Opinión

De los enterramientos en las iglesias al cementerio de la Purificación. Historia y memoria de nuestros camposantos… por el Cronista Oficial de la Villa

Francisco Javier Reina Jiménez/  Cronista Oficial de Puente-Genil

Jesús Nazareno en nuestro actual cementerio

La visita al cementerio durante los días próximos a la festividad de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos constituye una de esas costumbres que, pese al paso del tiempo y a los cambios experimentados por nuestra sociedad, conservan buena parte de su significado. El 2 de noviembre, día dedicado a la conmemoración de los Fieles Difuntos, muchas personas acuden al camposanto para rezar por sus familiares y amigos fallecidos y depositar unas flores sobre sus tumbas, en recuerdo de quienes allí descansan mientras esperan, según la creencia cristiana, la resurrección de los muertos. Los días anteriores, el cementerio se convierte en escenario de una actividad familiar y colectiva que se repite cada año. Es casi una romería de vecinos que acuden provistos de cubos, bayetas, brochas, pintura y cuanto necesitan para limpiar, reparar y adecentar los nichos y panteones de sus seres queridos.

Aunque esta práctica pueda parecernos tan antigua como el propio culto a los difuntos, la existencia de cementerios públicos separados de las iglesias tiene poco más de dos siglos. Su implantación fue consecuencia de un cambio profundo en la manera de entender los enterramientos, impulsado por razones sanitarias y por las disposiciones de las autoridades civiles. Hasta entonces, lo habitual era sepultar a los muertos dentro de los templos o en terrenos situados junto a ellos. La proximidad al altar mayor, a las reliquias de los santos y a las imágenes veneradas se consideraba especialmente beneficiosa para el descanso del alma. Se pensaba que aquel espacio sagrado, donde se celebraban los oficios religiosos y se conservaban las reliquias, acercaba al difunto a la protección divina y a la salvación, de ahí que las iglesias acabaran acumulando enterramientos durante generaciones.

El problema era que aquella arraigada costumbre, además de provocar una progresiva saturación de los templos, suponía un peligro para la salud de los vivos. La acumulación de cadáveres y las emanaciones que desprendían llegaron a hacer insoportable la permanencia en algunos recintos religiosos. Uno de los episodios que más contribuyó a que las autoridades tomaran conciencia de esta situación ocurrió en 1781 en Pasajes de San Juan, localidad de Guipúzcoa. Allí se produjo una epidemia relacionada con la infección y el hedor que desprendían los numerosos cadáveres sepultados en la iglesia parroquial. El suceso llamó la atención del rey Carlos III, que encargó al Consejo estudiar las medidas necesarias para evitar que se repitieran episodios semejantes. Se abrió entonces un debate de varios años sobre la conveniencia de abandonar los enterramientos dentro de las iglesias. Fueron consultados prelados, corporaciones y personas instruidas, y la Real Academia de la Historia elaboró un informe sobre la tradición de las sepulturas cristianas y las disposiciones que habían regulado esta materia. Finalmente, el monarca promulgó la Real Cédula de 3 de abril de 1787, que ordenaba restablecer el uso de cementerios ventilados y disponer su construcción fuera de las poblaciones, siempre que no existieran dificultades insuperables para ello. La norma establecía que debían situarse en lugares ventilados, próximos a las parroquias, pero alejados de las viviendas, y contemplaba que las ermitas existentes en las afueras pudieran aprovecharse como capillas de los nuevos recintos funerarios. La disposición mantenía, no obstante, las excepciones previstas por la legislación para determinados prelados, patronos y religiosos.


                                                                                             Real Cédula de Carlos III

La aplicación de la medida debía ser gradual. Se comenzaría por las localidades que hubieran padecido epidemias o estuvieran más expuestas a ellas, se continuaría por las poblaciones más numerosas y por las parroquias con mayor número de feligreses y enterramientos, y después se extendería a los demás lugares. No fue, por tanto, una transformación inmediata, pues la costumbre de sepultar a los difuntos en las iglesias estaba profundamente arraigada y su sustitución exigió tiempo, recursos y no pocas resistencias.

