LA COFRADÍA DE SAN PEDRO: UNA SINGULAR Y EXCLUSIVA INSTITUCIÓN FUNDADA POR SACERDOTES
Francisco Javier Reina Jiménez
Cronista Oficial de Puente-Genil
Cada 29 de junio la Iglesia celebra la solemnidad de San Pedro y San Pablo, una fecha que invita a volver la mirada hacia la figura del apóstol considerado primer Papa de la Iglesia. Esta celebración ofrece una magnífica oportunidad para rescatar un episodio poco conocido de nuestra historia local como es la existencia en la antigua Puente Don Gonzalo de una cofradía integrada exclusivamente por sacerdotes. Fundada en el año 1656, la cofradía de San Pedro fue una institución singular que desarrolló su actividad durante dos siglos y medio, hasta principios del siglo XX. Su historia nos permite acercarnos a la profunda religiosidad de la sociedad barroca, al papel que desempeñaban las cofradías en la vida cotidiana y a la importancia de conservar un patrimonio que no solo tiene valor artístico, sino también histórico y humano. Hoy, el principal testimonio de aquella cofradía es una magnífica imagen barroca de San Pedro que continúa presidiendo su retablo en la parroquia de Nuestra Señora de la Purificación, pero detrás de esa escultura se esconde una historia mucho más compleja, la de una hermandad de sacerdotes convertida en verdadera institución de ayuda mutua y una sociedad que durante generaciones encontró en la fe un espacio de unión y apoyo.

Cuando nace la cofradía de San Pedro todavía faltaban casi dos siglos para la unión de la Puente Don Gonzalo y Miragenil que daría origen al actual Puente-Genil. A mediados del siglo XVII la villa era ya un núcleo de población consolidado. Su crecimiento durante el siglo anterior había sido notable, llegando a contar con alrededor de mil vecinos —unos cuatro mil habitantes— y aunque esta cifra pueda parecer pequeña desde la perspectiva actual, en el contexto de la época representaba una población de considerable importancia dentro de la campiña cordobesa. Aquel desarrollo demográfico tuvo también una consecuencia directa en la vida religiosa puesto que durante la Edad Moderna las cofradías no eran únicamente asociaciones dedicadas al culto; eran instituciones fundamentales dentro de la sociedad que organizaban celebraciones religiosas, asistían a los necesitados, acompañaban a los enfermos y garantizaban los sufragios por los difuntos.
El impulso dado por el Concilio de Trento favoreció la creación de numerosas hermandades y cofradías como expresión de la renovación espiritual de la Iglesia católica frente a la Reforma protestante. Puente Don Gonzalo participó plenamente de ese movimiento, por lo que antes de finalizar el siglo XVI ya existían en la villa cofradías dedicadas al Santísimo Sacramento, Santa Caridad, Ánimas del Purgatorio, Dulce Nombre de Jesús, Vera Cruz, Nuestra Señora del Rosario, Santa Catalina, San Sebastián, Nuestra Señora de la Cabeza, Nuestra Señora de la Concepción y San Cristóbal, siendo esta última la que unos años después tomaría el nombre de Jesús Nazareno. La existencia de once cofradías para una población de unos cuatro mil habitantes muestra la enorme importancia que tenían estas instituciones dentro de la vida de los pontanos de entonces. Cada una respondía a una devoción concreta, pero todas compartían la misma finalidad de vivir la fe de forma comunitaria. En el siglo XVII continuó esta dinámica fundacional con nuevas cofradías y hermandades, entre ellas las del Calvario, Humildad y Paciencia, Nuestra Señora de la Piedad y Santa Cruz, aunque ninguna tendría una naturaleza tan singular como la cofradía de San Pedro.

