Opinión

REIVINDICANDO AL POETA JUAN REJANO EN EL 50.º ANIVERSARIO DE SU MUERTE…por F. Javier Reina (Cronista)

 

Juan Rejano en Venecia, 1964

REIVINDICANDO AL POETA JUAN REJANO EN EL 50.º ANIVERSARIO DE SU MUERTE

Francisco Javier Reina Jiménez (Cronista Oficial de Puente-Genil)

Juan Rejano en Venecia, 1964

Hace cincuenta años, un 4 de julio de 1976, moría en el exilio de México nuestro paisano Juan Rejano, el poeta de Puente-Genil, cuando, con las maletas hechas, estaba a punto de regresar a España, la tierra que nunca dejó de añorar. La casa familiar donde transcurrieron su infancia y juventud se encontraba en la esquina de la Cuesta Romero con la calle Pósito, y estos versos suyos del poemario póstumo La tarde parecen evocar el recuerdo de aquel hogar de su pueblo, presagiando, quizá, que ese regreso nunca llegaría a hacerse realidad.

Alguna vez, desde esta cima en llamas,

quién sabe en qué minuto fatigado,

descenderé hasta el valle,

mi cuerpo tenderé entre los helechos

y dejaré que vuelvan a mi frente

las aves olvidadas. Con el báculo

azul de la memoria desandaré el camino

hasta la calle donde un niño pudo

edificar un mundo. No habrá sino ruinas,

hoscos muros, lo sé, no habrá ya nadie

que me espere. Mas ese solo instante

encerrará el misterio de una vida

que en otra nueva vida sus escombros levanta:

sombras que se incorporan, edades que se alejan.

“Aquí una humilde casa albergó un reino hermoso”.

…Pero acaso este cuento nunca llegue a escribirse.

La intuición que late en aquellos versos —escritos mucho antes de su muerte— adquiere hoy una resonancia casi premonitoria, como si el propio poeta hubiese entrevisto el desenlace de su exilio.

Juan Rejano con su padre, 1933

Juan Rejano merece ser recordado no solo porque fuera un poeta nacido en Puente-Genil, sino porque su trayectoria representa una parte esencial de la historia cultural y democrática del siglo XX español. Su vida reúne tres dimensiones difíciles de separar: la excelencia literaria, el compromiso intelectual y la experiencia del exilio. Para la tierra que lo vio nacer, conservar su memoria posee un valor que trasciende el legítimo orgullo local. Significa reconocer que un pueblo también se define por las personas que han contribuido a enriquecer la cultura universal. Rejano llevó siempre el recuerdo de Andalucía y de Puente-Genil a su poesía, sobre todo durante las décadas que vivió en México. Su obra demuestra que el lugar de origen no desaparece con la distancia, sino que se transforma en memoria, en lenguaje y en identidad. Su exilio añade otra poderosa razón para preservar su legado. Como tantos escritores republicanos, perdió la posibilidad de desarrollar su carrera en España y gran parte de su reconocimiento quedó interrumpido durante décadas. Recuperar hoy su figura supone también recuperar una parte de la literatura española que permaneció silenciada en la España peninsular. No se trata de una reivindicación política, sino de un acto de justicia cultural. Ninguna tradición literaria está completa si olvida a quienes fueron apartados de ella por las circunstancias históricas. Además, Juan Rejano ocupa un lugar singular por la amplitud de su trayectoria. Fue poeta, periodista, ensayista y promotor cultural. En México mantuvo viva la cultura española republicana, colaboró estrechamente con otros intelectuales exiliados y tendió puentes entre la literatura española y la hispanoamericana. Su obra pertenece, al mismo tiempo, a Andalucía, a España y a México. Sería imposible resumir aquí la riqueza de una producción literaria y periodística desarrollada a lo largo de más de cinco décadas, así como sus relaciones con algunas de las principales figuras de la intelectualidad, las bellas artes y la política de su tiempo. Baste esta efeméride como invitación para descubrir una trayectoria tan brillante como todavía insuficientemente conocida.

La memoria de un poeta permanece verdaderamente viva cuando sus versos continúan encontrando lectores. Una barriada con su nombre, una placa en la casa donde nació, su nombramiento como Hijo Predilecto de Puente-Genil, la fundación que custodia su legado o el premio internacional que lo recuerda constituyen, sin duda, homenajes valiosos, sin embargo, todos ellos resultarán insuficientes si las nuevas generaciones desconocen su poesía. El mayor homenaje que puede recibir un escritor es que alguien abra por primera vez uno de sus libros.

