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El dulce de membrillo y sus latas. De la literatura del alma de Puente Genil…por F. Javier Reina (Cronista de la Villa)

Francisco Javier Reina Jiménez- Cronista Oficial de Puente-Genil

Lata de  Justo Estrada Haro

La campaña del membrillo, tan importante para Puente-GenLata de  Justo Estrada Haroil, va llegando a su recta final. Es una buena ocasión para acercarnos a una historia que va mucho más allá de la elaboración de este dulce tan familiar y descubrir cómo ha dejado su huella en la literatura, en la industria y en la memoria de varias generaciones. El dulce de membrillo recorrió un largo camino desde las cocinas antiguas hasta las fábricas pontanesas, donde llegó a convertirse en una seña de identidad económica y cultural. Su historia se conserva en recetarios, anuncios, etiquetas y documentos industriales, pero también en las cajas de hojalata que durante décadas guardaron en los hogares fotografías, cartas, botones, medicinas, joyas y otros recuerdos familiares. Hay, por tanto, dos historias que se entrelazan, la del alimento, presente en la literatura y en la tradición gastronómica, y la de sus envases, cuyas ilustraciones adquirieron una personalidad propia hasta el punto de que muchas latas sobrevivieron durante décadas al dulce para el que habían sido fabricadas.

 


                                                                                     Libro de cozina de Ruperto de Nola

El membrillo aparece en la literatura española desde antiguo, aunque conviene distinguir entre las referencias al fruto y aquellas que aluden específicamente a su transformación en dulce. Los recetarios antiguos ya hablaban del «codonate» y el «membrillate», dulces preparados con membrillo que nos permiten conocer la tradición gastronómica en la que se inscribe esta elaboración. El «Libro de Cozina» de Ruperto de Nola, publicado en 1529, pertenece a una época en la que las frutas se transformaban mediante el azúcar y otras técnicas de conservación. Más explícito resulta el «Libro del Arte de Cozina», de Domingo Hernández de Maceras, publicado en 1607, que incluye una receta titulada «Como se ha de hazer carne de membrillo». Su denominación acredita que la preparación era ya reconocible como una elaboración culinaria con nombre propio.

 

Latas de Rafael Estrada y Viuda de Justo Estrada

La literatura del Siglo de Oro ofrece otros testimonios de interés. En la segunda parte de Don Quijote de la Mancha, publicada en 1615, Sancho Panza recibe una atención médica tan rigurosa como disparatada durante su gobierno de la ínsula Barataria. El médico Pedro Recio de Agüero le impide comer casi todo cuanto se le ofrece, hasta que finalmente le permite tomar unas tajadas de carne de membrillo «que le asienten el estómago y le ayuden a la digestión». La escena, además de su intención cómica, demuestra que el producto era suficientemente conocido para que el lector comprendiera de qué alimento se trataba sin necesidad de explicaciones. Es precisamente este pasaje el escogido para sus envases por la familia Estrada, y, tanto Justo Estrada Haro como posteriormente su viuda y la fábrica de Rafael Estrada con su marca «Sancho Panza», reproducirán en diversos formatos esta escena de la obra del Príncipe de los Ingenios. Además, la imagen del Ingenioso Hidalgo junto a su escudero fue reproducidadesde antiguo en latas de Manuel Velasco Estepa y posteriormente de Miguel Chacón Rivas y luego de sus sucesores, que siguen comercializando la marca «El Quijote», actualmente el mayor productor pontanés de dulce de membrillo.

  Latas de Manuel Velasco, Miguel Chacón y El Quijote

La presencia del membrillo en Cervantes va más allá de este episodio. En «El licenciado Vidriera», una de sus Novelas Ejemplares, una mujer intenta ganarse el amor de Tomás Rodaja mediante un membrillo toledano en el que supuestamente ha introducido hechizos y donde el fruto termina provocándole una grave indisposición. No se trata aquí de la carne de membrillo, sino de una muestra del lugar que ocupaba en el imaginario de la época. El profesor Luis Gómez Canseco estudió estas apariciones en «Los membrillos de Cervantes», publicado en 2015 en la revista Monteagudo, número 20, páginas 41-53.