Nótese que la fundación de esta hermandad tuvo lugar en 1656, pocos años después de la epidemia de peste bubónica que había golpeado duramente a la población. Su impulsor fue el doctor Antonio de Gálvez y Alcaraz, una de las figuras más destacadas de la historia religiosa de la antigua Puente Don Gonzalo. Natural de la villa, Antonio de Gálvez desarrolló una brillante trayectoria eclesiástica que le llevó a ocupar el rectorado de la Universidad de Granada. Posteriormente regresó a su localidad natal a hacerse cargo de los intereses familiares, donde permaneció hasta el final de sus días y dejó una importante huella en la vida religiosa y patrimonial. A él se debe también la construcción de una capilla en la parroquia mayor destinada inicialmente a enterramiento propio, de sus familiares y de los sacerdotes de la población. Con el paso del tiempo aquel espacio transformaría la función para la que fue concebido hasta convertirse en la actual capilla sacramental de la parroquia de Nuestra Señora de la Purificación.
La cofradía de San Pedro nació como una respuesta a una necesidad concreta del clero secular. Mientras los religiosos pertenecientes a órdenes conventuales contaban con la protección de sus propias comunidades, los sacerdotes que ejercían su ministerio en las parroquias se encontraban más aislados y sin una estructura común de apoyo. La nueva cofradía funcionaba como una asociación de ayuda mutua. Sus miembros tenían obligación de asistir a los hermanos enfermos y acompañarlos en las dificultades, pero sobre todo asumían el compromiso espiritual de ofrecer oraciones y celebrar misas por el eterno descanso de los sacerdotes fallecidos. La elección de San Pedro como titular no fue casual. Considerado el primer apóstol y primer Papa de la Iglesia, representaba el origen del ministerio sacerdotal y la continuidad de la autoridad eclesial, por ello fueron numerosas las congregaciones de sacerdotes que en España adoptaron su advocación, pues no fue un fenómeno exclusivo de nuestra villa. Durante su existencia la cofradía alcanzó prestigio dentro del ámbito eclesiástico local pero también del foráneo, llegando a formar parte de ella destacados miembros del clero que solicitaron su ingreso. Su historia constituye uno de los episodios más singulares de la religiosidad pontanense de la Edad Moderna.

Como ocurrió con muchas corporaciones religiosas de la época, los sacerdotes de la cofradía de San Pedro quisieron contar con una imagen propia que representara a su titular. En el año 1671, quince años después de la fundación, encargaron la escultura que hoy conocemos. La obra fue concebida para presidir los cultos de la cofradía y para acompañar las celebraciones litúrgicas del 29 de junio, festividad de San Pedro, exclusivamente dentro del templo, donde era procesionado. Nos encontramos ante una escultura barroca anónima del siglo XVII realizada en madera tallada, estofada y policromada, con una altura aproximada de 182 centímetros. Su hasta ahora desconocido autor consiguió crear una imagen de gran fuerza expresiva y enorme sentido simbólico. San Pedro aparece sentado sobre su cátedra pontificia, revestido como primer Papa de la Iglesia. En su mano derecha sostiene las llaves, símbolo del poder espiritual entregado por Cristo, mientras en la izquierda porta un báculo rematado por la cruz pontificia. Sobre su cabeza aparece la tiara papal y sus hombros quedan cubiertos por una capa pluvial. La representación responde plenamente al espíritu de la época barroca y de la Contrarreforma, es decir, no se muestra únicamente al apóstol humilde, sino al fundador de la sucesión apostólica y cabeza visible de la Iglesia.
La escultura transmite solemnidad y autoridad. Su rostro, de marcadas facciones, presenta una gran expresividad gracias a los ojos hundidos, el ceño fruncido y la boca ligeramente entreabierta. La cabellera y la barba, trabajadas mediante abundantes rizos, refuerzan el carácter del personaje. Especial interés tiene la cátedra sobre la que se sienta el santo, cuidadosamente decorada con elementos que imitan un rico tejido. En su respaldo se conserva una pequeña pintura que representa a Cristo entregando las llaves a San Pedro, probablemente obra del artista local Ruiz Rey. La imagen fue concebida para combinar la talla con elementos textiles, como era habitual en muchas esculturas barrocas. La capa pluvial y los detalles ornamentales completan una representación que busca transmitir la dignidad del pontífice.

