Mananta

«Entre quinarios, sermones y letanías…» por F. Javier Reina Jiménez (Cronista Oficial de la Villa)

ENTRE QUINARIOS, SERMONES Y LETANÍAS…

Francisco Javier Reina Jiménez

Cronista Oficial de la Villa

 

Nadie como nuestros artistas carnavaleros para retratar tan acertadamente en sus letras ese estado —entre soñada inquietud y sentimiento irreprimible— que embarga a los pontanenses nada más terminar las celebraciones de Navidad y que nos echa en brazos del ansiado tiempo de la Cuaresma. 

Ese desasosiego que nos corre imparable por las venas no pasó desapercibido para el famoso letrista apodado «el bizco Palomero», quien, como buen conocedor del alma de su pueblo, lo dejó inmortalizado, por los albores del siglo XX, a modo de epitafio perdurable, como si se tratase del grabado de una estela funeraria del yacimiento de Fuente-Álamo, o de  una irrevocable sentencia, que ríase usted de la de Pilato:

                                                           Un pueblo muy especial

este de Puente-Genil,

que en llegando la Cuaresma

santo se suele sentir.

Entre quinarios, sermones y letanías

pasamos en la gloria cuarenta días,

llegando el Viernes Santo

no hay que dudar,

hasta los socialistas van a alumbrar..

Vieja Cuaresmera de la corporación Bíblica «Las Negaciones de San Pedro- Profecías de Jesús»

.

El pasado jueves celebramos el «Jueves Lardero», día en que, contra viento y marea, dimos el pistoletazo de salida a la singular Cuaresma de Puente-Genil y ayer, sin ir más lejos, festejábamos el primer sábado de cuaresma con la popular subida a la Plaza del Calvario, en esa sabatina visita de reverencia y fe que rendimos a los pies de su santuario a nuestro patrón, Jesús Nazareno, día, que por coincidir con la celebración del Carnaval, se denomina «sábado de Carnaval», adelantándose unas jornadas al Miércoles de Ceniza en que, según está estipulado por la Iglesia, se abre oficialmente la Cuaresma, que no es otra cosa que el período de cuarenta días que discurre como preparación y conversión interior previo a la celebración de la Semana Santa y que en Puente-Genil se escenifica con la imposición de la ceniza en la cabeza o en la frente a todos los fieles que lo desean en las distintas parroquias, ceniza que proviene de la quema de los ramos de olivo del Domingo de Ramos anterior —que es bendecida previamente por el sacerdote— donde se recuerda nuestra fragilidad mortal y se invita a perseverar en la fe con frases como «recuerda que eres polvo y al polvo volverás», fórmula más antigua, o la más moderna de «conviértete y cree en el Evangelio». También el Miércoles de Ceniza —y en este año 2026 se cumple el 40 aniversario desde su primera salida en 1986— la cofradía de la Santa Cruz realiza un viacrucis penitencial por nuestras calles, donde se invita a fieles y cofrades en general a abrir este tiempo de reflexión que nos irá acercando a la celebración de nuestra Semana Mayor.

El Miércoles de Ceniza es una celebración netamente cristiana implantada desde hace siglos, pero lo que nos hace especiales son los elementos incorporados hace poco más de un siglo y que hoy los sentimos imprescindibles por el rápido calado que han tenido entre la población.

Podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que una de los períodos históricos más fecundos vividos por Puente-Genil fue el comprendido entre 1875-1925, cincuenta años de grandes cambios, sobre todo en la mentalidad de sus gentes. De pueblo eminentemente agrícola hasta entonces, la introducción de la máquina de vapor y de la electricidad aplicada a los sistemas de producción y la puesta en marcha de la línea del ferrocarril, nos abrieron las puertas al mundo y los pontanenses supieron aprovecharlo. De Italia se introducen modernas técnicas de refinado del aceite, que nos hacen posicionarnos en este mercado copando durante décadas decenas de premios a esta labor. Las fábricas de membrillo proliferan y de producto artesanal o meramente casero, ahora llegará a todos los rincones de España y de sus territorios de ultramar, ganando medallas en ferias nacionales e internacionales como las de Burdeos y Buenos Aires. La llama de la cultura prende en muchos de sus hijos haciendo aflorar toda una pléyade de poetas, pintores, músicos, historiadores y especialistas en ramas tan diversas como la arquitectura, la arqueología o la numismática. Manuel Reina, Rodolfo Gil o José Contreras, entre otros, descollan en las letras y la política; Miguel Romero se convierte en el trovador local  y en imprentas como las de Miguel Gálvez o Baldomero Giménez ven la luz muchos trabajos; es el tiempo de nuestros héroes navales; de la llegada de nuevas órdenes religiosas femeninas; de grandes médicos y maestros como Rafael Moyano o Modesto Carmona; de artistas como Juan Montilla o los Pérez de Siles; de eruditos como los Aguilar y Cano y hasta en la bohemia ilustrada, José de Siles será paradigma… Gracias a Moreno Ortega somos el primer pueblo andaluz en contar con luz eléctrica y se restauran o amplían nuestros templos; Lemoniez tiende el puente de hierro para la línea ferroviaria,  restaura el puente de piedra sobre el río Genil o nos deja para la posteridad la impresionante obra de «La Alianza»; Rodrigo García construye el Teatro-Circo y otros edificios singulares; las figuras bíblicas dejan de estar perseguidas y se comienza a forjar nuestra actual Semana Santa; se consolida una burguesía industrial que levantará fábricas y magníficas mansiones; la música y el teatro alcanzan cotas de excelencia… Esa mentalidad abierta y dispuesta a conocer y asimilar todo lo que el exterior ofrece se traduce en la introducción de costumbres foráneas, que absorbemos como esponjas y asimilaremos a nuestra manera de ser, viviéndolas hoy como costumbres arraigadas tan nuestras como castillo Anzur o el tajo de Peñarrubia. 

Vieja Cuaresmera de La Judea

​

Llegados a este punto, retomemos nuestro relato inicial. Corre el año 1906, un hermano de la corporación bíblica «La Judea» conoce la costumbre centroeuropea asentada en el levante español y celebrada en Baleares y Cataluña, de la Vieja Cuaresmera, una  personificación de la Cuaresma que compendia los elementos más característicos de esta y que con sus siete patas funciona como un calendario cuaresmal al que cada semana se le va arrancando o escondiendo una pata hasta llegar a Semana Santa, llevando cada pata el nombre litúrgico de la semana correspondiente. La Vieja Cuaresmera se asocia en Puente-Genil, desde entonces, a la celebración de otra costumbre cristiana, el Jueves Lardero, antesala de la Cuaresma y ligada al Carnaval, jueves previo al Miércoles de Ceniza que invita al deguste de grasas y dulces antes de los rigores penitenciales que eran propios de las verduras y el pescado del tiempo cuaresmal, en esa pugna ancestral entre Don Carnal y Doña Cuaresma, entre el goce y la devoción, que magistralmente plasmó con su pinceles Pieter Bruegel el Viejo, o retrató literariamente el Arcipreste de Hita en El Libro del Buen Amor. 

Hoy, el Jueves Lardero y la Vieja Cuaresmera son elementos indisolubles de nuestras tradiciones, que, desde que se iniciaran en «La Judea», al grito de ¡cohetes y rabanillas!, fueron calando en la idiosincrasia de todas nuestras corporaciones bíblicas, conformando el dintel perfecto o puerta de entrada no sólo a nuestros cultos cuaresmales, ya iniciados por algunas cofradías, sino también al reencuentro, la exaltación de la amistad y la reedición de esas vivencias cuarteleras que nos distinguen.

Subida cuaresmal a las benditas cumbres del Calvario

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