«La guarda cuidadosa» de Miguel de Cervantes

También en el teatro breve cervantino encontramos el dulce como objeto cotidiano y regalo amoroso. En el entremés «La guarda cuidadosa», el sacristán Lorenzo Pasillas presume de haber recibido una caja grande de carne de membrillo destinada a Cristina. El detalle nos sitúa ante una costumbre social, la de regalar dulces en cajas, que enlaza de manera sugerente con la posterior historia de los envases comerciales. En «La entretenida», Cervantes alude asimismo al membrillo de Toledo y recoge el dicho «espada, mujer, membrillo, a toda ley, de Toledo». El producto aparece así asociado a una procedencia reconocida y se convierte en motivo de humor, galantería y conversación. Estas referencias no interesan únicamente por su número, sino porque muestran cómo un alimento familiar podía integrarse en las escenas ordinarias de la vida y servir a los escritores para retratar las costumbres de su tiempo.

Portadas de «Juanita la Larga» y «El Papa del mar»

La tradición doméstica de elaborar dulces y conservas de fruta también está presente en la narrativa del siglo XIX. En «Juanita la Larga», publicada por el egabrense Juan Valera en 1895, la preparación de conservas y dulces forma parte de las tareas de Juana y del ambiente cotidiano de una localidad andaluza. La carne de membrillo se inscribe así en un universo de saberes culinarios transmitidos en el hogar, ligados al aprovechamiento de la fruta y a los ritmos de la temporada. Mucho después, Vicente Blasco Ibáñez incorporó el dulce de membrillo a «El Papa del mar» (1925), novela que recrea episodios relacionados con Benedicto XIII, el papa Luna, ya refugiado en Peñíscola y declarado antipapa. El autor relata el célebre intento de envenenamiento que sufrió en 1418 Benedicto XIII, tramado por emisarios enviados desde el Concilio de Constanza y del que pudo sobreponerse. El fragmento narra con todo detalle cómo prepararon las cajas de dulces y la mezcla de arsénico con la carne de membrillo:

«Llegaron á Peñíscola dos monjes benedictinos provistos de cartas de recomendación… Traían como obsequio para el Pontífice unas cajas de confituras y golosinas hechas en el convento. Un clérigo de la comitiva pontificia, llamado Domingo Dalava, al que había conocido Benedicto estudiante en Tolosa, fue el encargado de preparar el veneno. Las cajas favoritas del Papa eran dos: una de dulce de membrillo, otra de ciertas hostias doradas, hechas con harina, miel y especias. Dalava rascó la parte superior de la masa de membrillo, raspando el dulce hasta formar una pequeña cavidad, y en ella depositó una generosa dosis de rejalgar ó arsénico rojo, volviendo a cubrir el agujero con la misma pasta para que no se notase la manipulación…»

La presencia del membrillo en la literatura demuestra, en definitiva, la familiaridad de este alimento en épocas muy distintas. Sin embargo, una cosa es esa tradición literaria general y otra la historia específica del dulce de membrillo de Puente-Genil, para cuya reconstrucción resultan especialmente valiosos los documentos industriales, los testimonios de los fabricantes y las propias latas.