En Puente-Genil, como en tantos otros lugares, la práctica de enterrar a los muertos en los templos se remontaba a los primeros tiempos de la organización parroquial. Desde la fundación de la parroquia mayor de Nuestra Señora de la Purificación, hacia el año 1500, y posteriormente de la de Santiago el Mayor, en Miragenil, los enterramientos se realizaron dentro de las iglesias y en los espacios próximos a ellas. Los historiadores Agustín Pérez de Siles y Antonio Aguilar dejaron constancia de que quienes no disponían de sepultura propia en el interior de los templos podían ser enterrados en terrenos anexos destinados a este fin. De aquella antigua utilización funeraria quedan incluso huellas en el callejero. La actual calle Campanas y otra vía que desembocaba en la calle Don Gonzalo, hoy desaparecida, recibieron el nombre de calle del Cementerio por encontrarse junto a aquellos terrenoslindantes con la parroquia. Dentro de la iglesia matriz existieron capillas fundadas por particulares que habían dispuesto en sus testamentos ser enterrados delante de ellas o bajo su suelo, en criptas habilitadas para ese propósito., también algunas cofradías contaban con espacios propios de enterramiento, así sucedía con las de la Virgen del Rosario, San Pedro y las Ánimas del Purgatorio, cuyos hermanos podían recibir sepultura en las capillas correspondientes. La pertenencia a una hermandad, además de su dimensión religiosa y asistencial, proporcionaba de este modo un lugar de enterramiento en un espacio considerado sagrado.

 

La misma práctica se extendía a las ermitas. Tenemos constancia de que en la de San Sebastián, situada al final de la calle Ancha, se enterraba en el atrio de entrada, como también sucedía en las de la Vera Cruz, Santa Catalina, la Piedad y el Calvario. En un terreno cercado junto a la ermita rural de Santa Ana recibían sepultura quienes fallecían en aquellas riberas y en la aldea de El Palomar, por su parte, los religiosos de los conventos existentes en la villa eran inhumados en las criptas de las iglesias conventuales. Solo cuando se producía una mortandad extraordinaria era necesario recurrir a enterramientos colectivos. Así ocurrió durante la epidemia de peste de 1650, cuando los cadáveres fueron depositados en una gran zanja utilizada como fosa común, conocida con el nombre de «carnero». Uno de aquellos enterramientos se habilitó en el barrio de las Cantarerías y hubo de repetirse en otras ocasiones. La acumulación de cuerpos en espacios cerrados no solo favorecía la propagación de enfermedades, sino que generaba unos olores tan desagradables que, según se ha señalado en testimonios de la época, muchas personas llegaban a dejar de asistir a los oficios religiosos.

                                                                         Verja de entrada al antiguo cementerio de Jesús Nazareno

 

La separación entre los lugares de enterramiento y los templos dio lugar a una nueva etapa en la historia funeraria de la población. El primer camposanto que se habilitó en Puente Don Gonzalo, nombre que entonces tenía la localidad, fue el situado junto a la ermita de Jesús Nazareno, hoy santuario. Los terrenos pertenecían a la cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno y se encontraban por entonces fuera del núcleo urbano, circunstancia que favoreció su elección para establecer allí el nuevo recinto funerario y, aunque inicialmente se concibió como una solución provisional, acabó convirtiéndose en el cementerio de la población durante más de un siglo. La ermita comenzó a utilizarse en 1803 como capilla servidera del nuevo cementerio el cual fue conocido como «Cementerio de Jesús Nazareno». De su antigua configuración conservamos algunas fotografías en las que puede apreciarse la verja de entrada y las paredes laterales que delimitaban el recinto. Una de esas imágenes, tomada hacia 1920, permite reconocer la cancela que daba acceso al camposanto, en el lugar donde hoy se encuentra el parque de los pinos.

