





El Jueves Santo en Puente Genil volvió a consolidarse como uno de los días más intensos, esperados y representativos de su Semana Santa, marcado por el Amor Fraterno, la solemnidad de los oficios litúrgicos y una vivencia colectiva profundamente arraigada en la tradición pontana. Una jornada que, como es habitual, enlaza emocionalmente con el Viernes Santo hasta adentrarse en la madrugada del Sábado con el encierro de la Soledad, elevando la pasión a sus niveles más altos.

Desde primera hora de la tarde, la actividad comenzó a intensificarse con la salida, desde la ermita de la Vera Cruz, de tres cofradías y cuatro pasos, en un recorrido que se prolongó desde las 18:30 hasta bien entrada la madrugada, en torno a las 2:15 horas. Este enclave, residencia canónica de las imágenes, volvió a convertirse en epicentro de la devoción y punto de encuentro para pontanos y visitantes.
Uno de los grandes hitos del día fue el esperado estreno del nuevo conjunto de sayones del paso de Nuestro Padre Jesús Preso, una intervención que ha supuesto una auténtica revolución técnica dentro de la Semana Santa andaluza. El paso, junto a los dos sayones y cuatro angelitos que lo acompañan, ha sido realizado mediante impresión 3D, una técnica innovadora y pionera en este ámbito, ejecutada por una empresa cordobesa especializada. A pesar de mantener el diseño original de la canastilla, esta renovación ha permitido reducir el peso del conjunto en un 80%, aliviando considerablemente el esfuerzo de los bastoneros. La cofradía estuvo encabezada por su Cofrade Mayor, José Arévalo, y el hermano mayor de la estación de penitencia, Manuel Lora Gómez.
La cofradía de Nuestro Padre Jesús Preso, conocida popularmente como el Señor del Aceite por la vinculación de sus hermanos con este sector, fue la primera en realizar su salida. Sus orígenes se remontan al siglo XVII, vinculada inicialmente a la Cofradía de la Columna, aunque su consolidación definitiva no llegaría hasta 1976 tras su reorganización en el siglo XX.
A continuación, procesionó la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Amarrado a la Columna, Santísimo Cristo de la Sangre y Nuestra Señora de la Vera Cruz, considerada la hermandad matriz del Jueves Santo y una de las más antiguas de la localidad, con raíces en la segunda mitad del siglo XVI. El Señor de la Columna volvió a recorrer las calles bajo su característico templete de estilo rococó, una de las piezas más valiosas del patrimonio cofrade pontano. Por su parte, la Virgen de la Vera Cruz, incorporada como cotitular en 1973, procesionó en su sobrio paso sin palio, manteniendo intacta su esencia histórica.
Cerró el cortejo la Cofradía de María Santísima de la Esperanza, fundada en 1941. La imagen, obra del imaginero valenciano Amadeo Ruiz Olmos, volvió a destacar por la expresividad de su rostro y la elegancia de su porte. Especial mención merece su manto, una de las joyas más preciadas de la Semana Santa pontana, realizado en 1988 en los talleres de Alfonso Reyes en Salteras. Como es tradición, estuvo acompañada por un nutrido grupo de mujeres ataviadas con mantilla, aportando un sello de distinción al conjunto.
La tarde alcanzó uno de sus momentos más esperados con la irrupción del Imperio Romano, cuyas seis escuadras llenaron de colorido, música y espectacularidad las calles de la Mananta. Este año, además, el Imperio estrenó dos nuevos pasodobles: “La Polvorilla”, compuesto por Miguel Velasco y dedicado a Mariano Jiménez Jiménez, y “Herencia Azul”, obra de José Antonio Granados en honor a Daniel Berral Yerón.
Junto a ellos, las Corporaciones Bíblicas, con figuras del Antiguo y Nuevo Testamento, se integraron en distintos tramos del recorrido, enriqueciendo aún más una puesta en escena única que combina fe, historia y tradición.
Mientras tanto, en paralelo al desarrollo procesional, los cuarteles se convirtieron en espacios de convivencia y emoción. En su interior, entre cuarteleras, poesías y recuerdos compartidos, se revivieron momentos de otras Semanas Santas, fortaleciendo los lazos fraternales y generando escenas cargadas de sentimiento que, en muchos casos, desembocaron en lágrimas y abrazos.
Al caer la noche, la localidad ofrecía una imagen inconfundible: calles abarrotadas, capiruchos, figuras bíblicas, romanos, hermanos y visitantes compartiendo cada rincón. Unos se concentraban en la ermita de la Vera Cruz para presenciar las salidas procesionales; otros, en la calle de la Plaza, disfrutando del desfile del Imperio Romano y su música vibrante.
El Jueves Santo volvió así a demostrar por qué es uno de los días grandes de la Semana Santa de Puente Genil: una celebración donde tradición, innovación, fe y convivencia se entrelazan para ofrecer una experiencia única, que trasciende lo religioso y se convierte en un auténtico legado cultural y humano.





















