El cincuentenario de su muerte constituye una ocasión propicia para dar un nuevo impulso a la difusión de su legado. No se trata tanto de acumular iniciativas aisladas como de articular una mirada sostenida en el tiempo que permita que su obra siga dialogando con nuevas generaciones. La escuela representa, probablemente, el punto de partida más decisivo. Acercar a los estudiantes de Puente-Genil y de Andalucía una selección de sus poemas, acompañada de materiales didácticos adaptados, no solo serviría para dar a conocer a un gran autor del exilio, sino también para comprender una parte esencial de nuestra historia reciente a través de la experiencia literaria. La poesía de Rejano, atravesada por la memoria, el desarraigo y la fidelidad a la tierra, posee una potencia pedagógica que va mucho más allá del estudio académico. A partir de ahí, podría consolidarse un espacio estable de encuentro en torno a su figura, como unas jornadas o un festival anual dedicado a la poesía y al exilio. Un ámbito donde investigadores, escritores y lectores dialoguen no solo sobre su obra, sino sobre el significado cultural de la diáspora republicana y su proyección en la literatura contemporánea. Rejano no fue únicamente un poeta del exilio, fue también un puente entre mundos, y ese carácter merece ser actualizado en espacios de reflexión compartida. En paralelo, la creación de un archivo digital de acceso abierto permitiría reunir su obra, su correspondencia y los estudios críticos que lo acompañan. No se trataría solo de una herramienta para especialistas, sino de un modo de poner a disposición de cualquier lector un patrimonio literario disperso durante décadas. La digitalización, en este caso, no sustituye la memoria, simplemente la hace accesible.

Puente-Genil conserva, además, los escenarios donde comenzó la vida del poeta. Convertir esos espacios en un itinerario literario, apoyado en recursos digitales que permitan escuchar su voz poética o conocer los episodios esenciales de su biografía, supondría integrar su memoria en el propio paisaje de la ciudad. La literatura dejaría así de ser únicamente objeto de estudio para convertirse también en experiencia urbana y emocional. La dimensión internacional de Juan Rejano refuerza todavía más esta proyección. Su obra pertenece tanto a España como a México, y esa doble pertenencia debería reflejarse en una colaboración estable entre instituciones de ambos países. La edición conjunta de sus textos, la organización de actividades compartidas o la creación de proyectos culturales comunes permitirían subrayar que su legado no se entiende desde una sola orilla. A ello podrían sumarse nuevas ediciones comentadas, grabaciones de sus poemas o iniciativas de investigación específicas sobre la literatura del exilio republicano, favoreciendo tanto el estudio como la divulgación. Tampoco puede olvidarse el papel de los nuevos lenguajes de comunicación. Las redes sociales ofrecen hoy la posibilidad de acercar la poesía a públicos más jóvenes mediante formatos breves, lecturas comentadas o cápsulas explicativas que pongan en valor la vigencia de su obra. Lejos de banalizarla, estos medios pueden convertirse en una puerta de entrada a una lectura más profunda.

En la Embajada de Ecuador en México junto a Manolete (1945)

En última instancia, Puente-Genil tiene ante sí la oportunidad de consolidar a Rejano como uno de sus referentes culturales fundamentales, no desde la idealización, sino desde el reconocimiento crítico de una figura que amplió el horizonte de su tierra más allá de sus fronteras. Preservar la memoria de Juan Rejano significa, por tanto, defender una concepción de la cultura como patrimonio compartido. Sus versos no pertenecen únicamente al pasado pues hoy continúan interrogando el presente. Si su obra se pierde en el olvido, no desaparece solo un autor, se empobrece también la forma en que una comunidad se piensa a sí misma.

Hace cincuenta años, Juan Rejano tenía las maletas preparadas para regresar al país que nunca dejó de habitar en su memoria. Después de casi cuatro décadas de exilio, el reencuentro con ese lugar sagrado que era la tierra de su infancia parecía, por fin, al alcance de la mano. Sin embargo, el destino quiso escribir un desenlace distinto. Una complicación postoperatoria segó su vida en México cuando el viaje de vuelta era ya una esperanza cierta. Aquel regreso que tantas veces soñó el poeta nunca llegó a producirse. No pudo volver a abrazar a su familia, a contemplar los olivos de su niñez, ni la empinada Cuesta Romero donde transcurrieron sus primeros años, ni las aguas del Genil que quedaron para siempre prendidas de su memoria. Aquellas palabras escritas años atrás, en las que intuía un retorno incierto, adquirieron un valor inesperadamente premonitorio cuando aquel viaje quedó sin cumplirse, como si la propia literatura hubiese anticipado el límite de la vida.