Latas de Julio Moreno Melgar

En Puente-Genil, la elaboración del dulce de membrillo dejó de ser únicamente una práctica culinaria para convertirse, desde mediados del siglo XIX, en una actividad industrial de amplio alcance. La disponibilidad de materia prima, el desarrollo de los negocios familiares y la capacidad de comercialización contribuyeron a que el municipio alcanzara una reputación que trascendió su entorno geográfico. Un testimonio de interés es el artículo de Agustín Aguilar y Cano publicado en «El Eco de Estepa» el 6 de octubre de 1883 y firmado en Puente-Genil en septiembre de aquel año. Entre los fabricantes mencionados figuran Rafael Rivas Pérez, «R. Muñoz», identificado con Rafael Muñoz Merino, y «J. Moreno», correspondiente a Julio Moreno Melgar. De este último sabemos que incluso enviaba anualmente latas de membrillo a la familia real a través de los condes de Casa Padilla y que en sus latas llevaba litografiadas escenas de gatos y de kermeses holandesas que comercializaba bajo la marca «Nuestra Señora del Rosario». El dato permite vislumbrar tanto la consideración alcanzada por el producto como la existencia de redes de distribución y relaciones sociales que lo llevaban mucho más allá de su lugar de fabricación.

 

El desarrollo de la industria metalográfica trajo consigo una forma de presentación que acabaría distinguiendo al dulce pontanés. Las cajas de hojalata no se limitaron a proteger y transportar el contenido pues sus superficies se convirtieron en espacios publicitarios y decorativos, ilustrados con motivos de distintas épocas y estilos. La imagen del envase pasó a formar parte de la identidad del producto. Las antiguas latas de Puente-Genil merecen ser contempladas más allá de su condición de recipientes ya que sus ilustraciones reflejan una cultura visual que combinó el reclamo comercial con los gustos de cada época. En ellas aparecen composiciones modernistas, escenas costumbristas, motivos de inspiración goyesca, pintura pompeyana, advocaciones religiosas, motivos orientales, animales, numerosos niños y otros repertorios decorativos que convierten cada ejemplar en una pequeña pieza de la historia del diseño aplicado a la industria alimentaria y nos señalan la relación entre la industria membrillera y el patrimonio material e inmaterial de Puente-Genil que, pasto de la dejadez, tan poco hemos sabido cuidar y que clama por un museo específico de esta industria. Las latas constituyen, además, una fuente para estudiar la evolución de las marcas, la publicidad, las técnicas de impresión y las estrategias de presentación comercial. A través de ellas es posible reconstruir parte de la historia de las empresas y conocer la imagen que los fabricantes deseaban proyectar ante sus clientes. Manuel Córdoba Ruiz ha contribuido a reconocer este valor patrimonial en «Las latas de carne de membrillo de Puente Genil: de bien efímero a bien mueble museable», publicado en 2010 en la revista «ph» del Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico, páginas 51-53. Su trabajo propone superar la consideración del envase como un objeto desechable y atender a su valor como pieza conservable y estudiable. Su tesis doctoral, «El patrimonio industrial de Puente Genil» (Universidad de Sevilla, 2015), desarrolla asimismo el contexto de esta industria y la relevancia de sus vestigios materiales. A esta dimensión se añade el reconocimiento de la propia elaboración del dulce como patrimonio cultural inmaterial. El Atlas del Patrimonio Cultural Inmaterial de Andalucía recoge esta actividad de Puente-Genil dentro del ámbito de los oficios y saberes y de la producción de alimentos. La tradición no se limita, por tanto, a conservar antiguas fábricas, marcas o envases, sino que comprende también los conocimientos, las técnicas y las prácticas transmitidos entre generaciones.

Lata de Rafael Muñoz Merino

 

La historia de estos recipientes no termina cuando se consume el dulce. Quizá su faceta más cercana a la experiencia cotidiana sea precisamente la segunda vida que encontraron en los hogares. En lugar de desecharlas, muchas familias las guardaban en armarios, cómodas, alacenas y cajones, y les daban funciones muy distintas de aquella para la que habían sido concebidas. En ellas se conservaron botones, hilos, agujas, fotografías, cartas, documentos privados, pequeñas joyas y otros objetos cuyo valor dependía menos de su precio que de la historia personal que encerraban. La caja pasaba de una generación a otra, acumulaba recuerdos y terminaba convirtiéndose en una suerte de archivo familiar improvisado, cuando no, en pequeño botiquín donde guardar medicinas o en caja de herramientas.