 

 

                                                                                Antiguo cementerio de Jesús Nazareno

Conviene recordar, sin embargo, que el cementerio de Jesús Nazareno no fue el más antiguo de nuestro término municipal. Antes de su establecimiento existía ya otro recinto funerario independiente de los enterramientos practicados en las iglesias, en el entonces sevillano lugar de Miragenil. Se trata del conocido como cementerio del «Cristo de los Olvidados», cuya existencia se remonta al siglo XVII. Su nombre está relacionado con un suceso trágico que, según la memoria local, enfrentó a dos primos hermanos en un duelo por una mujer. Uno de ellos murió como consecuencia del desafío y el lugar quedó asociado a aquel episodio. Una columna conmemorativa recordaba el homicidio y permaneció durante mucho tiempo en el solar donde posteriormente se levantó el grupo escolar Delgado Bruzón, que luego pasó a llamarse colegio Ramiro de Maeztu y que hoy conocemos como CEIP Miragenil.

El camposanto de Jesús Nazareno permaneció en servicio hasta que el crecimiento de la población y la falta de espacio hicieron necesario buscar un emplazamiento más amplio. En 1925, el Ayuntamiento adquirió una gran extensión de terreno en la finca denominada «El Garrotalillo» para construir allí el nuevo cementerio. Las obras concluyeron a finales de aquel año con la terminación del primer patio, dedicado a San José, tradicionalmente invocado en la Iglesia católica como abogado, protector y patrono de la buena muerte y el recinto comenzó a funcionar para los enterramientos el 1 de enero de 1926. Desde entonces nuestro actual cementerio recibe el nombre de «Nuestra Señora de la Purificación» o «Cementerio de la Purificación», denominación que conviene respetar frente a la frecuente confusión que erróneamente lo llama «de la Purísima». La información municipal confirma que, tras la ampliación realizada en 2003, alcanzó una superficie de 26.104,31 metros cuadrados, si bien, después de esa fecha, se han levantando nuevos panteones y calles de nichos. En la actualidad se organiza en tres patios principales, denominados La Purísima, San José y San Benito.

El traslado supuso la desaparición de algunos panteones de notable interés levantados en el de Jesús Nazareno, entre ellos el conocido como «de las bolas de oro», que tenía pequeñas cúpulas bulbosas, a modo de cebolla, evocadoras de la arquitectura de las iglesias ortodoxas. También fueron demolidos los panteones de las familias Velasco y Delgado así como el construido para dar sepultura a las víctimas de otro accidente ferroviario, el ocurrido el 12 de diciembre de 1903, cuyo recuerdo adquiere una dolorosa actualidad tras la reciente tragedia ferroviaria de Urda. Aquel siniestro se produjo por el descarrilamiento del tren correo que cubría el trayecto entre Málaga y Madrid, en la línea de Linares a Puente-Genil, cerca de la estación de Baena, provocando la catástrofe seis muertos y diecinueve heridos. Por la proximidad de la estación nodal de Puente-Genil y la organización del dispositivo de auxilio desde nuestra localidad, los fallecidos recibieron sepultura en el antiguo cementerio de Jesús Nazareno.


                                                       Antiguos panteones. Acuarela de Julián del Pozo, hacia1887.

Antes de que se llevara a cabo el traslado definitivo, se intentó conservar el panteón de los Delgado, dada su proximidad a la ermita de Jesús, mediante una conexión con el templo, pero el proyecto no pudo realizarse. Muchas familias trasladaron al nuevo cementerio los restos y las lápidas de sus antepasados, pero no todos los enterramientos fueron recuperados, así se explica que, con el paso de los años, hayan aparecido restos humanos durante las obras realizadas en distintos puntos de aquel antiguo recinto, entre ellos bajo los conocidos popularmente como pisos de los maestros, la Casa Ciudadana, la Biblioteca Municipal Ricardo Molina y el pinar de San Rafael. Cuando se localizaron, los restos fueron recogidos y trasladados al cementerio actual. Las fotografías antiguas permiten reconstruir la entrada del camposanto de Jesús Nazareno y una acuarela del pintor Julián del Pozo y la Orden, fechada entre 1887 y 1888, ofrece una imagen de dos de aquellos panteones desaparecidos.

