LA BATALLA DE ARNISOL
Francisco Javier Reina Jiménez
Cronista Oficial de la Villa
La historia de España y, por ende, la de Andalucía, como es sabido, se ha visto durante siglos jalonada de enfrentamientos bélicos por razones de conquista y dominio de unos pueblos sobre otros. En este choque de civilizaciones, los episodios sangrientos ganan por goleada a los períodos de paz y parece como si las lecciones que nos da la historia nos resbalaran por el forro, pues esas luchas se han sucedido igualmente entre hermanos, dando lugar a las guerras civiles que muchos podéis tener en mente, como las «Carlistas» que jalonaron buena parte del siglo XIX, o la Guerra Civil de hace 90 años, con un coste de vidas altísimo y cuyo recuerdo tanto dolor sigue causando hoy día, cuando se esgrime no para sacar enseñanzas que eviten se repitan tales hechos, sino para seguir dividiendo a la sociedad, casi siempre por intereses políticos. De las guerras mundiales ya ni hablamos, con su reguero de muerte y la pérdida de millones de vidas humanas, ni de las focalizadas que actualmente se libran en diversos puntos del globo, sustentadas sobre los más diversos intereses, casi siempre con un trasfondo económico-energético, nacionalista, ideológico o religioso.
Desde hace dos mil quinientos años, los pueblos autóctonos de nuestra piel de toro, que tampoco nunca vivieron en paz unos con otros (iberos, celtas, lusitanos, turdetanos, tartésicos, bastetanos, ilergetes, cántabros, astures, orestanos, vetones y otros), se vieron invadidos por cartagineses, romanos, pueblos germanos e iranios (alanos, vándalos, suevos y visigodos) como si de una carrera de relevos se tratase, pasándose, a base de mandobles, el dominio de unos sobre otros. Finalmente, llegando al punto que nos interesa, en el año 711 nos invaden desde el norte de África los musulmanes, seguidores de una nueva religión auspiciada por Mahoma, quienes no serán expulsados totalmente de la península ibérica por los reinos cristianos, hasta casi ocho siglos después, tras la conquista, en 1492, del reino nazarí de Granada por los Reyes Católicos.
En este periodo, la resistencia de los cristianos contra los musulmanes se traduce en la configuración por los primeros de pequeños reinos (Asturias, León, Castilla, Aragón, Pamplona/Navarra, Galicia, Portugal) en el norte de España, que poco a poco, sin excluir la lucha entre ellos mismos por expandir sus territorios, van articulando, en principio, una resistencia contra el poder musulmán desde esos territorios y, después, un largo proceso de reconquista que lo va arrinconando hasta su total desaparición.
El hecho que hoy quiero compartir lo protagoniza el rey de uno de estos pequeños reinos cristianos que se están expandiendo, con desigual fortuna en el tiempo, a costa de arrebatar, en un continuo guerrear, tierras a los invasores musulmanes. Se trata de Alfonso I, llamado El Batallador, rey de Aragón y de Pamplona, que iniciará en el año 1125 una campaña militar contra los almorávides, obteniendo una gran victoria en la batalla de Arnisol, hace ahora 900 años. La crónica de San Juan de la Peña, en un castellano arcaico, nos la relata así:
«En el anno de Nuestro Sennor de MCXXV, plegó sus gentes (Alfonso I) et con él don Gastón de Bearne, don Pedro vispe de Caragoça, don Esthevan vispo de Jacca; en el mes de octubre entraron en la tierra de los moros, tallando et destruyendo plegoron a Valencia; et depués passaron Xucar et talloron Dennya, depués passoron Murcia, depués fueron a d’Almeria, que la clamavan en aquel tiempo Urcia, et a la raiz de una sierra et montanna fincaron sus tiendas, et en el lugar que dizen Alcaçar tenieron la Nadal con gran goyo et abastamiento de viandas. Enpués esto fueron a Granada et, talando et destruyendo, depués cercó Cordova; y el rey sennor de todos los reyes moros d’Espanna con todo su poder ixió a dar batalla en el lugar que yes dito Azinçol et fueron vencidos los moros, et fue y el rey de Córdova et morieron grandes gentes de moros que no y havía conta».
