Opinión

Sobre caligrafía y otras cuestiones ortográficas… F. Reina Jiménez (Cronista Oficial de la Villa)

SOBRE CALIGRAFÍA Y OTRAS CUESTIONES ORTOGRÁFICAS

Francisco Javier Reina Jiménez

Cronista Oficial de la Villa

Algunos me habéis preguntado sobre las dificultades que entraña el oficio de cronista oficial y, por encima de otros razonamientos, siempre suelo responder algo que llena de perplejidad: lidiar con la caligrafía y ortografía de otros tiempos. En realidad, esto no es un problema de los cronistas, «profesión» que no se aprende en ninguna institución académica o universidad que regule su enseñanza, sino que afecta a todo lector o investigador que se asome a los documentos de siglos pretéritos y no sea perito en paleografía. En el caso concreto de Puente-Genil, no se empiezan a emitir documentos «oficiales» —por supuesto, manuscritos— hasta comienzos del siglo XVI, en que los escribanos públicos (lo que hoy llamamos notarios) comienzan a escriturar cuantos hechos acontecen en la vida cotidiana de las personas, desde los más conspicuos a los más elementales.

Casi todo se dejaba por escrito, tanto las relaciones comerciales, donde encontramos obligaciones contractuales entre las partes, otorgamiento de poderes de representación o todo tipo de compra-ventas, como las más personales, entre las que podríamos destacar emancipaciones o tutelas de menores, dotes, fundaciones, herencias o testamentos, por citar algunos ejemplos. Es por eso que uno de los grandes escollos que a veces nos encontramos quienes buceamos entre legajos y papeles muy antiguos es la interpretación que debemos hacer de términos, abreviaturas y tipos de letra utilizados hace siglos, sin normas de puntuación y en no pocas ocasiones sin espacios que separen unas palabras de otras, encontrando folios y folios de palabras encadenadas que dificultan su lectura hasta conseguir que los ojos nos duelan de fijar la vista y que a la mollera le falte poco para echar humo, pues estamos hablando de un tiempo en que no existían las actuales reglas ortográficas y quienes plasmaron su caligrafía, negro sobre blanco, los muy desconsiderados, no pensaron en aquellas personas que varios siglos después leeríamos sus textos.

Folio escrito con letra procesal encadenado con una escritura del siglo XVII

Entre los siglos XVI y XVII existieron, pues, varios tipos de letra. Derivada de la escritura de albalaes, utilizada en los documentos de los siglos XIII y XIV, aparecen otros dos tipos de letra, la cortesana, cuyas características formales son la ligazón entre letras, la tendencia a encadenar palabras enteras en amplias espirales envolventes y la creación de abreviaturas muy estilizadas, y de otro lado nos encontramos con la letra procesal, siendo esta última la que aparece en los más antiguos documentos de nuestros escribanos y cuyo nombre se debe a que fue la usada fundamentalmente en los procesos y no es otra cosa que la degeneración o corrupción de la letra cortesana y la más usada en las escribanías y oficinas judiciales, que fue complicándose cada vez más. Las características de la letra procesal se resumen en una mayor amplitud de letra, gran deformación, trazado más rápido y porque toda la grafía se extiende en forma considerable a consecuencia de la multiplicación viciosa de los elementos de enlace y de un aumento del número y complejidad de las abreviaturas, lo que unido a la degeneración de sus formas llevó a esta letra hasta el extremo de ser prácticamente ilegible. En esta escritura ya no había separación entre las palabras, las ligaduras exageradas hacían que renglones enteros pudieran escribirse sin levantar la pluma del papel, llegando las líneas a ser una sucesión de bucles y ondulaciones caprichosos, por lo que también se la conoció como letra procesal encadenada o «de cadenilla» y, modernamente, en las facultades de Filosofía y Letras, los estudiante la llamaban muy gráficamente: letra procesal endemoniada, una letra que mereció el rechazo de la sociedad de su tiempo, incluido el propio Miguel de Cervantes, quien en el Capítulo XXV de su 1ª parte del Quijote, en el diálogo que entabla con Sancho y el Caballero de la Triste Figura, acerca de la necesidad de escribir una carta, se refiere a la letra procesal en unos términos que merece la pena traer a colación aquí, cuando se dirige de esta manera a su escudero: «… y tú tendrás cuidado de hacerla trasladar en papel, de buena letra, en el primer lugar que hallares, donde haya maestro de escuela de muchachos, o si no, cualquiera sacristán te la trasladará; y no se la des a trasladar a ningún escribano, que hacen letra procesada, que no la entenderá Satanás».