No todo se perdió con el traslado. En el nuevo cementerio de la Purificación se conservan algunos panteones antiguos que fueron desmontados del de Jesús Nazareno y reconstruidos en su nuevo emplazamiento. Entre ellos destacan el de la familia Reina y, junto a él, el de los Ortega, dos de los conjuntos funerarios más curiosos del recinto. Merece también especial atención el panteón de Francisco Uclés Morales, esposo de Celia Parejo y Delgado, realizado en fino mármol y decorado con una urna y una esbelta alegoría. Uclés estuvo vinculado a la cofradía de Jesús Nazareno, de la que fue mayordomo y hermano mayor como así se puede leer en el lateral de la urna. Su esposa, Celia Parejo, tuvo asimismo un papel destacado en la historia devocional de Puente-Genil, pues en 1930 adquirió una imagen de Cristo Crucificado que dio origen a la devoción al Santísimo Cristo de la Misericordia. Destruida aquella talla durante los sucesos de 1936, adquirió otra imagen en 1940 y, posteriormente, otras figuras para completar el misterio procesional.

 


                                                                                      Panteón de Francisco Uclés Morales

El cementerio de la Purificación es también un lugar de memoria de la historia local. Entre las personalidades que reposan en él se encuentra Agustín Álvarez de Sotomayor Domínguez, segundo hijo del conde de Hust, casado con la pontanesa María del Carmen Torre-Velasco Cosano (de la que posteriormente enviudó, contrayendo segundas nupcias con Carolina de Medina y Haro). Militar, políticoy escritor, desarrolló una intensa carrera en la Administración del Estado durante el reinado de Isabel II y los primeros años del liberalismo español. Desempeñó responsabilidades de gobierno en distintas provincias y, según los estudios biográficos dedicados a su trayectoria, llegó a ejercer como jefe político o gobernador civil en al menos nueve de ellas. Lo vemos en Puente-Genil desde 1813, donde se dedicó a administrar su extenso patrimonio y realizar diversas actividades culturales, como la fundación de un liceo en el que impartió clases de Matemáticas, Francés, Geometría, Pintura y Dibujo, interesado por la instrucción pública y por el fomento de la educación, asuntos a los que dedicó parte de su actividad y de sus escritos. Su figura merece ser recordada no solo por su carrera política, sino también por su relación con Puente-Genil y por las iniciativas que promovió en favor de la enseñanza.

 

Allí se encuentra igualmente el panteón de Manuel Reina Montilla, abogado, político —fue diputado y senador— y poeta de gran renombre, considerado uno de los precursores del Modernismo y una figura destacada del Parnasianismo en España. Su obra poética comprende títulos como «Andantes y Allegros», «Cromos y Acuarelas», «La vida inquieta», «La canción de las estrellas» y «Poemas paganos», entre otros. Su prestigio literario y su trayectoria pública le granjearon el reconocimiento de destacadas personalidades de su tiempo. En 1905, Antonio Maura promovió su candidatura para ocupar un sillón de la Real Academia Española y fue designado para el Gobierno Civil de Cádiz, distincionesque no llegaron a materializarse debido a su prematura muerte, ocurrida el 11 de mayo de aquel año, cuando contaba tan solo cuarenta y ocho años.

