda España, ya despojados de su antigua función y convertidos hoy tanto en elementos patrimoniales e históricos como en reclamos turísticos, siendo una excepción entre los de piedra, el único metálico que se conserva en Rello (Soria), construido con el cuerpo o caña de un cañón del siglo XV, llamado bombarda.

Rollo de Justicia metálico en Rello (Soria) construido con el cuerpo de una bombarda

Quizá por eso convenga mirar con cierta perspectiva la palabra «rollo», que hoy usamos para referirnos a algo pesado o aburrido. Hubo un tiempo en que el rollo no era una metáfora, sino una auténtica expresión de poder y justicia pública; un símbolo de autoridad que presidía la vida cotidiana de las villas y recordaba, de manera bastante gráfica, quién tenía la capacidad de mandar y castigar, siendo para algunos desgraciados, el último paisaje que contemplaban antes de servir de escarmiento público; aunque si hiciéramos una encuesta, con la escasa confianza que, por distintas causas, a muchos ciudadanos le merece actualmente la justicia, seguro que se inclinarían por dar escarmiento en un rollo a ese enjambre de funestos «personajillos» que sufrimos a diario. Y quizá también no venga mal recordar, con algo de humor y memoria histórica, que las sociedades siempre han necesitado símbolos para expresar autoridad. Antes fueron columnas de piedra en mitad de la plaza; hoy bastan unas urnas y unas papeletas. Así que procuren votar bien… y, si es posible, de buen rollo, que luego pasa lo que pasa.

Últimas Noticias

Últimas Noticias

Entrada anterior
La cruz del Calvario gana el concurso 2026
Entrada siguiente
Los colegios electorales abren sus puertas en Puente Genil con normalidad y sin incidencias
error: El contenido está protegido