 

La reutilización doméstica ayuda a explicar por qué tantas latas han llegado hasta nuestros días. Su permanencia no dependía únicamente de la resistencia de la hojalata, sino también de la utilidad que cada familia encontraba en ella. El envase industrial se transformaba en un objeto privado, asociado a la vida de sus dueños y a sus recuerdos. Así se ha conservado una parte del patrimonio que no siempre se encuentra en los museos. Muchas latas han sobrevivido porque alguien decidió guardarlas, sin imaginar que estaba preservando un fragmento de historia industrial. Lo que para una generación fue un recipiente práctico, para la siguiente podía convertirse en el recuerdo de una madre, una abuela o una casa desaparecida. Esta relación entre las cajas de membrillo y la memoria familiar ha encontrado también una expresión directa en la literatura contemporánea. Dos novelas permiten acercarse a la fuerza simbólica de estos objetos. La primera es «La caja de membrillo», de Fulgencio Caballero, publicada en torno a 2010-2011. La novela aborda la búsqueda de las raíces familiares y la recuperación de una historia que se extiende desde la Guerra Civil y la posguerra hasta el presente. Documentos, cartas y secretos conservados en una casa permiten reconstruir las experiencias de quienes vivieron aquellos años y recuperar aspectos del pasado que habían permanecido ocultos. La obra fue seleccionada entre las diez finalistas del Premio Planeta de 2010. La segunda es «Historias de una caja de membrillo», de Lola Galindo, publicada por Círculo Rojo el 26 de octubre de 2022. La novela, de 448 páginas, presenta a Soledad y sus recuerdos, que abarcan los años comprendidos entre 1952 y 1964. La caja conserva cartas, fotografías, joyas y documentos que enlazan la experiencia personal con el paso del tiempo. El recipiente se convierte así en una metáfora de la memoria, capaz de guardar fragmentos de una vida y devolverlos al presente cuando alguien vuelve a abrirlo. Ambas obras muestran la capacidad narrativa de un objeto corriente. La caja no necesita ser extraordinaria por su diseño o su precio, basta con que haya permanecido cerrada durante años, custodiando unas huellas de vida que adquieren sentido cuando alguien las descubre. En este punto, la literatura se encuentra con la experiencia de tantas familias que conservaron sus latas de membrillo como pequeñas arcas domésticas.

 

Novela de Lola Galindo

 

 

Poemario de Juan de Marsilio

El dulce de membrillo ha inspirado también textos de evocación y elogio. Entre ellos se encuentra «En elogio del dulce de membrillo», del poeta uruguayo Juan de Marsilio, un poemario cuya portada reproduce dos latas de membrillo de Puente-Genil. De sus versos me han llamado especialmente la atención estos dos:

 

Los corazones de la gente buena

están hechos de dulce de membrillo.

El autor relaciona estos versos con una frase del cuento «La pelota», del escritor uruguayo Felisberto Hernández: «Cuando era día de fiesta o estábamos tristes, comíamos dulce de membrillo». En pocas palabras, Hernándezresume la capacidad de un sabor cotidiano para acompañar tanto las celebraciones como las penas, y para quedar unido a los recuerdos de una época.

 

La literatura y el periodismo cultural han recurrido en distintas ocasiones a las latas de carne de membrillo de Puente-Genil como imágenes de una memoria compartida.Entre los autores que han evocado este universo de objetos cotidianos se encuentra Antonio Burgos, que aludió en sus textos a la estética popular de las latas litografiadas, muchas de ellas adornadas con estampas artísticas o devocionales que después permanecían en las casas durante años. En su pregón de la Semana Santa de Sevilla de 2008 aparece una evocación de estas latas vinculada a las estampas y a la memoria doméstica.

«En la estampa que encuentras

por los bolsillos,

o en latas que guardaron

carne membrillo.

Metida entre las ropas

de las alacenas,

guardada en el secreto

de las almas buenas.»