Pero la muerte solo impidió el regreso del hombre, no el de su palabra. Sus versos sí volvieron, y continúan volviendo cada vez que un lector se acerca a ellos y reconoce en su voz la emoción del desarraigo, la fidelidad a la tierra natal y la esperanza obstinada de quien nunca dejó de sentirse vinculado a España y a Puente-Genil. En ese sentido, el verdadero regreso de Juan Rejano no pertenece al pasado, sino al presente. No se produjo en tren ni en barco, sino en la lectura. Cada vez que su obra se abre paso en una escuela, en una investigación o en la curiosidad de un lector nuevo, el poeta regresa simbólicamente a la tierra que lo vio nacer. Es en ese gesto, humilde y silencioso, donde se cumple finalmente el viaje que la historia le negó.

Juan Rejano de niño, vestido de marinero.

Recordarlo y reivindicarlo hoy, en el cincuentenario de su muerte, no constituye únicamente un acto de justicia con uno de los grandes escritores nacidos en Puente-Genil., es también una forma de reconocer que los pueblos no solo se construyen desde el presente, sino también desde la memoria de quienes los proyectaron más allá de sus límites. Vayan, pues, para él estos versos que siguen, escritos con admiración y gratitud, como mi humilde homenaje a su memoria.

RETRATO DE FAMILIA

Al poeta Juan Rejano

I

Acaso la brisa del Caribe acaricie

la tumba donde eres polvo y recuerdo.

Libertad en tierra mexica

donde anida el obligado destierro

sin censuras, sin vetos, sin odios,

allá donde se forjó la epopeya atlántica.

Se te rompieron las alas en el último suspiro

cuando ya se dibujaban en el horizonte

los contornos de la patria perdida

de las calles milenarias de Málaga

de los olivos cordobeses de tu niñez

de la empinada cuesta donde se ancla

tu casa natalicia, palacio de sueños

frente al pináculo dorado de la vieja torre.

Allí, tus padres, tus hermanos,

los infantiles ropajes de romano y marinero

prisioneros en añejas fotografías.

Luego, el dedo acusador

y la hora del remordimiento.

Bajo un sol que derrite

— guardianas indemnes de la memoria—

las viejas huellas borraron hace tiempo

el dolor y las manchas de sangre

para soñar otras gestas

para abrir caminos a la paz.

II

Naciste y fue vértigo tu vida entre Pósito y Romero,

niágaras de piedra que encauzaron tu niñez

por adoquinados surcos hacia Genil de ensueño.

Octubre abrazaba la alta torre donde anida coronada,

en parroquial veleta de siglos orgullosa,

el águila bicéfala.

No fue ajena a su doble otear de forjada herrumbre

la rosa inmarcesible de los vientos, quizá temprano

y trágico girante presagio de lejanos horizontes

aún inimaginados.

Era ya pulpa el membrillo y el aire acunaba cantares

en la verde mañana, como tu piel, de olivares teñida.

Sencillo destino vedado al poeta,

donde las mujeres gajan el sueño de azucarada carne

y varean el silencio de las ramas aceituneros

que exprimen afanosos el amarillento sudor del otoño.

Pronto aprendiste el secreto lenguaje

del tarajal y el carrizo

fundiendo tu sangre con el río,

improvisado tutor que acaso te advirtió

de un Mediterráneo presentido,

de la doliente inmensidad océana.

¡Ay, Juan!

Ser para volver y al querer volver no ser.

Espora en la diáspora más trágica.

Semilla germinada y nutricio alimento

en azteca tierra penetrada donde ya descansa,

dormido el desgarro, el clamoroso grito de España.

En mi garganta se lastima la palabra

y es para ti también exilio mi recuerdo.

Octubre bañará otra vez tus raíces

trayendo nuevas vidas en su regazo y el eco

inmortal de tu voz que, diez lustros después,

sigue inquiriendo atronadora:

¿El río es vida o es muerte?

¿Mi sangre es río o es mar?

¿Dónde acabará su curso

y cuándo yo, de soñar?

Poema de Alberti a Juan Rejano
Antología por Ediciones Demófilo
Antología en la revista Litoral
Dedicatoria de Juan Rejano a Paco Rabal en un ejemplar de su libro El oscuro límite.

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