Opinión

LA FIESTA DEL CORPUS …por Francisco Javier Reina Jiménez (Cronista de la Villa)

LA FIESTA DEL CORPUS

Francisco Javier Reina Jiménez

Cronista Oficial de la Villa de Puente-Genil

Esta semana , concretamente el sábado día 6 de junio, comienza la visita oficial del papa León XIV a España, una visita histórica que va a coincidir con la celebración de la festividad del Corpus Christi en gran parte de nuestra geografía, pues, aunque esta fiesta se vino celebrando en España, durante siglos, en jueves —recordemos el dicho popular de «tres jueves hay en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión»— esta celebración, desde hace unas décadas se pasó, por motivos laborales y al perder su carácter de fiesta nacional, al domingo siguiente, manteniéndose en jueves en aquellas localidades que han declarado dicho día fiesta local, entre ellas, capitales como Sevilla, Granada o Toledo y numerosos pueblos para los que, históricamente, el Corpus ha constituido su fiesta de más arraigo.

La festividad del Corpus Christi constituye una de las celebraciones religiosas más importantes del calendario católico y una de las manifestaciones culturales de mayor tradición en España. Su relevancia no solo se explica desde el punto de vista litúrgico, sino también desde su dimensión histórica, artística y social. Desde la Edad Media, el Corpus se convirtió en una expresión pública de fe que integró procesiones, música, ornamentación urbana y representaciones teatrales, consolidándose como una de las principales fiestas del mundo hispánico. En Andalucía, esta solemnidad adquirió un carácter especialmente popular, vinculado a las hermandades sacramentales y a la tradición barroca. Dentro de este contexto destaca la celebración de Puente-Genil, cuyo origen histórico se remonta al siglo XVI y a la fundación de la Archicofradía del Santísimo Sacramento que, desde hace 500 años, viene siendo la encargada de organizar sus cultos y procesión.

El Corpus Christi —expresión latina que significa «Cuerpo de Cristo»— es la solemnidad dedicada a la exaltación pública de la Eucaristía, considerada por la doctrina católica como el sacramento central de la vida cristiana. Desde el punto de vista teológico, la festividad conmemora la presencia real de Jesucristo en el pan y el vino consagrados durante la misa. Según la doctrina católica, en el momento de la consagración se produce la transubstanciación, es decir, la transformación de la sustancia del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, aunque permanezcan sus apariencias externas. La celebración del Corpus Christi posee una estrecha relación con la Última Cena de Jesús con sus discípulos, acontecimiento recordado durante el Jueves Santo. Sin embargo, la Iglesia consideró necesario establecer una festividad específica dedicada exclusivamente al culto eucarístico, ya que los actos litúrgicos de Semana Santa están marcados por el carácter penitencial y por la conmemoración de la pasión y muerte de Cristo, por ello, el Corpus Christi se instituyó como una fiesta de alegría y adoración pública al Santísimo Sacramento, expresada especialmente mediante la procesión eucarística por las calles.

La festividad del Corpus Christi está directamente vinculada al calendario litúrgico de la Pascua cristiana. Tradicionalmente se celebra sesenta días después del Domingo de Resurrección y el jueves siguiente a la solemnidad de la Santísima Trinidad, aunque, como ya he señalado, ahora se ha trasladado al domingo siguiente en muchos lugares, para facilitar la participación de los fieles. El vínculo entre Pascua y Corpus Christi posee un profundo significado simbólico. La Resurrección de Cristo constituye el fundamento de la fe cristiana, mientras que la Eucaristía representa la permanencia sacramental de Cristo resucitado entre los creyentes. De este modo, el Corpus prolonga y completa el ciclo pascual mediante la exaltación pública del sacramento eucarístico.