En otros de sus artículos periodísticos en ABC, Burgos recurría con ironía y lirismo a la asociación entre las grandes marcas gastronómicas andaluzas y sus localidades de origen, señalando cómo Puente–Genil quedó inmortalizada en el imaginario colectivo a través de la iconografía de sus envases de dulce de membrillo:

«¿Qué le vas a decir de la gracia de la tierra al que le venda carne de membrillo a Puente Genil o piononos a Santa Fe? […] Aquellas latas litografiadas de carne de membrillo que eran como los retablos populares de nuestras casas…»

«El laúd de los pacíficos» de Antonio Enrique

Por su parte, el novelista y poeta granadino Antonio Enrique recrea en «El laúd de los pacíficos» la atmósfera costumbrista andaluza de mediados del siglo XX, recuperando olores, pregones y escenas de una vida cotidiana en la que el dulce de membrillo de Puente-Genil tenía su lugar. La evocación de los vendedores ambulantes y sus pregones nos devuelve a una época en la que el producto se reconocía tanto por su sabor como por su procedencia: «Era una tarde de verano, y de esto hace tanto tiempo que había aún vendedores ambulantes pregonando dulce de membrillo de Puente Genil…» Estas referencias literarias y periodísticas merecen ser reunidas y estudiadas con atención, identificando en cada caso las ediciones y los pasajes originales, de ese modo podrá trazarse un recorrido más preciso por la presencia de las latas pontanesas en la cultura escrita contemporánea.

Las cajas conservan la huella de una industria, pero también la de las personas que las compraron, las llevaron a sus casas y las reutilizaron durante décadas. Algunas sobrevivieron por su belleza; otras, porque resultaban demasiado útiles para desprenderse de ellas. Muchas llegaron hasta nosotros sin que nadie imaginara que un día serían consideradas piezas de interés patrimonial. La literatura ha contribuido a dar forma a esa dimensión simbólica. Desde las alusiones culinarias de los autores del Siglo de Oro hasta las novelas contemporáneas que convierten una caja en depósito de cartas, fotografías y secretos familiares, el membrillo ha servido para hablar de los afectos, del recuerdo y del paso del tiempo. En Puente-Genil, esa imagen literaria encuentra un correlato tangible en las latas que todavía se conservan en casas particulares y en las dos o tres grandes colecciones que custodian centenares de cajas de dulce y jalea de membrillo.

Recuperarlas, documentarlas y estudiar sus marcas, ilustraciones y procedencias permitiría reconstruir una historia que no pertenece únicamente a los fabricantes, sino también a quienes hicieron de aquellas cajas un lugar donde guardar retazos de su propia vida. Quizá sea esa doble condición, industrial y doméstica, la que mejor explique por qué las antiguas latas de dulce de membrillo siguen despertando interés mucho después de que su contenido haya desaparecido. La permanencia de esas latas en la memoria colectiva de todo un país e incluso allende nuestras fronteras me empuja a animar a los actuales fabricantes a volver a poner en circulación aquellas cajas de bellas litografías, incluso troqueladas, con tapaderas en relieve, que hoy son objeto de coleccionismo. Se me puede alegar el encarecimiento del producto si se utilizara este tipo de envases, pero seguro que en determinados comercios o tiendas gourmet y delicatessen, tiendas de recuerdos de alta gama y museizadas o tiendas online de productos gourmet, se pagaría con gusto un poco más por obtener y conservar estas atractivas cajas. Pueblos vecinos como Estepa lo hacen con sus cajas de mantecados, unas en cartón, pero otras presentan el producto en latas con dibujos en relieve, que el público espera cada año con impaciencia para adquirir los nuevos modelos y se reconocen por llevar la marca y el nombre de la población litografiados en el envase y no en una simple pegatina ¿Por qué no recuperar aquí esa tradición que durante tanto tiempo distinguió a nuestros fabricantes? Sería cuestión de probar un año con una edición de este tipo de envases y ver el resultado.


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