JOSÉ ANTONIO RUIZ REY, UN PINTOR DEL MAR ENTRE LA DEVOCIÓN Y LA PASIÓN NAVAL POR EL MEDITERRÁNEO
Francisco Javier Reina Jiménez
Cronista Oficial de la Villa de Puente-Genil

La idea —vana ensoñación— de pasar el caluroso verano en latitudes más frescas, quizá en la costa disfrutando de la brisa del mar, me ha empujado a poner los ojos sobre las últimas marinas salidas a subasta de nuestro paisano José Antonio Ruiz Rey, el mayor artista que dio la Puente de Don Gonzalo en el siglo XVIII.

En un tiempo en que no estaba bien visto que la gente se desnudara para tomar el sol en la playa y en que buena parte de la población del interior moría sin haber contemplado nunca el mar, a pesar de que España había sido una potencia marítima de dimensión oceánica, la pintura constituía una privilegiada ventana abierta a la contemplación de las costas y, cómo no, de los barcos que rompían el horizonte de la inmensidad marina. Aquellas aguas estaban pobladas por una extraordinaria variedad de embarcaciones que definían el poder naval de las monarquías europeas, desde las tradicionales galeras, impulsadas por remos y todavía protagonistas en el Mediterráneo, hasta los grandes navíos de línea, auténticas fortalezas flotantes destinadas a dominar los océanos. Junto a ellos navegaban los galeones, símbolos de la expansión atlántica española; los jabeques, ligeros y maniobrables, empleados con frecuencia en el Mediterráneo contra el corso berberisco; los bergantines, utilizados para enlace y misiones rápidas; las fragatas, veloces y versátiles; además de galeotas, saetías, urcas y tartanas, embarcaciones que formaban parte de un complejo universo marítimo que los pintores de marinas del Setecientos llevaron a sus lienzos como testimonio de un mundo donde el mar era sinónimo de comercio, poder y aventura.
Las obras que han despertado ahora nuestro interés —Un par de escenas de batallas navales de las galeras del Rey, unidas a las conocidas Capricho de la costa mediterránea y Puerto de Nápoles con el monte Vesubio— permiten recuperar una faceta prácticamente desconocida de José Antonio Ruiz Rey: la de pintor de marinas y paisajes. Frente a la imagen tradicional del artista ligado casi exclusivamente a la escultura religiosa, estos lienzos revelan a un creador capaz de desenvolverse en un género de dimensión internacional, vinculado a las grandes escuelas europeas del paisaje marítimo. No estamos ante simples vistas decorativas del litoral, sino ante escenas de carácter narrativo donde las galeras de la Monarquía Hispánica aparecen como protagonistas de una memoria naval que hunde sus raíces en siglos de tradición mediterránea. El mar no es aquí únicamente un escenario; es un espacio de poder, de conflicto y de evocación histórica.
Nuestro protagonista, que alcanzó el grado de maestro de pintura y escultura, cultivó con notable talento distintos géneros dentro de la primera de estas disciplinas, entre ellos la pintura religiosa, el paisaje y las marinas. Algunos autores han planteado la posibilidad de que ampliara su formación durante una estancia en Italia, hipótesis que no ha podido ser documentada de manera definitiva, aunque resulta verosímil si se considera la holgada posición económica de su familia y la importancia que tenía para los artistas de la época conocer los grandes centros italianos que constituían entonces una referencia artística de primer orden. Hasta la adolescencia de Ruiz Rey, la Monarquía Hispánica había conservado importantes dominios en la península italiana: el ducado de Milán hasta 1706, el reino de Nápoles hasta 1707, el de Sicilia hasta 1713 y el de Cerdeña hasta 1714. La Guerra de Sucesión Española puso fin a aquella prolongada presencia, pasando dichos territorios a manos austríacas, mientras la Corona española recaía finalmente en Felipe V, primer monarca de la dinastía borbónica, nieto del rey Luis XIV de Francia y de la infanta española María Teresa de Austria.
Pero reducir el amplio espectro creativo de José Antonio Ruiz Rey a la pintura de marinas sería hacerle escasa justicia a este artista que nació el 24 de septiembre de 1695 en la entonces villa de Puente Don Gonzalo, actual Puente-Genil. Fue, sin duda, la personalidad artística más sobresaliente que dio la localidad durante el siglo XVIII. Pintor, escultor y policromador, desarrolló su actividad en un momento de transición entre el Barroco andaluz y las nuevas formas de sensibilidad que introdujo el rococó. Las noticias conservadas sobre su formación revelan una personalidad inquieta y una sólida preparación intelectual. Tras estudiar Filosofía en Córdoba, se trasladó a Granada para perfeccionar sus conocimientos de dibujo y pintura, incorporándose a uno de los focos artísticos más activos de Andalucía. Aquella etapa le permitió intervenir en trabajos decorativos de la Cartuja de Jerez y colaborar posteriormente con el prestigioso escultor Pedro Duque Cornejo en la elaboración de dibujos para la sillería del coro de la Catedral de Córdoba.