A pocos les sonará el nombre de Arnisol, pero si decimos que de él provienen, como así reflejan diversas fuentes, las palabras ar-Ranisul, Arninsul, Azinsol, Aranzuel, o Anzur, rápidamente podemos identificar el lugar con la fortaleza de Castillo Anzur —que podemos divisar desde buena parte de nuestro casco urbano, hoy protegida como Bien de Interés Cultural— denominación que toma del cercano río Anzur, afluente del Genil.
Castillo Anzur fue una de las pequeñas fortalezas denominadas sarjra que se levantaron en época califal entre los siglos X-XI, como indican los restos arqueológicos hallados en él, siendo reforzado por los almorávides en el siglo XII, registrando también evidencias de la ocupación de su solar durante las épocas moderna y contemporánea, como así señalan las intervenciones arqueológicas realizadas por Gloria Galeano Cuenca y Francisco Esojo Aguilar, a finales del pasado siglo. Por su parte, el historiador Manuel Nieto Cumplido nos indica que el complejo defensivo de Castillo Anzur fue posiblemente reforzado en el siglo XIV, cuando aumentó su interés estratégico tras la pérdida de Benamejí por la corona castellana. La fortaleza está situada en el extremo norte de la denominada «Sierra del Castillo», que desemboca en la base de un promontorio de 467 metros de altitud sobre el nivel del mar, a unos 5 km al este de Puente-Genil, desde el que se divisan numerosos lugares de las campiñas cordobesa y sevillana e incluso, en días despejados, las cumbres blancas de Sierra Nevada y donde a los pies del castillo tuvo lugar la batalla más importante de la campaña militar llevada a cabo por el rey aragonés.
En 1125, España llevaba ya cuatro siglos bajo dominación musulmana y en todo ese tiempo habían ocurrido muchas cosas. El poderoso y deslumbrante califato omeya de Al-Ándalus, que alcanzaría su máximo esplendor con Abderramán III y su hijo Al-Hakán II, había comenzado a mostrar serios problemas internos durante el mandato de Almanzor, cuyo liderazgo logró mantenerlo unido, pero tras su muerte sobrevino un convulso período de lucha por el poder que finalmente empujó al califato a su desintegración hacia el año 1031, fragmentándose en decenas de pequeños reinos de taifas, al frente de los cuales se pusieron los jefes de los principales linajes musulmanes que antes habían dado cohesión al califato. La cultura, el arte y la arquitectura siguieron floreciendo en estas pequeñas y enfrentadas taifas que, por el contrario, adolecieron del suficiente poder militar para afrontar la lucha contra el avance de los reinos cristianos, por lo que estos reyes de origen árabe y bereber comenzaron a pagarles las parias, unos tributos con los que se garantizaban la paz con los cristianos. Mientras tanto, hacia el año 1040, comenzó a forjarse el Imperio Almorávide en el norte de África. Los almorávides eran una especie de monjes-soldados surgidos del Sahara, los cuales intentaban implantar su versión fundamentalista del Islam y que fueron capaces de expandirse conquistando Marruecos, Argelia, Mauritania y el Sahara Occidental. Los almorávides fueron requeridos en varias ocasiones por los reyes de taifas para que, desde sus dominios norteafricanos, cruzaran a la península en su auxilio, lo que provocó que a la larga, viendo la debilidad de estos pequeños reinos musulmanes que practicaban lo que ellos pensaban era un Islam muy relajado, los almorávides terminaran por ir conquistándolos uno a uno y hacerse dueños de sus territorios, liquidando la primera etapa de este sistema de reinos de taifas.
