JUAN ENRIQUE REINA TORAL:
LA MEMORIA A TRAVÉS DE LA LUZ Y LA PALABRA
Francisco Javier Reina Jiménez
Cronista Oficial de la Villa de Puente-Genil
Hay vidas que no transcurren por un único camino, sino que se despliegan en múltiples senderos que terminan encontrándose. La suya ha estado marcada por tres vocaciones que, lejos de ser independientes, se han alimentado mutuamente a lo largo de los años: la enseñanza, la fotografía y la literatura.
Maestro por convicción, aprendió pronto que educar es también una forma de mirar el mundo y de ayudar a otros a descubrirlo. Esa misma mirada inquieta y atenta encontró en la fotografía un lenguaje capaz de detener el tiempo, de rescatar instantes fugaces y convertirlos en memoria. Desde que se inició en ella en 1971, la cámara ha sido compañera inseparable de un recorrido vital guiado por la curiosidad y la sensibilidad.
La literatura llegó como una prolongación natural de esa forma de observar. Allí donde la fotografía captura la imagen, la palabra explora sus significados; donde una congela el instante, la otra le devuelve movimiento y profundidad. Entre aulas, libros y fotografías, ha construido una trayectoria en la que el conocimiento, la creación y el compromiso con la cultura forman parte de una misma historia. Su obra y su vida reflejan la perseverancia de quien nunca ha dejado de aprender, de enseñar y de contar, ya sea a través de la luz, de las palabras o de la experiencia compartida.
Hoy quiero detener la mirada en un pontanés cuya trayectoria vital ha discurrido lejos de su pueblo natal y que, quizá por ello, resulta menos conocido entre sus propios paisanos de lo que merece. Sin embargo, las raíces nunca desaparecen; permanecen silenciosas, sosteniendo la memoria y el carácter de quienes un día partieron para construir su vida en otros lugares.
Juan Enrique Reina Toral nació en Puente Genil el 7 de junio de 1950, cuando el reloj acababa de señalar la medianoche. Vino al mundo en el número 8 de la calle Aguilar, en el seno de una familia formada por el pontanés Enrique Reina Almeda y la alicantina María Luisa Toral Antonaya. Pocas semanas después, el 25 de junio, recibió las aguas bautismales en la parroquia de Nuestra Señora de la Purificación, de manos del reverendo Arturo Puentes Peña, entonces cura ecónomo de la parroquia.
Aunque Sevilla ha sido el escenario principal de su existencia y el lugar donde ha desarrollado buena parte de su actividad profesional y cultural, Puente-Genil sigue formando parte de su geografía sentimental. En esa doble pertenencia —la del lugar donde se nace y la del lugar donde se vive— se ha ido forjando una personalidad marcada por la curiosidad intelectual, la sensibilidad artística y el gusto por las historias humanas.
Casado con María de los Ángeles Burgos, ha construido junto a ella una familia de la que se siente profundamente orgulloso. Padre de dos hijos y abuelo de cinco nietos, encuentra hoy uno de sus mayores placeres en compartir con ellos relatos, recuerdos y anécdotas, ejerciendo de narrador familiar con la misma pasión con la que durante toda su vida ha enseñado, fotografiado y escrito, porque hay personas y, este es el caso de Juan Enrique, que no dejan de contar historias, conservando intacta la necesidad de transmitir cuanto han aprendido y vivido.
Las circunstancias laborales de su padre hicieron que, siendo todavía muy joven, Juan Enrique trasladara su residencia a Sevilla, ciudad que acabaría convirtiéndose en el escenario principal de su formación y de buena parte de su trayectoria vital. Allí cursó estudios de Ingeniería Técnica y posteriormente la Licenciatura, ambas en la especialidad de Química, una disciplina en la que encontró el rigor intelectual que siempre ha acompañado a su carácter. Su vocación docente encontró también en Sevilla el espacio donde desarrollarse plenamente. Durante décadas ejerció como profesor de instituto, dedicando su esfuerzo a la enseñanza de las ciencias y participando activamente en proyectos de investigación pedagógica orientados a mejorar su aprendizaje. Fruto de ese compromiso con la educación fueron diversos libros de texto y guías didácticas publicados por la editorial McGraw-Hill, obras concebidas con la intención de acercar el conocimiento científico a generaciones de estudiantes.
Pero la docencia nunca ocupó por completo su horizonte creativo. Paralelamente, como queda dicho, cultivó dos pasiones que le han acompañado durante toda su vida: la fotografía y la escritura. La primera le permitió atrapar instantes y convertirlos en memoria visual, llevando su obra a exposiciones celebradas en distintas ciudades españolas: Sevilla, Ronda, Málaga, Mérida… La segunda le brindó la posibilidad de explorar los territorios de la imaginación, del recuerdo y de la reflexión, a través de una escritura breve, precisa y profundamente evocadora.