El contacto con Duque Cornejo debió de ser decisivo en su evolución artística. A través de aquel maestro pudo profundizar en los secretos de la escultura y ampliar una actividad que terminaría convirtiéndolo en uno de los artistas más completos del ámbito cordobés del Setecientos. La relación entre ambos trascendió, además, el ámbito estrictamente profesional. La tradición biográfica de Ruiz Rey recoge que actuó como padrino de bautismo de una de las hijas de Pedro Duque Cornejo, circunstancia que los convirtió en compadres y que revela la confianza y cercanía existente entre ambos. Este vínculo de compadrazgo, tan significativo dentro de la sociedad del Antiguo Régimen, no debe entenderse como un simple acto protocolario. El padrinazgo bautismal implicaba la creación de un lazo espiritual y social de gran importancia, reservado habitualmente a personas con una relación estrecha de confianza, por eso, el dato aporta una nueva dimensión a la relación entre ambos artistas y sitúa a Ruiz Rey dentro del círculo humano y artístico más próximo al gran maestro sevillano. Más allá de la colaboración en proyectos como los dibujos para la sillería del coro de la Catedral de Córdoba, este vínculo revela que la relación entre ambos no fue únicamente la de maestro y colaborador, sino la de dos artistas unidos por una cercanía personal dentro de un ambiente donde la escultura, la pintura, el dibujo y la policromía convivían estrechamente.
En los periodos que lo vemos instalado en su villa natal desarrolló una intensa producción al servicio de parroquias, conventos y cofradías. Su lenguaje artístico combina la expresividad heredada del Barroco con una creciente búsqueda de elegancia y delicadeza, rasgos propios del gusto rococó, haciendo de la policromía uno de los elementos esenciales de su personalidad creadora. Fruto de su relación artística con Pedro Duque Cornejo son dos obras conservadas en Puente-Genil y pertenecientes a la Cofradía de la Purísima Concepción. Una de ellas es una peana decorada con ángeles; la otra, la imagen de la Inmaculada Concepción advocada como Nuestra Señora de la O, realizada por Duque Cornejo en 1751 y policromada por Ruiz Rey en 1753. En esta última puede apreciarse la extraordinaria calidad de su trabajo cromático, con una policromía rica y minuciosa que demuestra su dominio de una técnica fundamental dentro de la escultura barroca, donde el color no era un mero complemento, sino un recurso expresivo capaz de dotar a las imágenes de mayor naturalismo y espiritualidad. La Virgen de la O representa el último gran legado de Duque Cornejo en Puente Genil, pues fallece en 1757, mientras que la Soledad de Ruiz Rey, realizada en 1760, puede entenderse como la primera gran afirmación artística del discípulo tras la desaparición del maestro.

