Mananta

Terribilidad y Martes Santo… por F. Javier Reina (Cronista Oficial de la Villa)

TERRIBILIDAD Y MARTES SANTO

Francisco Javier Reina Jiménez

Cronista Oficial de la Villa de Puente-Genil

El diccionario de la lengua española, en su primera y única acepción, define «terribilidad», palabra en desuso, como «cualidad de terrible» y yo tomaría prestados los versos del insigne poeta pontanés Manuel Pérez Carrascosa, quien, en castizo andaluz, apostillaba aquello de «p’a mi, q’estos dichos son figurasiones de cuatro aburríos con sangre d’horchata» para aplicárselo a los académicos de la RAE, que deberían haber incluido en el mencionado diccionario una segunda acepción, que ya no es que esté en desuso, sino que perdura inserta en el ADN de cada pontanés con una vitalidad extraordinaria, porque para los hijos de esta tierra, «terribilidad» significa «DEBILIDAD POR EL TERRIBLE». Y esa terribilidad se palpa y te impregna hasta el tuétano en un día como hoy, Martes Santo, en que Puente-Genil abre su alma y se vuelca en el besapié a su patrón, Nuestro Padre Jesús Nazareno.

El amanecer del Martes Santo tiñe de luz dorada las calles de Puente-Genil, y con él comienza un flujo silencioso —cual Diana adelantada— de personas que se dirigen a la Plaza del Calvario. El aire aún conserva la frescura de la madrugada, y cada paso sobre el empedrado parece despertar la ciudad. Hay algo en la atmósfera que hace que el tiempo se transmute y parezca que cada instante contiene siglos de tradición. Los cofrades de Jesús Nazareno lo saben y por eso cada año se afanan por brindarnos a todos la cercanía de Jesús con mimo exquisito.

En la Plaza del Calvario, desde antes de que se abra la iglesia, el pórtico comienza a llenarse. Enfermos que se apoyan en bastones o acompañados por familiares avanzan con paso lento pero decidido, pues cada zancada va cargada de esperanza. Madres guían a sus hijos en espera de auparlos y enseñarles a inclinar la cabeza y a posar su beso con delicadeza sobre la sagrada imagen cuando llegue su turno. Jóvenes que nunca habían experimentado el besapié sienten un nudo en la garganta y un estremecimiento que los recorre de pies a cabeza, conscientes de que participan en algo que trasciende su propia vida y que forma parte de una identidad común. Muchas personas querrán depositar en el Terrible no solo sus plegarias, sino la memoria de quienes los precedieron, de aquellos que en vida se prendaron de esa dulce terribilidad que transmite el amo de todas las cargas y a él se encomendaron en el momento de su muerte, vistieron la túnica morada, lo portaron sobre sus hombros o lo acompañaron por nuestras calles en el mágico día del Viernes Santo bajo el peso de una promesa..

Se va formando una larga cola y la fila avanza lentamente. El murmullo de cientos de voces se entrelaza con el susurro de las oraciones y el roce de los pasos sobre el enlosado de mármol. Hay un ritmo casi musical en el desfile de fieles, un latido colectivo que acompaña cada gesto. Algunos se detienen un instante, inclinando la cabeza sobre el pie del Nazareno, cerrando los ojos y sintiendo cómo el peso de sus problemas parece desvanecerse. Otros miran fijamente la imagen del Terrible, fascinados por la fuerza y la serenidad que emana su mirada de ternura, conscientes de que se encuentran ante un símbolo que ha acompañado a la ciudad durante generaciones y que muchos desean inmortalizar en una instantánea fotográfica que luego llegará a aquellos seres queridos que viven lejos y no han podido venir en estas fechas o están impedidos en sus casas.

El olor del incienso y de las velas encendidas impregna el aire, mezclándose con el aroma de las flores que adornan la imagen. Cada elemento contribuye a un ambiente que envuelve los sentidos: la vista se encuentra con el brillo dorado de los cirios, el tacto con la suavidad de las manos que buscan acercarse al Nazareno, y el oído con el murmullo reverente que convierte la plaza en un templo vivo y el santuario en soñado paraíso. No hay prisa; cada paso se toma con respeto y cada gesto es medido, como si los fieles fueran conscientes de que participan en un acto que trasciende lo cotidiano y toca lo eterno.


