Opinión

Dichos, refranes y vivencias de Semana Santa…por Francisco Javier Reina Jiménez (Cronista Oficial de la Villa)

DICHOS, REFRANES Y VIVENCIAS DE SEMANA SANTA

Francisco Javier Reina Jiménez

Cronista Oficial de la Villa

Nuestros antepasados siempre sacaban lecciones del día a día, de los sucesos cotidianos, que luego volcaban en el refranero y repetían en dichos que se volvían populares y trascendían de generación en generación. No había tema que no tuviera su refrán para llamar a la reflexión o dar alguna enseñanza sobre algo. La Semana Santa no había de ser menos, y en torno a ella fueron surgiendo refranes producto de las observaciones del pueblo, bien en cuanto a la meteorología se refiere por supuesto, sin base científica alguna bien sobre la alegría de la Pascua —la de Resurrección, claro está— o cualquier otro aspecto relacionado con este tiempo sagrado que con tanta intensidad se vive en Puente-Genil. Se suele decir, «Lloviendo en carnaval, en Semana Santa hace igual», «Semana Santa ‘enmarzá’, año de lluvias será» o ese otro de «Semana Santa mojada, cuartilla de trigo colmada» tan utilizado por los agricultores.

Quizás el más mencionado sea el conocido «el que no estrena el Domingo de Ramos no tiene pies ni manos» y su variable, «si no estrenas el Domingo de Ramos se te caen las manos». Esta frase se refiere a la costumbre de estrenar ropa nueva este día, como símbolo de renovación y purificación. Se trata de una tradición muy extendida y que se mantiene vigente en muchas familias hasta la actualidad. Estrenar una prenda de ropa este día simboliza la renovación del alma y el espíritu y que te traerá suerte para el resto del año. El Domingo de Ramos marca el fin de la cuaresma pontana, con la última subida a las benditas cumbres del Calvario y el inicio de la Semana Santa, donde se produce la entrada triunfal de Jesucristo en Jerusalén a lomos de la popular Borriquita, rodeado del vitorear del pueblo que lo recibe queriendo proclamarlo rey; es, por tanto, un día de felicidad y celebración, una jornada de exaltación previa a la conmemoración de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, que se simboliza con el estreno de alguna prenda.

Y es que nuestra cultura, nos guste o no, sigue siendo profundamente católica y, a pesar de los tiempos de secularización que corren, seguimos utilizando expresiones que tienen su raíz en la pasión de Jesucristo, aunque muchos desconozcan ese origen. ¿Quién no ha utilizado alguna vez la expresión «llorar como una Magdalena»? Esta proviene del llanto de María Magdalena cuando encontró el sepulcro vacío tras la Resurrección del Señor. Ni te cuento del famoso dicho «lavarse las manos», que hace alusión al gesto de Poncio Pilato en el pretorio y con el que hoy designamos el desentenderse de cualquier cuestión o problema. De las Negaciones de San Pedro nos llega el recurrente dicho «otro gallo cantaría» que se usa comúnmente para indicar que, si unas determinadas causas fueran distintas, el resultado cambiaría. Cuando uno quiere quitarse un problema de encima y no enfrentarlo directamente, dándole mil vueltas, decimos que va «de Herodes a Pilatos» o cuando alguien se enfada por algo que no tiene importancia le indicamos que no es para tanto y que no hay que «rasgarse las vestiduras» como ocurrió con el sumo sacerdote cuando Jesús, en su interrogatorio, proclamó ser el Hijo de Dios. Solemos llamar «beso de Judas» a aquellos gestos aparentemente amables que esconden una mala intención, haciendo alusión al beso que el apóstol traidor le dio a Jesús para que pudieran prenderle en el Huerto de los Olivos. Por último y para no aburrir, una expresión muy utilizada por este que cada domingo se asoma a esta ventana digital, cuando se le pregunta si merece la pena pasar horas investigando y escribiendo en unos tiempos en que cada vez se lee menos, es esa sentencia de «lo escrito, escrito está», frase que pronunció Pilato cuando los judíos pidieron al prefecto romano que quitara de la tablilla de la cruz —el INRI— la afirmación de que Jesús era el rey de los judíos y que, en mi caso, le doy el sentido de que aunque pocos se interesen por lo que uno documenta y escribe, estando escrito, no se perderá ese conocimiento y puede que llegue a otros que sí les pueda servir y le den valor y, en un sentido más general, hace alusión a no querer cambiar un ápice de lo que se ha expresado por escrito e incluso de palabra en algún momento, o para corroborar que algo no tiene remedio y es inútil intentar cambiarlo.

En fin, hoy he querido abordar este aspecto y no hacer alusiones concretas a nuestros desfiles procesionales, a esas imágenes sacras y figuras bíblicas que ya han comenzado a inundar nuestras calles, pues, aunque nuestra Semana Santa es digna de contarse, atesora tantos matices que sería imposible resumirlos en este espacio, y, también, porque pienso que nuestra Semana Santa es, sobre todo para vivirla y sentirla. Hay que visitar los templos y echarse a la calle para verla, palparla, olerla, saborearla y escucharla sin perder detalle, porque la Semana Santa de Puente-Genil es un latido profundo que recorre el alma de cada pontanés, un abanico de emociones que se despliega en cada rincón de la ciudad desde el Viernes de Dolores hasta el Domingo de Resurrección. No basta con leer sobre nuestras procesiones, admirar las fotografías o escuchar las vivencias de terceros.