Una calidad semejante presenta la imagen de Santa Ana enseñando a leer a la Virgen (1723), obra temprana perfectamente documentada de Ruiz Rey, conservada en la parroquia de Nuestra Señora de la Purificación y propiedad de la Archicofradía del Santísimo Sacramento, que la restauró en 2020, recuperando unos valores artísticos que permiten apreciar mejor la delicadeza de su ejecución y la importancia de una obra que permanecía condicionada por el deterioro acumulado durante el paso del tiempo.
La obra escultórica más conocida y celebrada de nuestro artista es, sin embargo, Nuestra Señora de la Soledad, realizada en 1760 para esta Hermandad con sede en la ermita del Dulce Nombre de Jesús. Aunque se trata de una imagen de candelero, su extraordinaria expresividad, la elegancia del rostro, la serenidad de su mirada y la calidad de su policromía la convierten en una de las grandes creaciones de la imaginería pontanesa del siglo XVIII y en una de las obras que mejor sintetizan la sensibilidad artística de Ruiz Rey. A este conjunto deben añadirse otras obras conservadas en la localidad, como una imagen de la Virgen para oratorio privado perteneciente a la colección Aguilar Cejas, firmada en uno de los travesaños del candelero, y dos pinturas de pequeño formato conservadas en las colecciones Illanes y Reina, piezas que, aunque de menor dimensión, contribuyen igualmente a completar el perfil de un artista mucho más versátil de lo que tradicionalmente se había considerado.

Si la escultura religiosa ha sido tradicionalmente la faceta más reconocida de Ruiz Rey, su pintura merece una revisión profunda y desvelar un paisaje oculto. La imagen que durante décadas se ha transmitido de él como escultor e imaginero debe ampliarse para incorporar a un pintor capaz de abordar diferentes géneros y de participar de los gustos visuales de su tiempo. Entre sus obras pictóricas destacan las decoraciones de la cúpula del camarín de Jesús Nazareno, poblada de ángeles portadores de los instrumentos de la Pasión, y el retablo familiar conservado en el antiguo convento de la Victoria, conocido popularmente como «los Frailes». Las pinturas al fresco que conforman este retablo representa el Martirio de San Judas Tadeo, mostrando al santo en actitud de rechazo ante la imposición de ofrecer incienso a un ídolo pagano y sus sacerdotes. La composición, además de su contenido religioso, posee otro interés extraordinario pues en ella aparecen algunos de los escasos paisajes conocidos de la mano de Ruiz Rey.

Este detalle resulta especialmente importante porque conecta directamente con las marinas ahora recuperadas. Hasta la aparición de estas obras podía considerarse el paisaje como una faceta secundaria o circunstancial dentro de su producción; sin embargo, el conocimiento de sus escenas marítimas obliga a reconsiderar esa valoración. Todo parece indicar que el paisaje no fue un género accidental en su trayectoria, sino una disciplina cultivada con interés, posiblemente desarrollada a partir de su conocimiento de modelos italianos y europeos. La escasez de obras conservadas no permite todavía reconstruir con precisión esta faceta, pero sí invita a pensar que el catálogo de Ruiz Rey podría ampliarse en el futuro con nuevos descubrimientos. Precisamente por ello, sería deseable una intervención de restauración sobre las pinturas del antiguo convento de la Victoria, que permitiera recuperar plenamente unos valores artísticos hoy parcialmente ocultos y facilitara una mejor comprensión del Ruiz Rey pintor.

Las cuatro marinas conocidas actualmente permiten contemplar una imagen nueva del artista. Las Escenas de batallas navales de las galeras del Rey, junto a Capricho de la costa mediterránea y Puerto de Nápoles con el monte Vesubio, configuran un pequeño conjunto que transforma la visión tradicional que teníamos del pintor pontanés. Las primeras muestran el aspecto más narrativo y heroico del género marinista. En ellas, Ruiz Rey construye composiciones dominadas por el mar, las velas desplegadas y las densas nubes de humo producidas por la artillería. La primera escena presenta grandes navíos de vela —embarcaciones de guerra de gran porte— envueltos en una atmósfera dramática, con las baterías artilleras vomitando humo tras las descargas. Frente a ellos, las embarcaciones menores aportan dinamismo a la composición, estableciendo un diálogo entre dos formas de entender la guerra naval, de un lado, la antigua tradición mediterránea de las galeras, cuya fuerza residía en el remo y la maniobrabilidad, y de otro, la nueva supremacía oceánica de los grandes navíos de línea, concebidos como plataformas artilleras capaces de decidir los combates a distancia. La segunda composición concentra la atención en las galeras, fácilmente reconocibles por su estilizada silueta y las largas filas de remos. Estas embarcaciones habían sido durante siglos el instrumento fundamental de la guerra naval mediterránea. Desde Lepanto hasta los enfrentamientos contra el corso norteafricano, la galera permanecía asociada a la defensa de los intereses de las potencias cristianas en el Mediterráneo, aunque en el siglo XVIII comenzaba ya a perder protagonismo frente a los grandes buques de vela.