A lo largo de su historia la escultura ha recibido varias intervenciones. La primera documentada tuvo lugar en 1731, cuando fue restaurada y repolicromada por el maestro de pintura y escultura José Antonio Ruiz Rey. Posteriormente, en 1859, consta otra restauración recogida en los libros de la propia cofradía. Con el paso del tiempo la cofradía de San Pedro terminó desapareciendo, como ocurrió con tantas instituciones religiosas nacidas durante el Antiguo Régimen, sin embargo, su imagen permaneció en la parroquia de Nuestra Señora de la Purificación como testimonio silencioso de aquella historia. El paso de los años había dejado sus huellas en la escultura, pero más allá del deterioro material, existía también el riesgo del olvido y que esta obra cargada de historia perdiera la memoria de quienes la hicieron posible. La recuperación llegó en 2022 gracias a la iniciativa de la Corporación Bíblica «Las Profecías de Jesús- Grupo Las Tres Negaciones de San Pedro», que con motivo de su cincuentenario fundacional decidieron acometer la restauración de la imagen como regalo a Puente-Genil.
Los trabajos fueron realizados entre junio y septiembre de 2022 por el licenciado en Bellas Artes y restaurador ecijano Sergio Martín Gutiérrez. La intervención permitió recuperar la estabilidad de la obra donde fueron repuestos elementos que se habían perdido y atajar el daño de insectos xilófagos, devolver luminosidad a sus policromías que acusaban una gran suciedad y poner nuevamente en valor una pieza fundamental del patrimonio artístico pontanés. El regreso de San Pedro al templo culminó el 15 de octubre de 2022, cuando la imagen volvió a ser bendecida durante la solemne función de acción de gracias con la que se iniciaron los actos conmemorativos de las Bodas de Oro de la corporación. La celebración estuvo presidida por el reverendo José Manuel Gordillo Márquez, párroco y consiliario de la Agrupación de Cofradías, Hermandades y Corporaciones Bíblicas, contando con la intervención musical del pianista Daniel Matas Pastor y el tenor Rafael Joaquín Ruiz Chía, que engrandecieron la ceremonia.
La historia de la cofradía de San Pedro demuestra que el patrimonio es mucho más que una obra de arte. Cada imagen conserva la memoria de quienes la encargaron, la de quienes la contemplaron durante siglos y la de quienes hoy trabajan para que continúe formando parte de nuestra identidad. La talla de San Pedro no es solo una magnífica escultura barroca del siglo XVII, sino también el último testimonio de una cofradía de sacerdotes, de una forma de entender la religiosidad y de una época en la que las hermandades eran auténticos pilares de la vida social. Gracias a iniciativas privadas como la restauración realizada en 2022 y que debería ser ejemplo de concienciación para futuras actuaciones sobre otras piezas de nuestro patrimonio, esta historia puede seguir contándose, porque conservar el patrimonio no significa únicamente proteger objetos antiguos de nuestra herencia artística, sino mantener viva la memoria de un pueblo, pues, mientras una imagen siga hablándonos del pasado y alguien se preocupe por escucharla, esa memoria continuará formando parte de nuestro presente.


En la actualidad, sin guardar relación con aquella antigua cofradía de sacerdotes que, siglos atrás, se unieron bajo la advocación del primer Pontífice de la Iglesia, la memoria de San Pedro Apóstol continúa viva en el barrio de las Cantarerías por medio de su anual verbena —si bien esta ha perdido componentes que antaño caracterizaron su celebración—, pero donde también perdura de manera muy especial es en la aldea de Sotogordo de nuestro término municipal a través de la Hermandad, hoy Asociación Cultural, que lleva su nombre. Heredera del fervor y la devoción de generaciones de vecinos, esta institución mantiene viva la tradición en torno al patrón de la aldea, convirtiéndose en el principal motor de unas fiestas que combinan religiosidad, cultura y convivencia y que forman parte de la identidad colectiva de Sotogordo, actos de entretenimiento, deportivos, musicales y noche flamenca que tienen su culmen en la procesión que con la popular imagen de San Pedro —llegada en 1955 procedente de talleres olotinos— se realiza por sus calles en torno al día 29 de junio y fin de semana siguiente. ¡Enhorabuena y muchas felicidades a todos los Pedros, Pericos, Petras, Pablos, Paulas y Paulinas que mañana celebran su santo!





















