La Semana Santa de Puente-Genil exige presencia, sensibilidad y respeto; requiere ser vivida en primera persona, caminando por sus calles, entrando en sus templos, en sus casas de Hermandad y en sus cuarteles, dejándose envolver y seducir por la intensidad de sus tradiciones, para sumergirnos en un mundo donde el tiempo parece detenerse y la historia cobra vida por medio de nuestros pasos, cofradías y figuras que llevan siglos transmitiendo un legado cultural y espiritual invaluable. No estamos ante simples imágenes talladas en madera, estamos ante testimonios vivos, verdaderos iconos de fe y devoción que despiertan sentimientos profundos y universales. Cada procesión es un poema visual y sonoro; un concierto de silencios, típicos toques de tambor, marchas solemnes y alegres pasodobles romanos; susurros de oraciones; olores de dulces caseros y a cera quemada y el suave roce de las túnicas amorosamente ceñidas por los nazarenos —picoruchos— de cada cofradía, de «rebateos», de bíblicos ropajes y vistosos trajes de un Imperio y de una Jerusalén trasplantados a orillas del Genil.

Visitar los templos durante esta semana es una experiencia que trasciende lo meramente religioso. Las iglesias de PuenteGenil se convierten en oasis de recogimiento, donde verás rostros emocionados y cómo el aroma a incienso se mezcla con el perfume de las flores que decoran los pasos. Es un lugar donde el tiempo se suspende, y el corazón late al ritmo pausado de una tradición que se siente, se vive y se transmite, deseosa de ser bañada por la radiante luz del día o el plateado reflejo de las sentidas noches de primavera.

Pero la verdadera esencia de la Semana Santa de PuenteGenil está en sus gentes y se manifiesta en la calle entre lágrimas de emoción y los besos y abrazos del reencuentro entre hermanos, cuando las cofradías echan a andar y llenan de fervor el espacio urbano y la belleza de las figuras bíblicas anuncian su catequesis y resilencia de siglos. Las procesiones son ríos humanos que avanzan con solemnidad y pasión, en un desfile de colores, sonidos y sensaciones que cautivan tanto a locales como a visitantes. Alumbrar a un paso, sentir el aroma del azahar en el aire nocturno, escuchar el eco lejano de la campanita o los sones de una banda de música entre las paredes del cuartel mientras se canta una saeta cuartelera y los hermanos se alborozan por la llegada de la procesión, el deambular buscando los cortejos por distintos lugares o para no perderse una salida o encierro, el visitar los monumentos del Jueves Santo o el estar en vela o levantarse muy temprano en la madrugada del Viernes Santo para cumplir con el rito de emocionarnos con la Diana ante nuestro patrón y amo de «tóas» las cargas, Jesús Nazareno… Todo ello crea una atmósfera única que penetra el alma y permanece en la memoria de quien abre los sentidos y no necesita de sesudas explicaciones.

La Semana Santa de Puente-Genil no es un espectáculo; es una experiencia íntima y colectiva que une a las personas en torno a valores compartidos: la fe, la esperanza, el recuerdo y la renovación continua a pesar de nuestro apego a la tradición, que también conservamos como el mayor de los tesoros porque así la sintieron y la transmitieron nuestros muertos, a los que nunca olvidamos. Es un testimonio vivo de identidad y pertenencia a una comunidad, a un grupo humano que vive y siente lo mismo y que se transmite de generación en generación con orgullo y emoción.

Para quienes se acercan por primera vez, les recomiendo dejar atrás prejuicios y abrir el corazón a la magia de esta celebración cristiana. Impregnarse de sus sonidos, dejarse guiar por sus aromas y sumergirse en la multitud con respeto, les permitirá descubrir el verdadero espíritu pontanés.

Además, la Semana Santa en Puente-Genil ofrece una oportunidad irrepetible para redescubrir la ciudad desde otra perspectiva. Sus calles se visten de gala para recibir valiosas representaciones de Cristo y de la Santísima Virgen, de pasos de misterio y de palios que cada año se superan en esplendor, sus balcones se adornan con damascos y devotas balconeras y todo un pueblo se une para celebrar juntos su Semana Mayor, creando un ambiente cálido y acogedor. Cada rincón se convierte en un escenario donde la historia, la fe y el arte se funden en un abrazo fraternal y eterno. Por eso, no es suficiente leer un texto o ver un reportaje. La experiencia auténtica reside en estar allí, en plena calle, con los sentidos despiertos y el corazón abierto.

La Semana Santa de Puente-Genil no se cuenta, se vive, insisto, con respeto y emoción, con la certeza de que cada instante es único y cada detalle tiene un significado profundo. Es un legado que invita a sentir, a emocionarse y a compartir una tradición que sigue viva porque se siente desde lo más hondo.

En definitiva, la Semana Santa de Puente-Genil es mucho más que una festividad religiosa; es un latido colectivo que une pasado, presente y futuro en una experiencia sensorial y espiritual irrepetible. Es un viaje al interior de uno mismo y a la identidad de un pueblo que sabe cómo convertir la fe en arte, el sentimiento en acción y la tradición en vida. Déjate llevar por tus sentidos. En Puente-Genil, el Viernes de Dolores dio comienzo la conmemoración más apasionante de la historia de la humanidad, una historia de sacrificio y muerte, pero también de salvación y esperanza. Te queda una semana para seguir disfrutándola. Yo, que tú, no me la perdería.

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