CUANDO UN AMIGO SE VA…
(PALABRAS DE DESPEDIDA A EMILIO POZO LEAL)
Querido Emilio, me cuesta trabajo asimilar que, tras tu repentina partida, ya no leerás estas líneas nacidas de la añoranza, la pena y el recuerdo. Te has ido y no te has ido, pues tu imagen, como un tiovivo, no deja de dar vueltas en mi mente, al recordar los momentos que juntos vivimos. Parece como si no hubieras querido despedirte de nadie para no causar la tristeza de los adioses, para que sigamos sintiendo la alegría del reencuentro, para que sigamos pensando que nos cruzaremos contigo al doblar una esquina cualquiera y, en esa vana ilusión, seguir disfrutando de tu sabiduría, de tus letras, de esa bendita locura que, como una segunda piel, impregnaba tu vida de sueños e inquietudes, de arte y de pasión arrolladora.
En una sociedad cada vez más polarizada supiste defender con firmeza tus convicciones, pero desde el entendimiento, desde la empatía con el otro, sin parapetarte tras unas siglas ni unas ideas preconcebidas, porque tu sabías del valor de cada ser humano y mirabas en su alma, sin pedirle el deneí, sin prejuzgar, siempre abierto a hacer amigos y a no alzar estúpidas barreras. Y eso te hacía uno de los seres más sociables que he conocido, aunque a veces tuvieras que sufrir la indiferencia y las etiquetas de quienes sólo ven en lo superficial.
Hace dos días te despedíamos en el tanatorio de Puente-Genil. Aún con la sorpresa dibujada en nuestras caras y sin dar crédito a que te hayas ido tan pronto de nuestra vera, pude dirigirte unas sencillas palabras que ahora quisiera compartir.
Si la muerte traicionera,
me acogota a su palenque,
háganme con dos rebenques,
la cruz «pa» mi cabecera.
Si muero en mi madriguera,
mirando los horizontes,
no quiero cruces ni aprontes,
ni encargos para el Eterno.
Tal vez pasando el invierno,
me de sus flores el monte.
[…]
Yo quiero que a mí me entierren
como a mis antepasados
en el vientre oscuro y fresco
de una vasija de barro.
Cuando la vida me cubra
tras una cortina de años
vivirán a flor de tiempo
amores y desengaños.
[…]
De ti nací y a ti vuelvo
arcilla, vaso de barro
y en mi muerte yazgo en ti
y en tu polvo enamorado.
Así cantaba con aire de milonga, Atahualpa Yupanqui, ese cantautor que tanto te gustaba y que guió tus sueños en aquella aventura de la vida que fue el cinturón de la Barcelona de la emigración, adonde llegaste de joven para trabajar.

Perdónanos, Emilio, porque tú, que eras tan reacio a ningún tipo de homenaje, tú, que huías del relumbrón para entregarte siempre a los demás, vas a permitir te dirija, en nombre de todos, estas torpes palabras en el día de tu despedida de este mundo, que no de nuestros corazones, donde seguirá viviendo tu recuerdo, tu manera de ser, tu genio, tu cariño, tu entrega, tus letras inmortales…
Permíteme que haga míos esos versos de Facundo Cabral, al que tanto admirabas:
Cuando un amigo se va
queda un espacio vacío
que no lo puede llenar
la llegada de otro amigo.
Cuando un amigo se va
queda un tizón encendido
que no se puede apagar
ni con las aguas de un río…
Como Quijote del flamenco pontanés —que así me gustaba llamarte— se quebró tu lanza luchando contra el molino gigante de la enfermedad traicionera, y, como buen Quijote, fuiste el abanderado de mil causas nobles a las que te entregaste con pasión. Rosa, tu compañera de camino y tus queridos hijos, dieron sentido a tu vida y con ellos llenaste tus días de sal, color y alegría; luego, el flamenco que corría por tus venas te impulsó a entregarte en cuerpo y alma a este arte, a este mundo maravilloso y a veces incomprendido al que regalaste cientos de letras y sembraste de amigos, dándolo todo sin esperar nada a cambio, desinteresadamente, porque así era tu alma desprendida, la que se rebelaba contra la injusticia, la que escribía letras para los artistas consagrados pero que apoyaba incondicionalmente a los nuevos valores que intentaban abrirse un hueco en el difícil panorama del flamenco. Fuiste puntal para los Jarales o vivero para Julián Estrada, tan queridos para ti y qué decirte de tu Jorge Vilchez, o de tu Bernardo Miranda, a los que querías como un padre…

Te entregaste a tu pueblo de mil maneras. La política te sedujo por algún tiempo y a ella te entregaste cumplidor y le diste algunos años, pero lo tuyo iba más allá. Si Puente-Genil tuviera que pagar tu contribución a exaltar sus raíces, sus costumbres y sus tradiciones más arraigadas y tu aporte invaluable a la cultura popular, habría de levantarte un enorme monumento de gratitud porque con tus letras nos inculcaste el orgullo de sentirnos pontanenses, porque por medio de tus sevillanas y habaneras descubrimos con nuevos ojos a Jesús Nazareno, a San Marcos, a la Virgen de los Desamparados, a nuestras aldeas y barrios, a tus paisanos… porque tu fuiste siempre de darle un abrazo a la gente y de ofrecerle tu ayuda al hermano y eso, querido compadre y hermano del alma, es lo que importa realmente y por lo que siempre te recordaremos.
Tu cabeza no descansaba nunca, en ella bullían tus pensamientos y la llenabas de proyectos vibrantes, quizás para contrarrestar las desilusiones y las injusticias, que seguías plasmando en incontables letras, esas que querías dejar como legado para la posteridad, esas que nacieron por el río de la vida y que hoy navegan hacia el mar de la eternidad, esas que tus amigos no dejaremos que queden en el olvido.

Echaremos mucho de menos no encontrarnos ya contigo en la calle o no recibir tus llamadas telefónicas donde unas veces nos canturreabas alguna letra nueva, nos pedías opinión o nos hacías partícipes de tu penúltima ilusión.
Gracias, Emilio, por todo y por tanto, descansa ahora y allá arriba, desde la mesa celestial de los flamencos, rodeado de amigos, de Juan «Hierro», de Agustín Beltrán, de Jiménez Rejano, de Perico Lavado, de Fosforito, de Palmita y de tantos a los que estuviste unido de alguna manera, dile a nuestro Jesús Nazareno que siga protegiendo a los tuyos y a los que aquí quedamos.
Descansa en paz, amigo del alma, compañero.. y que la tierra te sea leve.


















