Pero no hace falta remontarse varios siglos para encontrarnos estos desaguisados caligráficos. Hoy, el uso de las nuevas tecnologías nos está haciendo perder el hábito de la escritura —cada vez escribimos menos y peor— y está destrozando igualmente la ortografía en aras de la brevedad de los mensajes que nos cruzamos, sobre todo por medio de la telefonía móvil. Ejemplos los hay a docenas, como la utilización de «q» e incluso «k» para reemplazar a la conjunción «que», eso sin contar con los famosos y generalizados emoticonos o emojis, cuyos pictogramas, logogramas e ideogramas, heredados de la cultura japonesa, se han hecho muy populares tanto exentos como incrustados en un texto cada vez que utilizamos mensajes electrónicos, páginas web y aplicaciones móviles o de escritorio, sustituyendo ideas y emociones, las cuales se transmiten ahora sin necesidad de utilizar palabras. ¿Quién no ha utilizado el ideograma representado por una mano cerrada con el pulgar hacia arriba para significar «de acuerdo» o «entendido», colocado un corazón rojo para decir «te quiero», o enviado una carita redonda lanzando un ósculo desde su boca para ahorrarnos escribir la palabra «beso»? Pero no son los usuarios de a pie los únicos que transforman el idioma con sus mensajes electrónicos. El uso correcto de la ortografía ha ido cambiando con el tiempo —y mucho— a consecuencia de las diversas normas que la propia Real Academia Española (RAE), como guardiana de la correcta utilización del idioma, se ha encargado de introducir.

Como digo, a los que nuestra pasión nos empuja a desempolvar documentos de otros tiempos, quizás apreciemos más nítidamente esa evolución y cómo la fijación de las normas ortográficas se ha ido trasplantando a la escritura de cada época. Antiguamente, lo mismo se escribía con «c» lo que en la actualidad es «z», que con «z» lo que hoy se escribe con «c» o con «s»; lo mismo podríamos decir de «b» y «v», de «n» y «m», de «j» y «g» —sin ir más lejos, Puente Jenil se escribió así durante varias décadas— o de la naturalidad empleada —con llamativa abundancia— para poner en mayúscula el comienzo de innumerables palabras sin necesidad de ello, etcétera; palabra por cierto, esta última, que se abreviaba no como ahora, «etc.», sino con el símbolo «&c.», o, simplemente «&».

En el siglo XVIII y, sobre todo, en el XIX, se fueron fijando muchas normas que, no obstante, han seguido evolucionando hasta la actualidad. En el siglo XIX y buena parte del XX, siguiendo con más ejemplos, era práctica común acentuar la preposición «a» o palabras monosílabas como «fe» y, hasta el año 2010, la RAE recomendaba escribir con tilde la conjunción disyuntiva «o» cuando aparecía entre dos cifras para evitar que pudiera confundirse con el cero, cosa que ahora prohíbe y considera como falta ortográfica. A algunos de estos cambios les vemos su lógica, a otros no tanto y, personalmente, considero que en este último caso no debería haber desaparecido el acento sobre la conjunción «o» cuando funciona como enlace entre cifras: «vendió 1 ó 2 camisas», para no confundirlo con «vendió 1o2 camisas», donde la «o» intercalada y más o menos pegada a dos cifras podía confundirse con el cero, que no es cosa baladí. Una sabrosa anécdota relacionada con lo anterior dio lugar, precisamente, al nacimiento de la conocida marca «Anís del Mono». Se cuenta que el fabricante de aguardientes de Badalona, Vicente Bosch, gran aficionado a los animales exóticos, escribió en el siglo XIX a un amigo que vivía en América solicitándole que le enviase 1 o 2 monos a la península. El amigo entendió 102 y se afanó en conseguir todos los que pudo, no sin preguntarse, imaginamos, para qué diantres querría el peticionario más de un centenar de tan simpáticos y chillones antropoides. Cuando logró reunirlos, los remitió por barco a España. La sorpresa de Vicente Bosch al recibir tamaña partida de primates fue mayúscula, quedándose sólo con uno y donando el resto al zoo de Barcelona. El mono seleccionado lo llevó a su fábrica y, como las monerías del simio debieron convertirlo en toda una atracción, los lugareños pasaron a denominarla como «la fábrica del mono», dando lugar a esta conocida marca de anís, quedando el primate inmortalizado en las etiquetas del afamado producto aunque cambiándole la cara y poniendo en su lugar la del naturalista inglés Charles Darwin, un guiño al debate que por entonces existía en torno a la teoría de la evolución. La RAE insiste en que el acento sobre la «o» sobra en estos casos y que basta con dejar un espacio antes y después de ella cuando se coloca entre números. Bueno, está bien, no nos vamos a pelear por eso, pero no me podéis negar que la «ó», con acento, era toda una monada.

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