La festividad del Corpus Christi surgió en Europa durante el siglo XIII, en un contexto de reafirmación doctrinal de la Iglesia católica respecto al sacramento de la Eucaristía. Durante esa época existían debates teológicos sobre la presencia real de Cristo en la hostia consagrada, lo que impulsó nuevas formas de culto eucarístico. La iniciativa estuvo vinculada a Juliana de Cornillon, religiosa agustina nacida en la actual Bélgica, quien promovió la creación de una fiesta dedicada exclusivamente al Santísimo Sacramento. Sus propuestas fueron apoyadas por diversos sectores eclesiásticos y culminaron con la promulgación de la bula Transiturus de hoc mundo por el papa Urbano IV en 1264, documento mediante el cual quedó instituida oficialmente la solemnidad del Corpus Christi. La expansión de la festividad fue gradual. Durante los siglos XIV y XV comenzó a consolidarse en distintos reinos europeos, especialmente en los territorios hispánicos, donde alcanzó una enorme importancia religiosa y social. Durante la Edad Moderna, muchas ciudades españolas transformaron el Corpus en su principal fiesta urbana. Las calles eran adornadas con flores, tapices y altares efímeros, mientras las procesiones incluían música, danzas y participación de gremios y cofradías. Especial importancia tuvieron las custodias procesionales de plata, auténticas obras maestras de la orfebrería renacentista y barroca. Del mismo modo, surgieron los autos sacramentales, piezas teatrales alegóricas destinadas a explicar al pueblo el significado de la Eucaristía, de las que Calderón de la Barca (1600-1681) el autor más importante del teatro religioso del Siglo de Oro español fue la figura culminante del género de los autos sacramentales. Su aportación resultó decisiva tanto desde el punto de vista literario como teológico y escénico, hasta el punto de convertir este tipo de representación en una de las expresiones culturales más características del Barroco español.

La tradición del Corpus Christi en nuestra localidad posee raíces históricas profundas. Existen referencias documentales que indican importantes celebraciones eucarísticas desde el siglo XVI. La influencia de los Marqueses de Priego favoreció el desarrollo del culto sacramental y el embellecimiento de las ceremonias religiosas. Uno de los testimonios más destacados es la existencia de una custodia procesional renacentista fechada en 1563, elemento que demuestra la relevancia alcanzada por la solemnidad del Corpus en la villa y el relieve que alcanzará la Archicofradía fundada en honor del Santísimo Sacramento, que ha llegado a nuestros días convertida en la más antigua de Puente-Genil, en cuyos documentos, sobre todo en las relaciones de gastos que se conservan, vemos todo el despliegue cultual, escénico y económico que desarrollaba. Como ocurría en otras poblaciones andaluzas, la procesión recorría las calles adornadas con flores, colgaduras y altares efímeros, convirtiéndose en uno de los principales acontecimientos religiosos y sociales del año en el que participaban todos los estamento sociales, el consejo de la villa, el clero, religiosos de los conventos existentes, cofradías y cómo no, el pueblo, principal destinatario del mensaje eucarístico y elemento muy participativo en el desfile procesional a raíz, sobre todo, de la barroquización que fue experimentando el cortejo. Sabemos que el consejo —ayuntamiento— participaba activamente y nombraba cada año dos delegados especiales para las fiestas del Corpus, sufragando la mitad de todos los gastos y premiando las mejores danzas que se creaban para tal ocasión, encargándose también del buen estado de las calles por donde debía transcurrir la procesión.

El resto de las cofradías penitenciales y de gloria participaban no sólo económicamente sino procesionando también a alguno de sus titulares dentro del cortejo: la Virgen de la Guía de la cofradía de Jesús Nazareno, el Niño Jesús de la del Dulce Nombre de Jesús, la Virgen de la Aurora y la imagen de Santa Catalina de dichas cofradías o la de la Virgen de la Piedad con su titular, entre otras, aunque no todo fueron imágenes religiosas durante la procesión. De todo ello nuestros cronistas, Agustín Pérez de Siles y Antonio Aguilar, recogen numerosos testimonios.

«En la del Corpus se desplegaba todo el lujo posible con relación a la localidad: a la procesión asistía el grifo y su negrillo, las danzas que nombraban Indiada y Judiada (ésta con sus diablillos) y otras análogas. El número de ellas, a veces, fue crecido, costeándose por los capellanes, cofradías, cortadores, etc. Solía premiarse al que ideaba la mejor. Asistían igualmente coros de ángeles y otras invenciones propias a dar gran solemnidad y aparato a la fiesta, a más de la indispensable música, entonando y cantando, los entonces llamados ministriles, chanzonetas y motetes. En el resto del día se representaban en la plaza autos sacramentales, a cuyo fin se disponían tablados y andamios, y tenían lugar otros regocijos populares no menos notables».