El beso a los pies del Terrible es un instante suspendido. Algunos lo hacen con los ojos cerrados, dejando que la emoción los inunde; otros susurran una oración, depositando palabras que a veces ni ellos mismos saben pronunciar. Es un acto silencioso, íntimo y profundamente personal, pero que, al mismo tiempo, se convierte en un gesto colectivo: la devoción de cada individuo se suma a la energía espiritual del entorno creando un ambiente que parece palpitar con vida propia. Nadie quiere romper la armonía del momento; todos saben que cada paso, cada mirada, cada suspiro forma parte de una coreografía sagrada.
No se trata solo de acercarse a besar los pies de la imagen; es un tránsito interior, un viaje donde cada persona deja atrás los temores, las dudas y cargas que lo han acompañado días, meses o incluso años. Al acercarse al Nazareno, los fieles experimentan una catarsis que no se puede describir solo con palabras. Algunos, incapaces de contener la emoción, dejan que las lágrimas rueden sin pudor, mientras la vibración silenciosa de la fe los envuelve. No hay distinción entre edades, clases sociales o condición física: todos forman parte de un mismo flujo espiritual que se mueve desde el corazón hacia la imagen, y de regreso al corazón, multiplicado por la energía colectiva.

El gesto de besar los pies del Terrible es más que una acción física; es un acto de entrega total. Es depositar en la madera sagrada no solo los problemas y temores, sino también los anhelos más profundos, los secretos que uno no confía ni a sus seres más queridos. Hay una reverencia que trasciende la palabra: los cuerpos se inclinan, los corazones se abren, y en ese instante, la multitud se convierte en un organismo único, vibrando al unísono con la emoción de la fe.

A medida que el día avanza, la luz cambia y el ambiente se vuelve más cálido. Los rayos del sol iluminan los rostros de los fieles que siguen llegando, revelando emociones contenidas: lágrimas discretas, sonrisas suaves de gratitud, miradas que buscan consuelo. La multitud sigue creciendo, pero no hay agobio; la devoción impone un orden natural. Incluso quienes esperan más tiempo perciben la intensidad del momento, absorbidos por la concentración silenciosa que los rodea. Cada movimiento dentro del santuario parece estar sincronizado con el pulso de Puente-Genil, que late al ritmo del amor por el Nazareno. Allí verás hermanos de corporaciones bíblicas que unidos suben la empinada cuesta a hacer esta reverencia aún más cercana que las que pronto realizarán el Viernes Santo a Jesús cuando recorra las calles en su paso, honrándolo con sus tres golpes de martirio; y acudirán músicos y costaleros que en la tarde noche cincuentenaria del Martes Santo acompañarán con sus sones y portarán bajo las trabajaderas a Nuestro Padre Jesús de los Afligidos y Nuestra Señora del Rosario, al Santísimo Cristo del Calvario y Nuestra Señora del Consuelo o rememorarán el viacrucis junto al Santísimo Cristo del Silencio, pero que antes de realizar sus estaciones de penitencia no han querido perderse esta cita con el Nazareno.

El estremecimiento que recorre el cuerpo de los fieles no es casual. Es la respuesta natural a un momento donde lo sagrado se percibe cercano, tangible, casi palpable. Algunos sienten un calor interior que los envuelve, otros un escalofrío que recorre la columna vertebral, y todos experimentan la misma certeza de que, por un instante, sus cargas se alivian. Es un fenómeno colectivo, un intercambio silencioso entre la fe de cada persona y la presencia protectora del Terrible.

Al caer la noche, la plaza se baña en un resplandor dorado y cálido. Los últimos fieles se despiden, con la sensación de haber participado en algo grande e indescriptible. Las manos aún tiemblan, los corazones laten con fuerza y la emoción persiste en cada rostro. La Plaza del Calvario, ahora tranquila, conserva el eco de un día donde la devoción, la emoción y la historia se entrelazaron en un desfile silencioso, lleno de respeto y amor profundo por el Nazareno.

El besapié del Martes Santo en Puente-Genil no es solo una tradición; es un viaje emocional que une pasado y presente, devoción individual y comunión colectiva, emoción y silencio, fe y memoria. Cada beso al Terrible es un acto de entrega y reconciliación con la vida, un instante en el que los pontanenses depositan sus preocupaciones y recogen consuelo, fortaleciendo un vínculo que se renueva año tras año. El día termina esperando el Viernes Santo para transformarse de nuevo en movimiento, luz, sonido y fe viva en las calles de una ciudad que volverá a vibrar ante el bendito Nazareno y que a más de uno le hará exclamar, como en aquella letra de la saeta que escribiera un ferviente «lirio morao» llamado Antonio Muñoz Reina:

Padre mío Nazareno

perdona mis culpas Tú

yo que tanto te he «ofendío»

hoy me siento «arrepentío»

llorando sobre tu Cruz.

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