 

También reposan en el camposanto los restos de José del Pino y Albelda, quien desempeñó importantes cargos en la Administración de Hacienda, entre ellos los de visitador general, intendente y contador general, además de ejercer como gobernador civil en varias provincias, siendoasimismo gentilhombre de cámara de la reina Isabel II. Junto a él merece recordarse a Hipólito Bernaldo de Quirós y Colón de Larreátegui, aristócrata madrileño que contrajo matrimonio en Puente-Genil el 15 de marzo de 1838 con María del Carmen Fernández de Padilla y Parejo, alcanzando el cargo palatino de gentilhombre de cámara, con ejercicio, del rey Alfonso XII.

 

En el nuevo cementerio reposan también los restos de los segundos condes de Casa Padilla, Francisco de Paula Fernández de Padilla y Parejo y su esposa, María del Carmen Fernández-Gallegos y Cejas. Ambos habían estado enterrados en el antiguo cementerio de Jesús Nazareno antes de ser trasladados al actual. Su presencia recuerda la importancia que tuvo esta familia en la vida social y económica de Puente-Genil durante el siglo XIX.Otro nombre muy querido por la memoria popular es el de Antonio Cardeñosa Calero, conocido como el Padre Cardeñosa. Quienes lo conocieron lo recordaban como un hombre bonachón, cariñoso, amable y caritativo, hasta el punto de considerarlo un santo. Fue capellán de la ermita de Jesús Nazareno y falleció en 1935. La cofradía costeó su sepultura y se ha ocupado de conservarla hasta nuestros días, estando previsto que sus restos reposen próximamente bajo los pies de Nuestro Padre Jesús Nazareno, el Terrible, como expresión del vínculo que mantuvo durante su vida con esta devoción y su cofradía.Entre las figuras relacionadas con la cultura y la prensa local destaca Baldomero Giménez Luque, impresor, editor, escritor y periodista, cuya actividad fue fundamental para la difusión de la vida cultural pontanesa. De sus talleres de la calle Don Gonzalo salieron numerosos periódicos y publicaciones, entre ellos La Bética y la revista El Aviso, además de obras literarias que hoy constituyen testimonios de su época. Una calle de Puente-Genil lleva su nombre en reconocimiento a su labor.

 

 Foto de Manuel Reina

                               

El poeta, Manuel Reina Montilla                                    El abogado, maestro y poeta, Agustín Rodríguez Jiménez                                                 

El cementerio guarda asimismo los restos de Agustín Rodríguez Jiménez, abogado, maestro y poeta, especialmente recordado por sus composiciones dedicadas a la Semana Santa. Su academia fue lugar de formación para numerosos jóvenes pontanenses que después destacaron en diferentes ámbitos profesionales y culturales. Junto con su esposa, María Salud González-Gallegos, dejó todos sus bienes a la fundación que lleva su nombre, institución que concede anualmente becas a estudiantes de Puente-Genil y mantiene vivo el propósito educativo al que ambos dedicaron buena parte de su vida.

Otra persona de especial relevancia es Dolores Gasset Chinchilla, madre del prestigioso pensador José Ortega y Gasset, cuya historia ya he abordado en otro artículo de este medio. Fue una gran hacendada que administraba personalmente sus dos extensos cortijos, Ramirillo y Don Sancho, y pasaba largas temporadas en Puente-Genil. Aquí la sorprendió la muerte, mientras sus hijos se encontraban en el exilio. Su presencia en nuestro cementerio constituye un recuerdo de los vínculos familiares y patrimoniales que unieron a esta mujer con nuestra ciudad. Para no hacerlo más extenso y concluir este recorrido, no puede faltar el nombre de Mariano Reina Montilla, hermano menor del poeta Manuel Reina, cuya trayectoria ha quedado en cierto modo eclipsada por la notoriedad literaria de aquel. Mariano tuvo una destacada actividad pública. Fue alcalde de Puente-Genil y gobernador civil de varias provincias, entre ellas Alicante y Ciudad Real, destino en el que dejó, según las referencias locales, un grato recuerdo. Tras abandonar la política se dedicó a impulsar diferentes iniciativas industriales, la más conocida fue la creación de la fábrica de dulce y jalea de membrillo «Santa Filomena», hoy desaparecida, cuya producción nos ha dejado algunos bellísimos ejemplares de cajas litografiadas, testimonios de la importancia que alcanzó esta industria en la historia económica y artesanal de Puente-Genil.