Ya jubilado, en 2017 reunió buena parte de esa labor literaria en su primer libro, «Entre lo real y lo imaginado». El propio título resume una constante en su forma de narrar: la dificultad de establecer una frontera nítida entre los hechos vividos y aquellos que la imaginación transforma o completa. En sus páginas, donde no faltan guiños a Puente Genil y a la memoria de sus orígenes, el lector encuentra 129 textos de extensión diversa que transitan entre el relato, la reflexión y la crónica. Un mosaico de voces y experiencias en el que el autor, unas veces en primera persona y otras a través de personajes prestados, reflexiona sobre el paso del tiempo, la fragilidad de la memoria, la erosión de los días y la persistente lucha contra el olvido; después vería la luz «Óyeme con tus ojos», una obra de naturaleza más íntima y testimonial. En ella recupera un episodio real de su pasado reciente para construir un relato que se mueve entre la crónica y la reflexión personal. Sin limitarse a la mera reconstrucción de los hechos, el libro se adentra en cuestiones universales como la dignidad frente a la injusticia, la fuerza de los actos frente a las palabras y el valor de la escritura como herramienta para preservar la memoria y como terapia y remedio contra el olvido. Sus páginas son también una meditación sobre la incertidumbre que acompaña al devenir humano y sobre las huellas, visibles e invisibles, que deja toda pérdida en quienes la experimentan. En ambas obras late una misma mirada, la de alguien acostumbrado a observar con atención el mundo que le rodea, ya sea a través del objetivo de una cámara, desde la experiencia de la enseñanza o mediante el poder evocador de las palabras. Una mirada que busca comprender, conservar y compartir aquello que el tiempo amenaza constantemente con borrar.
La fotografía, sin embargo, nunca fue para Juan Enrique una simple afición. Con el paso de los años se convirtió en una forma de conocimiento, en una manera de acercarse a las personas y a las huellas que el tiempo deja sobre las cosas. Su cámara no buscó lo espectacular ni lo extraordinario; prefirió detenerse en aquellos detalles que, por cotidianos, suelen pasar inadvertidos a la mirada apresurada. Esa forma de entender la fotografía quedó reflejada en varias exposiciones que recorrieron distintos espacios culturales. En «Formas de llamar y abrir de nuestros pueblos» reunió cerca de un centenar de imágenes de aldabas, cerraduras y antiguas puertas encontradas en los lugares que visitó a lo largo de los años. Más allá de su valor estético, aquellas fotografías constituían un homenaje a la arquitectura popular y a los pequeños elementos que guardan la memoria silenciosa de las viviendas y de quienes las habitaron. Su interés por las personas se hizo aún más evidente en «Gente corriente», una exposición compuesta por medio centenar de retratos en blanco y negro realizados en formato medio. En ellos aparecen hombres y mujeres anónimos que, unas veces posando ante el objetivo y otras sorprendidos en el transcurso de sus ocupaciones diarias, compartieron con el fotógrafo un instante irrepetible de sus vidas. Son imágenes que hablan de la dignidad de lo cotidiano y de la extraordinaria riqueza que encierra la existencia de quienes raramente ocupan los titulares de la historia. Otra de sus muestras más significativas fue «La estética del deterioro». En ella dirigió su mirada hacia las marcas que el paso del tiempo imprime tanto en las personas como en los objetos y paisajes que las rodean. Lejos de contemplar el desgaste como una pérdida, buscó revelar la belleza que puede habitar en la transformación, en la erosión y en las cicatrices que deja el vivir. Porque para Juan Enrique el deterioro no es únicamente una señal de decadencia, sino también el testimonio visible de una historia.

En todas estas iniciativas estuvo presente una misma filosofía: la fotografía entendida como expresión artística y como medio de comunicación, nunca como actividad mercantil. Su propósito fue siempre compartir una forma de mirar el mundo y ofrecer al espectador la posibilidad de descubrir nuevos significados en aquello que le resulta familiar. Consciente de la naturaleza efímera de las exposiciones, decidió dar un paso más en 2021 y buscar un formato que permitiera preservar su trabajo de manera permanente. Así nació «Aún sin color», una cuidada edición que reúne 187 fotografías en blanco y negro representativas de toda una trayectoria creativa. Sus páginas recogen algunos de los temas más recurrentes de su universo visual: artistas callejeros, retratos, paisajes urbanos y rurales, formas geométricas, rincones de la naturaleza, la huella del tiempo y, de manera muy especial, la ciudad de Sevilla, cuya presencia atraviesa gran parte de su obra.
Su compromiso con la fotografía y la memoria colectiva encontró una nueva expresión en 2022 con la publicación de «Un lugar y una mirada. Alange en la fotografía de Germán Burgos Rodríguez». Como depositario del legado fotográfico de su suegro, Germán Burgos Rodríguez, Juan Enrique emprendió la tarea de rescatar, ordenar y contextualizar un valioso conjunto de imágenes tomadas en la década de los sesenta del siglo pasado. El resultado fue mucho más que un libro de fotografías ya que constituye un auténtico documento antropológico sobre la España rural de aquella época, reflejando con honestidad la dureza de la vida cotidiana, las condiciones materiales de la población y la fortaleza humana de quienes habitaban aquel entorno. La relevancia de este trabajo de recuperación patrimonial trascendió el ámbito editorial. El 20 de febrero de 2026, el programa «El lince con botas» de Canal Extremadura Televisión dedicó un documental a la obra y a la figura de Juan Enrique, poniendo de relieve su labor como fotógrafo, investigador y custodio de una memoria visual que, gracias a su esfuerzo, ha logrado sobrevivir al paso del tiempo.
Existe un hilo conductor que une toda su trayectoria —la docencia, la literatura y la fotografía— y es precisamente ese empeño constante por preservar la memoria. Ya sea mediante una imagen, una página escrita o una lección impartida en el aula, Juan Enrique Reina Toral ha dedicado buena parte de su vida a rescatar del olvido aquello que considera valioso: las historias, los lugares, los rostros y los instantes que conforman la experiencia humana.


















