Las actas capitulares nos permiten comprobar la creciente importancia que la festividad del Corpus Christi alcanzó en la vida pública y religiosa de la villa durante el siglo XVI. El consejo impulsó progresivamente una celebración cada vez más solemne y espectacular, destinada no solo al culto eucarístico, sino también a la participación colectiva y al fortalecimiento de la identidad vecinal con la fiesta. En el año 1585, las autoridades municipales acordaron conceder premios a aquellas personas que organizasen danzas, invenciones o comedias con motivo de la festividad; del mismo modo, en 1589, se dispuso que los oficiales acudieran a la procesión portando velas, reforzando así el carácter ceremonial y solemne de la fiesta. Será en 1591 cuando acuerde que el vicario y los capellanes promovieran una danza infantil acompañada de composiciones alusivas al Santísimo Sacramento, donde vemos el origen de los «seises» pontanos, que los hubo. Asimismo, la Cofradía del Santísimo debía organizar otra danza, mientras que el propio consejo asumiría la preparación de una tercera. A estas representaciones se añadía la obligación de que cada cofradía de la villa participara igualmente con nuevas danzas y elementos festivos. Especial interés presenta la referencia a la salida del «grifo», criatura mitológica —mitad águila, mitad león— utilizada como representación alegórica de la lucha entre el bien y el mal. Este tipo de figuras simbólicas, llamadas tarascas, era frecuente en las celebraciones del Corpus Christi de la España barroca y respondía a la intención pedagógica y moralizante de la fiesta, en la que se mezclaban religiosidad, teatralidad y simbolismo y aún perviven en algunas ciudades como Granada.

Este creciente esplendor podemos seguirlo igualmente en las cuentas de la Archicofradía del Santísimo Sacramento donde, por poner un solo ejemplo, se reflejan gastos en danzas y nos da nombres de los encargados de ellas, como los 144 reales gastados en una danza que en 1622 sacó Francisco Ruiz Garrido con el costo de zapatos y libreas que se alquilaban para ello, o los 130 reales que se pagaron a Bartolomé Belasco por una «mudanza», nombre con que eran conocidas las figuras coreográficas o cambios de formación realizados dentro de las danzas que acompañaban, entre otras, las celebraciones del Corpus, o consignando cada año los continuos gastos en luminarias y cohetes que iluminaban las oscuras noches de las poblaciones en siglos pretéritos. Todo ello permite imaginar la extraordinaria repercusión que un espectáculo de semejante magnificencia debía producir entre la población. El Corpus Christi se convertía así en la auténtica «fiesta grande» de la villa, capaz de integrar ceremonias litúrgicas, expresiones artísticas y participación popular en una celebración colectiva de enorme impacto emocional y social. Luego, con la llegada de las prohibiciones emanadas durante el período de la Ilustración desde el Estado y la Iglesia —que también afectarían a la Semana Santa— esta riqueza escénica desapareció. Durante bastantes años el siglo XX la tradicional custodia de plata que ahora se procesiona fue sustituida por la Archicofradía por un ángel eucarístico arrodillado sosteniendo en sus alzados brazos una custodia de sol, una imagen que permanece en el recuerdo de varias generaciones de pontanenses.

La celebración del Corpus en Puente-Genil presenta una característica excepcional: la existencia histórica de dos celebraciones diferenciadas, consecuencia de la antigua separación entre Puente de Don Gonzalo y Miragenil. Tradicionalmente, ambos núcleos celebraban el Corpus de manera independiente. Incluso tras la unificación administrativa de 1834, la costumbre se mantuvo y ha llegado hasta la actualidad. Una de las procesiones —que este año tendrá lugar durante la tarde noche del próximo domingo 7 de junio— se desarrolla por las calles del casco antiguo de Puente Don Gonzalo tras la celebración previa de un triduo y una solemne función en honor del Santísimo Sacramento concelebrada por los sacerdotes de la ciudad, llevando por Hermana Mayor a Dª María Jesús Chacón Chacón y siendo portado el paso con la custodia procesional conocida popularmente por «el castillito», por la cuadrilla de costaleros de la Archicofradía, mientras que la otra tiene lugar en el barrio de Santiago de Miragenil el domingo posterior, conocido como «Domingo Santísimo» durante la octava del Corpus, organizado por la Hermandad sacramental de la parroquia de Santiago el Mayor que procesiona dos ángeles genuflexos y encarados sosteniendo una custodia de sol en sus manos. En ambas procesiones veremos el acompañamiento de autoridades, representantes de hermandades y cofradías órdenes religiosas, niños vestidos con sus trajes de primera comunión y formaciones musicales, que suelen interpretar, principalmente, un repertorio de marchas de procesión eucarísticas. Las calles se adornan con altares, mantones, banderitas y flores, manteniendo viva una tradición heredada de la religiosidad barroca andaluza. Asimismo, participan numerosos vecinos, conformando un destacado ejemplo de patrimonio cultural inmaterial. La continuidad de esta tradición demuestra el valor etnográfico y la capacidad de las festividades religiosas para conservar la memoria histórica de una ciudad como Puente-Genil.

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