Junto a estas escenas bélicas, Capricho de la costa mediterránea ofrece una visión diferente, reproduciendo el mar contemplado como paisaje. El propio término «capricho», habitual en la pintura del siglo XVIII, resulta significativo. No se trata necesariamente de la representación fiel de un lugar concreto, sino de una composición donde el artista combina elementos reales e imaginados para construir una escena idealizada. Costas, arquitecturas, vegetación y embarcaciones se integran en una visión armónica del Mediterráneo, convertido en un espacio de belleza y contemplación.

Más revelador resulta todavía Puerto de Nápoles con el monte Vesubio. La bahía napolitana, con la presencia majestuosa del volcán al fondo, fue uno de los paisajes más representados por los artistas europeos del Setecientos. La combinación de naturaleza, actividad portuaria, ruinas clásicas y memoria histórica convirtió Nápoles en uno de los grandes escenarios del paisaje europeo. La presencia de esta obra en el catálogo de Ruiz Rey vuelve a plantear la posibilidad de una relación con la cultura artística italiana, ya fuera mediante un viaje formativo, mediante el conocimiento de colecciones privadas o a través de estampas y modelos difundidos por Europa. No puede afirmarse con seguridad cuál fue el camino seguido, pero sí resulta evidente que el artista participó de una sensibilidad visual que superaba ampliamente el ámbito local. Estas marinas muestran, en definitiva, que Ruiz Rey no fue únicamente un maestro de la escultura religiosa. Su mirada se abrió hacia un género asociado a las grandes tradiciones pictóricas europeas, un género donde el mar podía ser al mismo tiempo historia, paisaje y símbolo.
José Antonio Ruiz Rey falleció en Puente-Genil el 25 de octubre de 1767. Durante mucho tiempo su memoria quedó ligada principalmente a sus esculturas religiosas, pero la aparición y estudio de estas marinas obliga a ampliar esa visión y a situarlo en un contexto artístico mucho más amplio. Ante nosotros aparece ahora un artista complejo y poliédrico: imaginero, escultor, policromador, pintor religioso, paisajista y marinista. Un creador capaz de pasar de la intimidad devocional de una Virgen de la Soledad al estruendo de una batalla naval; de la espiritualidad de un retablo al horizonte abierto del Mediterráneo. Las cuatro marinas conocidas no solo incorporan nuevos títulos al catálogo de Ruiz Rey, sino que modifican la percepción de su trayectoria. Revelan a un artista atento a los grandes temas de la cultura visual del siglo XVIII y conectado con una tradición europea en la que el mar representaba poder, descubrimiento y belleza. Quizá esa sea la verdadera importancia de estas obras ya que no son únicamente pinturas recuperadas para el conocimiento del patrimonio, sino una invitación a mirar de nuevo a un artista que todavía guarda capítulos por descubrir.
José Antonio Ruiz Rey, el gran maestro que dio la Puente Don Gonzalo en el siglo XVIII, aparece así ante nosotros con una dimensión renovada; la de un creador que supo unir la devoción religiosa con la fascinación por el mar, la memoria naval del Mediterráneo y la belleza cambiante del paisaje. A veces una obra aparecida inesperadamente en una sala de subastas no es únicamente una pieza que vuelve a la luz; es también una oportunidad para recuperar la historia de un artista y comprender que nuestro patrimonio todavía conserva relatos esperando ser contados.
Os deseo a todos disfrutéis de un feliz verano y el que pueda, a la orilla de ese mar que tanto pintó nuestro gran artista.


















