Es en este momento de dominio almorávide cuando el rey aragonés Alfonso I decide iniciar una campaña militar sobre Balansiya (Valencia) y Qûrtuba (Córdoba) y atacar y conquistar la ciudad de Granada, pues los mozárabes —cristianos que vivían en territorio musulmán— de la ciudad de la Alhambra le habían solicitado su apoyo y brindado su ayuda, prometiéndole ponerse de su lado y abrirle las puertas de la ciudad y de su rica vega. Su incursión tuvo lugar entre los meses de septiembre de 1125 y junio de 1126, atacando varias plazas sin éxito, avanzó por Játiva llegando hasta Vera y Almanzora en Almería, sus correrías siguieron por Purchena, Baza y Guadix que no logró conquistar. El mal tiempo, la incumplida promesa de los mozárabes granadinos que no se sublevaron y la presencia de refuerzos almorávides llegados desde África, le hizo desistir de su ataque a Granada, levantando el campamento y avanzando por Maracena, Pinos Puente, Laseca (cerca de Alcalá la Real), Luque, Baena, Écija, Cabra y Poley (hoy Aguilar de la Frontera). El ejército almorávide de Qûrtuba salió a su encuentro desde Sevilla dirigido por Abu Bakr, hijo del emir almorávide Ali Ibn Yusuf quien inició su persecución y un hostigamiento continuo a las tropas cristianas. El encuentro decisivo tuvo lugar en las inmediaciones de Castillo Anzur, donde Alfonso I, a pesar de verse rodeado y en inferioridad numérica, lo derrotó tras enconada lucha el día 10 de marzo de 1126, en lo que la historiografía ha denominado como Batalla de Arnisol. Después de la batalla, el rey aragonés estaría aún un par de meses más de saqueo por el sur y, pasando por las Alpujarras, cruzó los ríos Salobreña y Guadalfeo, y llegó a Vélez-Málaga, donde giró otra vez hacia Granada, pasando por Dílar y Alhendín, donde encontró contingentes musulmanes, a los que se enfrentó y puso en fuga. Después entró en la Vega de Granada, cruzó Sierra Nevada, y pasó por Alicún, Guadix, Madina Mursiyya, Játiva y Alcolea de Cinca, para después volver a Aragón y, aunque su campaña no se tradujo en conquistas territoriales, si logró que miles de mozárabes andaluces y valencianos se le unieran y terminaran repoblando las tierras conquistadas entre el Ebro y el Jalón, fundamentales para asegurar las nuevas fronteras de su reino, que había ampliado en el año 1118 con la conquista de Zaragoza.
Casi un milenio ha transcurrido desde que Puente-Genil —que no nacería como pueblo hasta varios siglos después— registrara en su término municipal el que probablemente haya sido el hecho histórico más destacable en estas tierras y uno de los grandes enfrentamientos bélicos de la Reconquista.
Hoy, Castillo Anzur duerme su pacífico sueño de siglos sólo roto por el vuelo que realizan los cernícalos y otras aves rapaces en torno a su atalaya o por la presencia de excursionistas y corredores participantes en el «Trail» bautizado con su nombre, sin que muchos de los que visitan sus aledaños sean conscientes de que bajo sus pies la tierra que pisan quedó empapada, hace nueve siglos, con la sangre derramada en una de las batallas que jalonaron el largo proceso de la Reconquista.
Sería deseable que este aniversario no pasara sin pena ni gloria y se pudieran articular algunas actividades que acerquen a la población al conocimiento de este hecho histórico, que se presenta también como una oportunidad única para dar a a conocer nuestro patrimonio; entre ellas, a lo largo del presente año, podría pensarse en excursiones didácticas de escolares y asociaciones al castillo, alguna exposición sobre su historia y restauraciones, una conferencia por especialistas que hayan estudiado esta batalla, un concurso de poesía y microrrelatos cortos que tengan como motivo Castillo Anzur, o, por señalar otra opción más, un concurso de fotografía y/o de pintura al aire libre sobre la fortaleza y su paraje, como otras localidades de nuestro entorno han organizado para conmemorar y no olvidar los aniversarios y hechos más significativos relacionados con sus castillos, torreones y fortalezas y de las que algunas veces conviene aprender.

























