 

Latas de membrillo de la fábrica «Santa Filomena» de Mariano Reina

La historia de nuestros cementerios no se limita, por tanto, a la evolución de los lugares donde fueron sepultados los pontanenses. En sus calles, patios, lápidas y panteones se conserva una parte de nuestra historia colectiva. Allí descansan personas que participaron en la vida política, cultural, religiosa, económica e industrial de la localidad, pero también miles de vecinos anónimos cuyas vidas, trabajos y afectos contribuyeron a construir el Puente-Genil que hoy conocemos. Cada lápida, cada inscripción y cada sepultura familiar constituye un pequeño testimonio de ese pasado. Visitar el cementerio es, en cierto modo, recorrer una historia escrita en piedra.

Por fortuna, la costumbre de acudir al camposanto en torno al día de los Fieles Difuntos no se ha perdido en Puente-Genil. A pesar de los cambios en los hábitos sociales y en las formas de vivir el recuerdo de quienes nos dejaron, seguimos viendo cómo, durante las jornadas anteriores al 2 de noviembre, familias enteras se acercan a limpiar las sepulturas, renovar las flores y cuidar los lugares donde reposan sus mayores y acudir a las misas que este día se ofrecen por sus seres queridos tanto en la capilla del cementerio como en otros templos. Es una tarea que se transmite de padres a hijos y que, más allá de su dimensión religiosa, expresa una forma de afecto y de fidelidad a la memoria familiar. Quizá quienes acuden cada año con sus cubos, sus bayetas y sus ramos de flores no sean plenamente conscientes de que participan también en una tradición de varios siglos, adaptada a los tiempos, pero fiel a su sentido más profundo y es que, mientras sigamos visitando a nuestros difuntos, pronunciando sus nombres y cuidando los lugares donde descansan, una parte de nuestra memoria seguirá viva.

La historia de nuestros cementerios no se limita, por tanto, a la evolución de los lugares donde fueron sepultados los pontanenses. En sus calles, patios, lápidas y panteones se conserva una parte de nuestra historia colectiva. Allí descansan personas que participaron en la vida política, cultural, religiosa, económica e industrial de la localidad, pero también miles de vecinos anónimos cuyas vidas, trabajos y afectos contribuyeron a construir el Puente-Genil que hoy conocemos. Cada lápida, cada inscripción y cada sepultura familiar constituye un pequeño testimonio de ese pasado. Visitar el cementerio es, en cierto modo, recorrer una historia escrita en piedra.

Por fortuna, la costumbre de acudir al camposanto en torno al día de los Fieles Difuntos no se ha perdido en Puente-Genil. A pesar de los cambios en los hábitos sociales y en las formas de vivir el recuerdo de quienes nos dejaron, seguimos viendo cómo, durante las jornadas anteriores al 2 de noviembre, familias enteras se acercan a limpiar las sepulturas, renovar las flores y cuidar los lugares donde reposan sus mayores y acudir a las misas que este día se ofrecen por sus seres queridos tanto en la capilla del cementerio como en otros templos. Es una tarea que se transmite de padres a hijos y que, más allá de su dimensión religiosa, expresa una forma de afecto y de fidelidad a la memoria familiar. Quizá quienes acuden cada año con sus cubos, sus bayetas y sus ramos de flores no sean plenamente conscientes de que participan también en una tradición de varios siglos, adaptada a los tiempos, pero fiel a su sentido más profundo y es que, mientras sigamos visitando a nuestros difuntos, pronunciando sus nombres y cuidando los lugares donde descansan, una parte de nuestra memoria seguirá viva

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